Una
vez comidos, vestidos y maquillados, estábamos listos para los
requerimientos de la producción. Todavía muy de mañana, nos dirigíamos
en filas hacia las unidades militares que nos trasladarían a los
escenarios escogidos por el director.
Cuando la caravana de camiones militares atravesaba los poblados, la
gente salía a saludarnos; desde los balcones agitaban ropas de colores,
los turistas se apilaban, los niños nos hacían el símbolo de la paz, y
los teleobjetivos asomaban por las ventanillas de los coches de la
prensa que nos perseguía, con la esperanza de obtener una buena imagen
para la edición del día.
En las noches, de regreso de las agotadoras jornadas de rodaje,
observaba desde mi asiento posterior la hilera interminable de vehículos
de la producción que nos seguía cautelosa, como una criatura fantasmal.
Bordeaban los acantilados zigzagueando, y sus haces de luz se perdían
entre las montañas.
Ya en la ciudad —descuidados, desaliñados, doloridos y exhaustos— los extras descendíamos de las unidades militares, habiendo perdido todo
el glamour que exhibimos en las escenas del día.
Despojados
de nuestras vestimentas antiguas, extinguida la magia y el maquillaje
mañanero, vestidos ahora con nuestras ropas cotidianas, más parecíamos una
partida de bandoleros y malvivientes recién capturados por las fueras de seguridad españolas, que los actores consentidos de Ridley Scott.
Ya liberados de los compromisos del rodaje por ese día, los héroes del desierto regresábamos al mundo real...
siempre había tiempo para un café.
"Con el brazo extendido, señalando al horizonte, sobre las
rocas; inspirados en las escenas románticas del Viejo Testamento y
vestidos como hace tres mil años, los "marshals" nos convertimos en
pastores de la gente"
En menos de veinticuatro horas de mi aparición en Exodus, las
tres líneas de acción que desempeñaría en la superproducción, estaban
ya decididas , unas por funciones, otras por fortuna.
La
primera, como ustedes saben, era la esperada: actuar como extra, el papel para el que había sido contratado.
La
segunda, menos premeditada, surgió a la observación in situ que el
departamento de casting realizó sobre un grupo de ocho personas de la
figuración, a quienes nos adjudicaron el peculiar mote de
“Marshals”, apelativo que nos confirió cierta
autoridad organizativa sobre los
cientos de hombres y mujeres que comprendían la figuración.
La tercera línea de acción, en cambio, resulta más difícil de explicar. Se debió a la confluencia de necesidades de la alta
dirección de la película que —por razones que aún prefiero no revelar— recayó en mí. De las dos primeras, puedo
hablar, con cierta libertad. De la tercera, no. O al menos, no todavía.
Este
desempeño, además de tocar pasajes esenciales del argumento, está
revestido de un "halo" que pertenece, según mi parecer, más al mundo de
los enigmas que al
mero requerimiento técnico de una producción cinematográfica.
Nota: para la fecha que escribí los siete primeros capítulos (2014), no se había estrenado la película.
Sentados
alrededor de una mesa, los ocho extras seleccionados —siete hombres y
una mujer— escuchábamos atentamente las indicaciones de nuestros
interlocutores.
Nuestras funciones, resumidas, consistían en servir de enlace entre los centenares de
extras y los mandos superiores.
No sólo
debíamos asistir a las tareas de recogida, traslado, auxilio
y logística del pueblo figurante, sino también —y sobre todo—:
transmitir, a través de walkie-talkies escondidos entre las ropas, las
instrucciones que descendían del director hasta los asistentes de
dirección y, de allí a nosotros.
La
comunicación debía fluir de arriba hacia abajo, y se nos advertía no
hablar por los aparatos salvo en caso de emergencia: esguinces,
desmayos, cuadros epilépticos, heridas, pérdida de niños y cualquier
otro imprevisto que pudiera catalogarse de emergencia.
El máximo cuidado de las personas era nuestra primera y más importante misión.
Y así lo asumimos: con respeto, con entrega.
Nuestra
mayor preocupación, en medio de los inmensos espacios desérticos y los
escarpados riscos, fue procurarle al pueblo protagonista del Exodus, la
mejor atención posible.
Nos aprendimos los nombres y los rostros de quienes lucían más
vulnerables, custodiándolos y protegiéndolos de las escenas más duras,
de las marchas forzadas y de la inclemencia del clima.
