lunes, 24 de octubre de 2022

José Ruperto de las Tempestades




                                          I


Después de tres años de espera, la pandemia, la paciencia, los ahorros, los cuatro aviones, varios países, un bus y un taxi, hasta mi casa en La Capea, en las adyacencias de Tabay, la misma que vio a nuestros hijos crecer, estoy en Los Andes venezolanos, ¡mi tierra!, de madrugada,  escribiendo.

 ¡Qué privilegio! ¡Por fin!, con el sonido del Río Chama y la lluvia como cortina musical por un lado y al mismo tiempo y por otro lado, la preocupación, tristeza  y pena por los desastres naturales que estas mismas lluvias inspiradoras de estas líneas,  han causado entre mis vecinos de La Poderosa y San Gerónimo, quienes han perdido sus hogares. 

A esas entrañables vecindades y sus pobladores, dedico este cuento.

Qué gran regalo su gentileza de acompañarme en estos momentos. Qué honor. Espero que el escrito valga la pena, sirva para algo, vincule un poquito nuestra historia, y lo más importante: reivindique a quien tenga que reivindicar,  por su tiempo y el mio también. Gracias.

Aunque comienzo en primera persona, por lo que pido disculpas, relataré a mi manera  con el permiso de quienes no pudieron, no supieron o no les dejaron hablar. Sus historias y demandas, miles, forman parte del silencio de estas montañas, confundidas entre los sonidos de los ríos cantarines y bravíos,  los vientos y los truenos, presagios de las lluvias eternas, que siempre los acompañaron.

A tanta gente admirable que la vida y la naturaleza me han presentado en esta bendita región,  mi agradecimiento  por servirme de inspiración y aventurarme a crear estos relatos, provenientes del tiempo que me dedicaron y las enseñanzas que me brindaron. Por respeto a sus personas y en aras de la amistad que me unió con quienes protagonizan esta historia, he decidido utilizar nombres ficticios y omitir o modificar alguno que otro detalle  en  los hechos que describiré, todos ciertos. Todos correspondientes a un pasado, ya muy lejano.

Celebro en la oscuridad de la noche lluviosa,  la oportunidad que me dan de visibilizar una realidad que pudiera desarrollarse en cualquier parte del territorio nacional y más allá,  dentro de un mundo que borra o acomoda historias sin escrúpulos, en detrimento de quienes en realidad deberían ser reconocidos y mencionados. 

No perecerán mientras estemos atentos y comuniquemos la verdad, mientras la Tierra sea Tierra y la memoria prevalezca sobre lo fatuo. 

 

                                         II

Dicho esto comienzo el relato, sumergiéndome en las imágenes de tiempos que ya se me hacen remotos.

 Personajes grandes como los árboles frondosos que los cobijaron. Valientes hombres y mujeres que han revelado realidades ocultas para el que quiera entender. Personas estas quienes a pesar de la adversidad y un destino condenado a la pobreza y la exclusión, siempre sonrieron y nunca se quejaron, siempre amaron, nunca culparon.

La historia que nos ocupa y que de inmediato voy a desarrollar, tiene lugar en un pueblo de Los Andes venezolanos donde quien escribe tuvo la fortuna de habitar. 

En ese entonces, los hombres de la vecindad  originarios ellos de estas tierras legendarias, eran ante todo: colaboradores. Veían llegar el progreso de las ciudades traducido en la construcción de urbanizaciones y carreteras, haciéndolos olvidar sus  campos duros de labrar, empleándose agradecidos de peones, en la búsqueda de un mejor sustento.

Se pasaban la vida: ¡Cavando tierra! ¡Haciendo muros! ¡Golpeando piedras!  ¡Limpiando cunetas! ¡Desyerbando cerros! Asumiendo casi que cualquier tarea, felices; celebrando la escueta paga de los viernes, que muchas veces solo alcanzaba para comprar una botella de aguardiente, mejor conocido como "miche", con las consabidas consecuencias.

  Hacían lo necesario para satisfacer las necesidades de una sociedad insaciable que despuntaba, pujante y bien dotada. Llevando, con su ardua labor, prosperidad a la nación, con amor, mucho sudor y, hay que decirlo, poca plata.

Eran hombre de piedras: típicos, bonachones, desaliñados, folclóricos, desordenados; quienes con el poder de la naturaleza y  amparados en el Ser Supremo y sus creencias, la sonrisa permanente y la caballerosidad, iban con sus picos y palas ¡al hombro!, como soldaditos, labrando los caminos del desarrollo de los pueblos ¡trabajando! ¡dando palos! Contentos más que contentos ¡celebrando! ¡Qué bonito!

 José Ruperto, quien familiarmente me llamaba "Mano Pedro", desde el día que me descubrió perdido entre la maleza buscando el velorio "de la princesita", era uno de ellos. Digo era porque, "se acabó", como bien mencionó Virginia Dolores de Vientre hace algunos días.

 De mirada melancólica a los cuarenta y tantos años lucía prematuramente envejecido, encanecido, descuidado y harapiento. Eso si, años atrás cuando llegué a esta región con mi familia, era guapo el Ruperto, ¡fuerte!, ¡galante! y educado como buen caballero andino. Reventaba las piedras ardientes de cauchos quemados, a fuerza de mandarriazos.

- ¡Traigan a José Ruperto para acá!, gritaba el encargado  ¡Para que reviente esta piedra !

 Y José Ruperto corría, llegaba, partía, despedazaba orgulloso y había que salir corriendo, para que una esquirla no te diera en la cabeza, como le pasó a " El Tuerto", que se voló un ojo machacando.

Luego, con los años,  ocultando su desconsuelo en el alcohol, de dudosa destilación y casi su único amigo;  ante lo esmirriado de la paga y el esfuerzo descomunal, su cuerpo se resintió.

A tan corta edad ya no marchaba tan contento. Se la pasaba jodido, arrastrando una pierna con cara de niño asustado, con la espalda deforme de tanto peso  acarrear. Después de repartir trancazos y beber a zampazos su mente se le embotó, ya no daba para más. 

- " Nunca aprendió a leer  ni a escribir. Ni sus padres ni sus tíos ni sus hermanos, ni nadie: por eso anda así, pobretón porque quiere, ¡porque le da la gana!", comentaban sin misericordia, muchos quienes lo miraban pasar.

Sin embargo se coincidía en que José Ruperto era simpático, eso sí. Y servicial. Respetuoso y siempre salido hacia adelante, para lo que fuera. Cuando el trabajo llamaba, nunca se negaba. Nunca se quejaba. 

- "Pero José Ruperto por favor, no se esfuerce tanto con ese muro de piedras, se va a romper el alma" le señalé en una oportunidad.

- " A no, mano Pedro. Que las cosas hay que hacerlas bien. Que mi nombre se queda allí", respondió.

De manos grandes y rústicas, de uñas negras como el carbón, cuando daba un apretón, se sentían ligeras, como si temiera aplastarte.

En una oportunidad, conversando distendido en la montaña con la abuela de José Ruperto,  doña Encarnación, "en su trono de hojarasca y su castillo de latón", donde vivió la matronaza por tantos años, me dijo: 

-" Allá en el páramo se prestaba el tiempo muy frío señor Pedro... ufffff. Cuando estos eran unos güinos, los mandábamos a ayudar a los hombres a descollar, hacia la orilla de la siembra. Usted sabe por allí. Ellos eran agricultores. A cosechar las papas, o lo que fuera", rememoraba.

- "¿ Escuela ? ¡No, que va! Había que buscar la papa. Usted sabe, pa comé. Los sacábamos pa fuera a ayudar por allí, a rastrojear, en lo que fuera. En lo que haga falta.  Y uno los mandaba pa fuera, pa que se entretengan y ayuden..., y esos chinos ensopaditos. Usted sabe siempre gotereando. Y bueno pa calentarles la barriguita. Y ahí mismo en la puerta embojotados con los trapos, les daba un pocillito de leche tibia, de allí de la vaca misma. Con un chorrito de miche pa calentarles la pancita. Sí señor, todos los días".

- ¡Oh Dios!... pensé horrorizado...¡Miche!... ¡Todos los días!

(Silencio)

- Reflexionando: No fue la mano amorosa quien les dio alcohol desde sus primeros años, sino las circunstancias extremas de haber nacido un poco más allá en la geografía nacional, en pleno páramo agreste, en un país que ni se enteraba. 

Sigo...

Doña Encarnación era una buena mujer, entregada a su familia desde su juventud. La abuela protectora, tronco principal de su descendencia, ahora en su ancianidad, se pasaba las horas en su rancho cerro arriba, en el zanjón, sentada en una vieja tabla mirando a sus nietos descalzos pasar y vigilando la creciente del río bajar: " No fuera a llevárselos de noche".