—¡Detrás
de mi! ¡Los que se sientan enfermos, no se arriesguen! ¡Las personas
que no puedan correr, resguárdense en las rocas! ¡Si alguien se siente
mal, dígannoslo!", gritábamos a los cuatro vientos.
Aún así, y tomando todas las precauciones posibles, se presentaban bajas entre nuestras filas.
—¡Agua!—, clamaba la figuración desesperada.
El sol inclemente. Acarreábamos pesadas cajas de botellas de agua, entre
escena y escena, para calmar la sed y el agotamiento de los participantes. Muchas veces la
comida se hacía de pie, marchando, escondiendo los bocadillos entre las
ropas.
La figuración cargaba además, el
"atrezo" —los objetos indispensables para la ambientación
cinematográfica—: recipientes de cuero, bolsos artesanales, palos,
armas, herramientas. Íbamos cargados.
Algunos compañeros figurantes empujaban grandes carromatos, siendo ellos mismos la fuerza de tracción. ¡Agotador!
Las escenas se repetían una y otra vez, hasta estar exhaustos. Era un éxodo, y tenía que parecerlo.
Cuando empezaba el rodaje, tras los ensayos, el cansancio era tan real que parecíamos el pueblo de Moisés de verdad.
Era la autenticidad que buscaba el director. (Foto web)
¡Alto figuración! ¡Preparados para rodar! !Diez filas de a cuatro!
¡Cuidado con los caballos! ¡Lejos de los camellos! ¡Motor! ¡Motor! —y el
corazón se aceleraba—.
¡Acción!
Debíamos simular terror y huida, extendernos por las planicies, centenas de extras, correr cien metros a más no poder.
—¡Cuiden a quien tienen a su lado!repetíamos.
En
nuestro papel de marshals trasmitíamos las órdenes con
precisión. Debíamos llevar las indicaciones a una multitud, fatigada y
polvorienta que repetía la acción indefinidamente. Había que cuidar cada
indicación: una instrucción errónea podía provocar una caída, una
estampida, un accidente. Los aupábamos a correr sobre terreno árido y
pedregoso.
Como en aquellas películas épicas donde el actor principal desciende
del caballo y se mezcla con sus soldados antes de la gran batalla;
quienes hacíamos de marshals nos fundíamos con nuestra gente para
prepararnos a pelear.
Repetíamos
las órdenes, nos visualizábamos a lo lejos para no perder contacto.
Ningún marshal podía estar cerca del otro: debíamos rendir por
trescientos.
Este grupo nació de la urgencia: guiar al pueblo de Moisés de forma más humana y eficaz.
Además,
nuestra figura resultó útil para la producción, sobre todo cuando era
necesario hacer cumplir órdenes impopulares. Mediábamos con la
figuración en los problemas diarios: los largos traslados en incómodos
camiones militares, las colas interminables del catering, las
incursiones en el mar, los chorros de agua fría.
Cubríamos
con mantas a quienes temblaban. El viento dolía. El sol abrazaba. Las
comidas interrumpidas irritaban. Las crisis nerviosas surgían. Los
descansos cortados por la urgencia del rodaje agobiaban. Había tanto por
hacer, y éramos sólo un puñado para tantas almas.
Aun así, contábamos siempre con el apoyo y la orientación del estupendo departamento de casting y sus asistentes en el campo.
Vivíamos cada vez más a la intemperie, y eso originaba situaciones extremas que requerían de mucho tacto.
Confortábamos
a las personas en sus penurias cuando las escenas debían repetirse, y
compartíamos sus alegrías cuando eran aceptadas. Éramos su apoyo más
cercano... y también el de la dirección.
Con
los días, nos ganábamos la confianza plena de la figuración. Nos
llamaban por nuestros nombres y nos agradecían las atenciones.
A
lo lejos, o entre nosotros, los actores principales interpretaban sus
papeles; y cuando se gritaba: "¡Action!", todos empezaban a actuar.
—¡Preparada figuración!— escuchábamos.
Un helicóptero sobrevolaba nuestras cabezas.
Las grandes torres con cámaras, semejantes a jirafas, comenzaban a moverse.
Los equipos de técnicos se movilizaban veloces.
Las camionetas cargadas de artefactos derrapaban.
Los servicios de emergencia, permanecían atentos.
El nerviosismo se sentía.