 Cuando doña Encarnación agonizaba años después casi centenaria,  de regreso de mis viajes itinerante desde las Islas Canarias a mi país, la encontré tirada sobre  unas mantas, en aquel cuartucho oscuro y húmedo, sobre el suelo frío. Al acercarme  me dijeron las mujeres que la rodeaban: " Ya no habla señor Pedro. No se mueve  no despierta no dice nada; tiene días así,  solo le damos agüita con panela."

- " Encarnación, soy yo, Pedro", le dije acercando mi rostro al suyo, lo más posible. "He venido a visitarte", le susurré al oído.

Súbitamente, como si un rayo la hubiese alcanzado, se incorporó, abrió los ojos desmesuradamente y apretando mi brazo con todas sus fuerzas, exclamó mirándome: 

-¡Señor Pedro! ¡Por qué nos abandonó?, para luego volver a su letargo, del cual nunca más despertó.

Contemplé por última vez aquel rostro dormido, aquella piel curtida arrugada de tanto esperar; aquella dulce mujer.

Cuando regresaba a mis asuntos me vino a la mente aquella extraña oportunidad, lustros atrás,  cuando Encarnación apareció en la puerta de mi vivienda para que le pusiera una inyección:

- "Pero Encarnación yo no soy doctor, no puedo hacer eso". 

- "Claro que puede señor Pedro" señaló, sin un dejo de duda, con la bolsita del medicamento en la mano,  plantándose en la puerta de la casa.

Ante mi fundamentado temor y la seguridad de que Encarnación no se retiraría hasta aplicada la inyección, Mari, madre de mis hijos y compañera, quien fue a parar junto con mis huesos a éste bendito lugar,  tomó la iniciativa. 

Agarró la ampolla con seguridad y apuntando al  brazo susurró:

- "No entra".

- ¿Que no entra qué?, repliqué.

- ¡La aguja! señaló angustiada.

Y así fue. Por más que puyaba la aguja no entraba. Y puyó y empujó, y no fue posible. La aguja no entró. Y desde mi perspectiva allí estaban las dos, una encaramada sobre el brazo robusto, cobrizo  e impenetrable de la otra. 

Ante lo inaudito de la situación, lo inútil de los esfuerzos y la urgencia de aplicar la medicación, decidí buscar a un vecino veterinario. Regresamos a la casa poco después donde esperaban las damas. 

El veterinario se hizo cargo. Con una actitud pausada y profesional y una sonrisilla burlona en la cara, tomó el brazo de doña Encarnación, lo levantó, apuntó como para hacernos una demostración y...

-"No entra", dijo sin perder la compostura.

-¿Qué? ¡No puede ser!, exclamé.

- ¡Que no entra!, replicó el veterinario ya un poco asustado.

Y allí se fajó el "facultativo", intento tras intento,  hasta que finalmente la aguja entró.

Encarnación se despidió y se fue tan tranquila y sonriente como si no hubiese ocurrido nada.

 Los que quedamos, pasmados del trance,  coincidimos en que el fenómeno "paranormal" que habíamos experimentado, se debió a que la abuela era la encarnación viviente de un personaje mitológico, cuya historia había convertido su piel, en piedra: 

¡Duro!, duro golpea la piedra el peón.

 ¡Duro!, duro golpea la tierra.

 ¡Duro!, duro golpea la piedra ¡Cabrón! 

Sucia la tierra. Sucia la espera, la angustia, la piel.

¡Duro!, duro el pocillo: 

Herrumbrado, ahumado, descascarado, 

donde bebieron tus hijos chiquitos alcohol.

Dura, dura tu vida Encarnación,

 matando de amor. 


                                      III

Si algo tiene de hermoso el cielo andino, son los cambios bruscos entre los días soleados, brillantes y coloridos a la más completa oscuridad, generalmente acompañada por lluvias intermitentes de diferente intensidad.

Sucede que  una de esas noches cerradas José Ruperto, que para ese entonces se la pasaba deambulando de madrugadas pasado de palos: sin casa, sin mujer, sin hijos, sin patria y sin esperanzas; también se quedó sin lugar para mear. Sí, para hacer pipí, en estas tierra que otrora fueron tan suyas como ahora nuestras.

No se le pudo ocurrir peor idea que ponerse a orinar  entre la maleza y las sombras, a orillas de la quebrada, justo frente a la casa de la abogada recién llegada de la ciudad. 

- ¡Fuera de aquí borracho  Indecente!, gritaba colérica la mujer, desde la ventana. Mientras los que dormíamos empezábamos a despertarnos por la algarabía, los gritos y los perros ladrando.

Bastó un telefonazo de la vecina a la comandancia de policía para denunciar:  " la grave afrenta a la moral y las buenas costumbres ", en su derecho ciudadano a la tranquilidad. Y así como hicieron los conquistadores con la indiada en América; así puso orden la licenciada con José Ruperto y sus meadas, quien absorto en su necesidad corporal y pensamientos, ni se enteraba de lo que estaba por pasar. 

- ¡Por qué tengo que estar viendo el pipí de los borrachos desde mi ventana!, gritaba la ofuscada mujer.

Y se armó la grande. Mientras se esperaba la llegada de la autoridad, los ánimos se fueron caldeando. Ya algunos vecinos nos habíamos acercado alertados por el alboroto.

 Sorteando escollos en la penumbra, corríamos para auxiliar a quién fuera presumiendo que algo grave acontecía. Nos encontramos a José Ruperto alucinado, con medio pantalón a rastras, en la oscurana.

- José Ruperto ¿Qué está pasando?, pregunté.

- "No sé mano Pedro".

 Y en eso salió el marido de la mujer con una escopeta, echando plomo ¡Que si lo agarro lo quemo!, gritaba. 

- ¡Coño! ¡Cuidado!, gritábamos. ¡Que somos nosotros! ¡Estás loco!, mientras nos refugiábamos detrás de los pinos.

Y el hombre enardecido por el agravio a su mujer, disparando al aire. Y aquellos estampidos.

- ¡Que si lo cojo lo matooooo!, amenazaba.

Y en medio de la plomazón y el alboroto llegó la policía. 

Para resumir: le echaron los grillos a José Ruperto. Lo montaron a empujones en la unidad y a pesar de nuestras quejas, se lo llevaron detenido a la comandancia, por mal viviente, maleducado y meón. 

Al día siguiente se habían creado dos bandos en la vecindad. El hecho de la meada tomaba matices en los diferentes comentarios, desde una inocentada a un hecho de suma gravedad. 

 -"¡Es que no aprende! ¡No se instruye!, que pudiera aprovechar el contacto con la gente de bien, para formarse", vociferaban algunos.

-  "¡Que razón no le falta a la doctora!, ¡hombre! ", exclamaba alguien  por ahí.

Al día siguiente nos organizamos para rescatar al detenido, quien después de una noche en el calabozo, fue puesto en libertad, "condicional"...

-"¡Como lo vuelva a ver por aquí!" , farfulló el oficial. 

 

                                        IV

Y como el agua de los ríos pasa, también este evento pasó y se olvidó. Todo regresó a la tranquilidad y las buenas costumbres. Y  la vida de los pobladores continuó; en lo que concierne a su mayor tarea: la búsqueda de un empleo.

A pesar de la mala fama, el episodio pasado y las pobres recomendaciones, a José Ruperto se le contrató para formar parte de una de las cuadrillas que hacían obras  en la carretera.  Porque de que rompía piedras rompía.

- " Siempre hay algo por allí para el que quiere trabajar ", alardeaba el encargado bravucón. 

- ¡No me vengan que el sueldo no alcanza pá nada! , mentaba a los cuatro vientos. 

- ¡Pura quejadera y aguardiente, pá eso es que son buenos!, continuaba el susodicho reforzado por las miradas furtivas que le dedicaba, de vez en cuando, el acicalado contratista de la obra, mientras revisaba sus papeles.

 Y allí estaba José Ruperto con su camisa abierta, sudado y extenuado entre sus compañeros  desaliñados, quienes a lo lejos más parecían una partida de presidiarios en trabajos forzados, que unos obreros "contratados". 

Y todo el día llevando sol en la carretera. Golpe y golpe. Y peso y peso. Acarreando piedras de acá para allá; y hora tras horas cavando huecos, mal vestidos, mal trajeados y sin uniforme, mientras que el tiempo de culminación de los trabajos apremiaba.

Y como en toda obra, siempre hay mirones, ocurrió lo que tenía que ocurrir:

- "Que José Ruperto está bebiendo otra vez ", chismeó el tío de las barbas al jefe de la cuadrilla. Típico vecino que  por andar de ocioso, se la pasaba supervisando a los demás, para  evitar: "la malversación de fondos públicos".