Pensaba entonces: Ridley, como buen maestro, está en todas partes y
en ninguna. Observa, dirige desequilibrando la acción, humanizando a
los personajes y... goza.
En el medio de esa bastedad, no podía evitar sentir una inmensa
gratitud por la oportunidad que me brindaba la vida al
participar en semejante locura; una película que presagiaba records y,
quién sabe, nominaciones al Oscar, a la mejor película o dirección.
¡Qué fuerza y que poder inunda al espíritu humano cuando menos se lo espera!
¡Qué paisaje tan asombroso a mi alrededor! ¡Cofete!
Panorama de la playa de Cofete
Durante semanas las escenas se sucedían unas sobre otras, con tal
premura que muchas veces no sabíamos si la acción estaba detenida o si
aún rodábamos.
Esa
confusión nos regaló una naturalidad ante las cámaras que, sospecho,
contribuyó a infundir realismo a la filmación —el sueño anhelado de
cualquier director.
Sin
darnos cuenta, habíamos adquirido la capacidad de convertirnos casi en
cualquier cosa, en el momento que la dirección lo quisiera.
En una oportunidad, y ante la inminencia de un gran peligro, el
tsunami —justo cuando quien les cuenta y relata se incorporaba y,
transmutado en estampa bíblica, infundía seguridad y norte a quienes
debía guiar en la acción—, cuando preparaba a mi pueblo para la
estampida ponderando la montaña que teníamos que batir, en plena
consternación... cuando diseñaba la estrategia que, como predestinado,
intuía... justo en ese momento..., a un asistente de dirección se le
ocurrió la mala idea de entregarme: una niña.
¡Tamaña responsabilidad!
Una criatura conmigo entre aquella multitud.
¡Pavor!
En
el momento más crítico, cuando debíamos ganar altura producto de la
desesperación y huida. Cuando necesitaba mis brazos y piernas en total
libertad: la niña.
¡Por Dios!
Mientras
un mar alborotado, picado y siniestro se transformaba en grotesca ola
que, como la muerte misma, se dirigía a engullirnos; además de las
hordas desalmadas de Ramsés: ¡Una niña!
—¡Tú eres uno de ellos!— gritó una figurante de repente, en pleno arrebato místico, señalándome con el dedo y alejando de mi mente la incomodidad que arrastraba, ocupando mi mano izquierda.
—¡De los de verdad! —volvió a gritar.
— ¡De los antiguos!,
—reiteró.
Y como hechizado, el espíritu dominó mi cuerpo.
La
alabanza insufló poder en mi alma y, erguido con el brazo derecho, apunté hacia la montaña, luciendo como un gran
profeta ante la miserable multitud.
Mi
pecho brotó, los cabellos colgaron largos sobre la espalda. La túnica
resaltó mi figura, infundiendo respeto. El rostro hermético e
impenetrable, adquirió fisonomía épica. La mirada visionaria atisbó el
horizonte. El olfato calibró el peligro y el escape.
Un trueno completó el magno acontecimiento.
Un momento espectacular.
Un extraordinario papel, un dèjá vu en plena ejecución.
Pero..., con una mano ocupada: ella.
Una fuerza celestial fortalecía mis pasos. Mis músculos se
potenciaban, la inspiración llegaba. Estrechaba con fuerza la mano de la
cría que me decía:
—¡Pedro me duele!
Mirándola de arriba hacia abajo, le respondía, no sin cierta arrogancia:
—Tranquila, tú estás conmigo.
Y ella me regalaba una tímida sonrisa, de abajo hacia arriba, como la de los inocentes que, sin saber, sonríen a sus verdugos.
—¡Oh Jehová! ¡Dame fuerzas para guiar a mi pueblo ante la adversidad!, —clamaba.
El cambio obraba milagros en mí. No actuaba: vivía y sufría.
La multitud expectante aguardaba.
Los equipos técnicos en sus puestos, agazapados, atentos.
Un asistente gritaba:
—¡Cuerpos! ¡Quiero cuerpos aquí, para rellenar huecos!
Y tres marshals cercanos azarosos reunían cinco, diez o veinte extras, para tapar.
Pero yo... yo tenía una misión más importante que cumplir,
¡Qué corrieran ellos, los mortales!
Me encontraba en pleno éxtasis, salvando almas.
Desde
las alturas, las cámaras observaban —como extraterrestres— la disposición
para las escenas. Ridley Scott dirigía. Los camellos y los caballos se
intranquilizaban. El viento y la arena mordían. Una mujer sollozaba.