Y ante la insistencia del denunciante  todos se dirigieron al lugar donde José Ruperto arduamente trabajaba, es decir:  el vecino devenido en supervisor, el encargado de obra, el contratista, más el grupo de desocupados en espera de que alguno de los trabajadores cayera en desgracia para ocupar su lugar.

-" ¡Traiga pa cá esa botellita que tiene escondida en el bolsillo del pantalón, José Ruperto ! ¡Ahora! ", exigió el encargado.

Y el José otra vez sorprendido, la entregó. Sin saber de qué lo acusaban, porque golpes estaba dando. Y vaya que los estaba dando, reventando pavimentos. 

- " Eso es un mal ejemplo para los demás", dijo uno de los jefes.

-  " ¡Es que con borracho no se puede!" , alzó la voz el otro.

En el fondo, todos querían que José Ruperto se comportara como sus tres sobrinos, quienes habían ganado fama de flamantes trabajadores en la gran ciudad ¡La nueva generación! 

 Sin un ápice de escuela pero resueltos y fundamentosos para trabajar. No bebían en las obras, llegaban tempranito y trabajaban como burros. Obreros espléndidos. No perdían un día ni por enfermedad, muerte o nacimiento. Agradecidos, no pedían aumento y hasta le prestaban dinero al encargado.

 Uno de estos muchachos, mal calzado y harapiento, tuvo  la mala suerte de enterrarse un clavo oxidado en el pie, durante sus rudos trabajos en una de las tantas construcciones, que requerían sus destrezas musculares. Y qué hizo. Pues lo que había que hacer, seguir con su labor toda la jornada, tratando de no cojear, corriendo y cargando bloques, batiendo cemento, nervioso y asustado, de modo que el jefe no se fijara en su torpeza; no fuera a botarlo "por pendejo".

 Habiendo tantos sitios donde pisar, venir a pisar justo allí, arriba de un clavo. ¡Por Dios!

Ya en su rancho, con los críos y su esposa veinteañera, me trasmitía su angustia de cómo hacer para cobrarle unos reales que el encargado le sustraía del sueldo, "emprestados", cada vez que le pagaba.

- " ...no se vaya a molestá y me quite el trabajo señor Pedro", argumentaba mientras desde su destartalado catre me señalaba hacía unas brasas donde se hervía algo en una olla ennegrecida de hollín:

- "Ahí tengo el clavo en agua hirviendo, pá mata la ifesión".

Como para salir de mi aturdimiento por lo escuchado, seguidamente pregunté:

- ¿ Y porque no mandas a tu mujer para cobrar la plata ?

- "¡No que va!, como cree usted. Si es que el hombre le tiene el ojo puesto"

Dicho esto me despedí con el corazón compungido y una suprema indignación por dentro.

Total que para abreviar y volviendo a nuestro protagonista: a José Ruperto lo echaron por borracho.

- "¡Fuera de aquí!", sentenció el encargado.

 -"¡No quiero verte ni en pintura!"

 -"¡Y por aquí ni te aparezcas a pedir trabajo, mal agradecido!"

 Se había concretado la acción social, se había restituido el orden, se había sancionado al transgresor; y todo el mundo feliz.

Por allá se veía a José Ruperto alejándose cabizbajo caminando sin rumbo, despedido; más triste que nunca.


                                           V

Los trabajos continuaron a su ritmo habitual durante varios días; es decir, cavando tierra, golpeando piedras, limpiando cunetas, desyerbando cerros, hasta que repentinamente la obra se paralizó. 

Justo dentro de una enorme cañería que tenían que reparar, se vino a morir un perro.  Con los días que llevaba allí y el solazo que pegaba, el olor era nauseabundo. El que más sufría, por falta de costumbre y horas en el campo,  era el contratista, quien no soportaba la hedentina.

- "¡Saquen esa cochinada de ahí!", ordenaba. 

Pero nadie se movía. Los empleados se hacían los locos, se agachaban, se escabullían o se escondían detrás de las máquinas. Se agrió el humor y empezaron los insultos, amenazas de despidos y descalificaciones.

Agotadas todas las instancias de represión y ante la desobediencia generalizada, que amenazaba con tornarse en motín,  surgió la gran idea. Se regó, como pólvora y cuajó entre los presentes:

-¡José Ruperto!

Y el nombre de José Ruperto empezó a sonar desde la autopista al caserío. Y lo repetían los jefes, y lo gritaban los hombres y lo coreaban los niños.

- ¡José Rupertooooo!, se escuchaba a lo lejos. 

- ¡Que te buscan en la obraaaaa, correeee!

- ¿A quiéeeeen? ¡A José Rupertooooo! ¡Que lo llama el encargadooooo!, se escuchaba como un eco por toda la montaña.

- "¡José Ruperto!, corra rápido que lo llaman en la obra", gritaba Juana María Centinela,  desde su casita de palomar; apuntando con su muleta de palo la dirección exacta que debía seguir el solicitado.

Y gritaron los hombres, y silbaron los niños, y se alborotaban cada vez más los perros, hasta que finalmente José Ruperto apareció. Subía azorado, arrastrando esa pierna como podía. Con la ilusión renovada de un niño que inesperadamente lo invitan a la fiesta. 

-¡Que romper y pegar piedras era su arte!, corría zanqueando.

- "¡Apúrese muchacho suba pá rriba que lo solicitan!", le indicó su tío Nerio agitando su sombrero, desde lo alto de la cuesta. 

Y José Ruperto con la lengua afuera, que no podía más.

 Su nombre, su nombre coreaban las montañas. Hasta que finalmente llegó:

- "He decidido darle otra oportunidad, póngase a trabajar", dijo el encargado solemnemente, como si estuviera administrando la comunión. E inmediatamente entregándole un palo agregó:

- "Saque ese perro de ahí". Lo dijo suavemente como si cualquier cosa.

José Ruperto de pie, ensimismado, dolorido, encorvado y desaliñado contempló la tubería con el palo entre las manos y la camisa abierta hasta la barriga. Olfateó la pestilencia. Volteo desconfiado hacia los demás trabajadores, quienes se hacían los que no veían. Miro a los contratistas que estudiaban, disimulando, un plano. Todo se convirtió en un gran silencio, sospechoso.

- ¡Haga el favor y saque ese bicho de ahí!, repitió nuevamente el hombre, esta vez en tono más desafiante. Ordenando.

José Ruperto permaneció inmutable, imperturbable, impenetrable como la efigie andina de La Cara del Indio, arriba en el Páramo de los Conejos. Que lo mira todo, por encima de todo y de todos. Algo en él había cambiado. Ya no lucía manso ni humilde.

- ¡Saque esa porquería de ahí!, ya impaciente ¡No se lo vuelvo a repetir!, regresaban las amenazas.

Pero José Ruperto no se movía de su posición. Fue entonces cuando surgió una reunión de emergencia entre el contratista de la obra, el encargado, algún ingeniero,  empleados  e interesados, para discernir sobre la cuestión. 

Se estudiaron todas las propuestas del caso, desde despedir al despedido, amenazarlo por subvertir el orden y llamar a la policía, hasta la que finalmente se acepto por práctica, efectiva y decorosa, aunque poco ética: darle de nuevo la "botellita", que permanecía incautada, entre las herramientas de un camión.  

-"Pá que se alegre", dijo el chofer que la buscó.

Y el mismísimo encargado se lo ofreció: 

- "Échese un palo ahí José Ruperto"

José Ruperto más por reflejo que por complacencia la agarró. La sostuvo entre sus manos, la miró, sintió, olió.

 Observó los rostros de cada uno de los presentes. Escuchó a la gente que entre susurros hacían chistes y reían. Y antes de que tuvieran tiempo de decir nada más, levantó la botella con su mano derecha apuntando hacia los cielos, como un aborigen arquero cazando el sustento entre la arboleda. 

Llevó el pico cristalino hacia su boca sedienta de carreras, empujones y miserias. Mojó sus labios conectándolos, acoplándolos, preparándolos. Para luego succionar y tragar, muy largo. De la boca a su vientre, a las profundidades de su estómago; como aprendió a hacer, desde niño, allá en el páramo helado, "para calentarles su barriguita". Absolviendo la condena, perdonando, comprendiendo. 

Bebió como se debe beber ¡Con sed y pasión!, sin respirar, como si fuese el último trago de su vida: su momento, su protagonismo, su historia. 

Bebió más liquido que todos los mares de la tierra. Se engulló al río Chama, se tragó las lagunas parameras, las lágrimas y las alegrías. Bebió por ti y por mi. Por la impunidad, por la falta de corazón; pero también por agradecimiento a quienes alguna vez, lo trataron con amor.