Otra reía, histérica.
—¡Preparación, figuración!, repetían los encargados.
¡Motor!
Y...
¡ACTION! ¡ACTION! ¡ACTION!
Se oyó la orden desgarradora que, como un eco, reiteraban las montañas.
Y arrancamos a correr —en masa—, entre espantosos gritos, hacia las cumbres.
El
gran tsunami avanzaba tenebroso, implacable, lento, inmenso, hambriento
y sombrío, causando aquel pánico que paraliza las piernas. ¡Nos lo
creíamos!
Un helicóptero trazaba la ruta del mal: por donde venía la máquina, venía la ola. Allí debíamos mirar.
A mi alrededor, caras de sufrimiento, esfuerzos, gritos.
La gente caía enredada entre sus ropas.
Desesperación y hastío en los rostros.
—¡Corran! ¡Corran! —gritábamos. ¡Hacia las rocas altas! —señalábamos.
Y
trescientas personas —hombres, mujeres, ancianos y jóvenes, niños,
niñas y animales— emprendían la escalada caótica hacia la salvación;
repitiéndose la misma escena que una y otra vez agobia a la humanidad,
desde el comienzo de los tiempos hasta hoy.
Atrás venía, además del mar, el ejército aniquilador del faraón:
destructor de su propia especie.
Amasijo de huesos y carnes para matar.
Puñaladas insaciables que nos avergüenzan como especie.
Odio entre hermanos: burlas, ironías, humillación.
Armas nucleares, armas biológicas, armas químicas.
El gran tsunami nos arrastra a todos.
La destrucción indiscriminada de las especies, en el antes...y en el ahora.
Enredado por mi túnica, me desplomo por primera vez. hemos subido
muchos metros, y los caídos en el campo ya se cuentan por docenas.
Los que vienen detrás ayudan a levantarlos, dándole un realismo inverosímil a las escenas.
Estrecho la mano de la niña aún más.
Ella me mira, asustada y juguetona a la vez.
Entre las rocas las cámaras ocultas registran las escenas, rodeadas
de cabezas cuyos ojos nos miran desorbitados, como queriendo atrapar con
la retina lo que a las lentes pudiera escapárseles.
Caigo por segunda vez, estrellando mi cara contra un suelo áspero y cortante.
Siento un golpe en la frente.
A mi alrededor, gritos estremecedores.
De rodillas, en la mayor desesperación, abro los brazos y a todo pulmón grito:
—¡Jehová, ayúdame! ¡Ayúdame! —desolado.
Alguien me levanta por las axilas.
Lloro.
Faltan pocos metros para lograr la cima. No quiero morir: otros lo han logrado, otros se han salvado.
¿Por qué yo no?
Son mis años, es mi peso, es mi dolor.
¡Oh, humanidad cruel¡ ¡Miseria de miserias!
Como
infundido por un gran poder, logro ponerme de pie de nuevo. Doy
zancadas torpes, desorientadas, unos metros más, hasta que un empujón me
derriba por tercera vez.
Sentí que varios cuerpos colisionamos violentamente.
Y, como un fardo de carnes, rodamos montaña abajo.
Era inevitable: fallecería en este fatuo intento.
Contemplé el cielo por última vez...
¡CORTEN! ¡CORTEN! gritó la voz.
—¡CORTEN y regreso a la primera posición!, —agregó.
Lamentos y más lamentos de la estropeada figuración.
—¿Otra vez? — se quejaban, incrédulos al saber que debíamos repetir la toma una vez más.
Ya
no sabía dónde tenía mis aparejos de comunicación; los buscaba,
mareado, entre mis deshilachadas ropas. Cuando, con gran esfuerzo, logré
tenerme en pie y arreglándome las vestimentas para guardar algo de
compostura, súbitamente sentí como un susto:
¿Y la niña...?
¿Dónde está la niña que estaba conmigo? —pensé.
Miré a mi alrededor con disimulo.
— ¿Han visto a la niña ?— pregunté.
Se
hacía evidente mi temor de haber extraviado a quien tenía bajo mi
extrema responsabilidad. Sin respuesta, y ya muy preocupado, empecé a
escudriñar en vano entre personas doloridas que, una vez más, debían
realizar la escena.
¡Hasta que Ridley estuviera satisfecho!