 Bebió por María Juana Centinela, por Encarnación Centenaria, por Nerio Caballero, por Francisca Pompas de Jabón, por Virginia Dolores de Vientre, por las mujeres de San Gerónimo, La Poderosa y sus adyacencias, por estas tierras que desde niño recorrió. Por el frío del páramo, las cosechas, los hombres de piedras, por los que se fueron, los que están y por los que vendrán.

Acto seguido y sin voltear la cabeza, sin mirar a nadie, lanzó la botella vacía contra los pies de los presentes, estallándola en mil pedazos, haciendo que  todos saltaran hacía atrás, sobrecogidos ¡Tronaron los cielos! 

Se secó los labios con el dorso de la mano y aferrándose al palo como una lanza en plena selva, se enfiló José Ruperto de las Tempestades erguido hacia la batalla, como un Dios. Gigante.

 

 Pedro Alberto Galindo Chagín

 

 La Capea, Municipio Santos Marquina,

Mérida. Venezuela.

Registro propiedad intelectual

00765-01397050. España





-


                                                                

 





 


jueves, 13 de octubre de 2022

EL TALLISTA DE TABAY

 

   Contemplando mi viejo tallercito en La Capea, donde realicé tantas obras, tantos años, tanta vida. Desde la entrada del hogar reflexiono:

   Produzco porque amo lo que hago. Produzco porque me formé en el difícil arte de la talla de la madera. Ahora entiendo la importancia de los oficios.

   El sistema puede tener problemas, los subsidios agotados, los derechos en riesgo, el trabajo precario, el miedo regalado; la emigración, la aventura; pero aquí en Venezuela, o en cualquier parte del mundo, tengo mis manos para avanzar.

   Nuestras manos son el producto de millones de años de evolución, no en vano se desempeñan tan bien. Son la maquinaria perfecta para sobrevivir en éste planeta. Sirven para rascarse la picada de un zancudo, crear un Van Gogh o poner la humanidad en la luna. No son artefactos pero los inventores tratan de igualarlas. O al menos, lo intentan.

   En las manos buscan los científicos la perfección robótica y la pinza para agarrar, facultad que no poseen los primates, pero sí los humanos. Se han dado cuenta que hay manos para todo. Describirlo sería el cuento de nunca acabar.

   Cuando aprendemos a usar nuestras manos para la creación, nos remontamos a la prehistoria: la piedra de afilar, los huesos, los fósiles, los orígenes, derrotando los miedos y la sumisión. Entonces recordamos de dónde venimos, nos hacemos más humildes, más valientes, creemos en quienes somos, otra vez. Y por ende, nos fortalecemos, o mejor dicho: fortalecemos el espíritu.

   Cuando estamos en el taller o en la cocina amasando el pan, volcados alegremente sobre la materia prima que elaboramos; si por alguna circunstancia desaparecieran nuestros cuerpos; y solo quedaran nuestras manos vivas, parecerían arañas traviesas, caminando sobre los dedos, o reptando: laborando, construyendo, creando. Todo en un mar de movimientos extraordinarios y coordinados. Inimitables.

   Bellas manos aquellas de nuestras madres y abuelas. ¡ Cuánto transitaron para formarnos y educarnos ! Ejércitos de arañitas cambiando pañales, levantándonos, alimentándonos, curando heridas. Cumpliendo con su labor día y noche, sin parar. Y solo con sus manos, sus bellas manos.

   Ahora en la tarde lluviosa abrazado por la naturaleza esplendorosa que me rodea, contemplo agradecido mis manos, que me han permitido viajar con dignidad, como un par de ángeles guardianes a mi lado, con la seguridad que no me fallarán.

   No me someto a los hombres y los perversos pasan de lado ante la seguridad que el oficio me da. Mi espada y armadura las llevo colgadas a cada lado, reivindicando la humanidad cuando comenzó en las cavernas. Son instrumentos para la paz. Me enseñan a enseñar y cada día a " saber estar, saber ser y saber hacer"

   Ante las incertidumbres futuras hago mía aquella frase liberadora del tallista de Tabay, el amigo Luis Cucú como cariñosamente le llamábamos, quien al vender un trabajo a bajo precio, y la negativa del comprador a pagar lo justo, le acotó al cliente:

    ¿ Y para qué tengo mis manos, señor ?

 

 

                                                                    Pedro Alberto Galindo Chagín

    

 Registro propiedad intelectual

00765-01397050. España