De
mi prestancia poco quedaba. Descontrolado y desgarbado, comencé a
buscarla por todos lados, desordenadamente. Hurgué entre los
intersticios del terreno y los filosos riscos.
—¡La niña! ¡¡La niña!! ¡¡¡Dónde está la niña que estaba conmigo!!! —gritaba desesperado.
Nadie respondía.
¡Horror!
Fue entonces cuando vi a aquel asistente de dirección que venía
hacía mí a todo tropel. Se abría paso entre los extras a manotazos. Su
alta figura lo llenaba todo.
Pensé: "Viene a reclamarme que perdí la niña".
Yo,
que no perdí un sólo niño allá en mi pueblo andino, cuando abarrotaba
el vehículo para transportarlos a las escuelas. En aquellas luchas
épicas de hace veinte años, cuando nadie sabía lo que eran leyes; cuando
pugnábamos para restituir dignidad a la niñez; cuando recurrimos a los
magistrados en defensa de cientos de...
¿Y Ahora? ¿Cómo podía explicar que había perdido una niña?
¡Oh Dios¡ ¿Estará herida? —me preguntaba.
¡Santo cielo!
Los
más custodiados y protegidos de la producción era la chiquillería. ¿Se
habría cortado un pie? ¿Estaría siendo atendida por los servicios
médicos? ¿Yacería su cuerpo magullado en una ambulancia, diciendo entre
sollozos: "Pedro me soltó...?
Me preparaba a dar mi versión sobre los hechos. Debía encontrar las
palabras precisas para excusarme: "...me derribaron señor, sentí un
golpe... caímos...", —diría.
El
asistente se acercaba más. Sus ojos fieros, me ubicaban. Sus cabello
despeinados y su rostro alucinado infundían pavor. Batía sus brazos
como remando en mar picado. Sus piernas, macizas bajo los pantalones
cortos, mostraban venas inflamadas. La cólera lo poseía.
Sus
grandes botas pateaban el árido suelo, levantando nubes de polvo. Su
chaleco de producción parecía una coraza. Nada lo detenía: venía hacía
mí indetenible, inculpándome.
Su
figura resaltaba como la de un monstruo exterminador que, al
alcanzarme, me arrojaría contra las piedras, dando tumbos entre las
rocas. Su brazo espeluznante, verde, baboso,—como el de aquel diablo de
mis pesadillas de mi niñez—, me apuntaba con un dedo acusador como diciendo:
— ¡Has perdido a la niña!
Miré hacia él otra vez como un crío avergonzado que se sincera con
sus maestros. Me sentí tan pequeño, tan diminuto... nada.
Mientras
quienes me increpaban se multiplicaban, sentía que una turba enardecida
se reunía para lincharme. El extra encargado de los niños bramaba:
" Irresponsable".
Desconocedores
todos de mis antiguas hazañas, fríos y calculadores, herían mí
susceptibilidad. Me zarandeaban. Estaba reducido al bochorno y la
vergüenza. Derrotado aceptaba la falta.
Había perdido la encomienda; había extraviado la esperanza. Lo más preciado de la figuración.
Estaba claro para todos: había preferido mi salvación antes que la de la niña.
Egoísta, desalmado, viejo malvado, cobarde...
¡Impresentable! —me lamentaba.
Entregado a mis desdichas y con el corazón acongojado encaré,
turbado y con lo que me quedaba de dignidad, al asistente de Ridley
Scott.
Su
arrolladora presencia apagaba la luz del sol; como tsunami caía sobre
mi humanidad, despedazándome. Me miró con ojos encarnados y, con
palabras entrecortadas por el esfuerzo que había realizado para
alcanzarme, espetó:
—¡Pedrooooo! ¡Les gustó mucho lo que hiciste! Quieren que lo repitas... pero esta vez más cerca de las cámaras ¡Por favor!
A la distancia, sobre un risco superior, una bella chiquita de siete
años— como un sol— me saludaba con la mano, regalándome una espléndida sonrisa.
A su lado un marshal guardián, la custodiaba...,
mi niña.
V. El ángel exterminador
Ah... si pudiera liberarme de esta cerrazón perenne que padezco. Si
atinara, aunque sea por una vez, a colocarme en el verdadero lugar de
los otros.
Si, lejos de cargar el peso de mis tribulaciones, cargara —aunque fuera por una vez en la vida— con la de los demás.
Entonces sí tendría algo importante que contar.
Pero
hablar de mí mismo... poco, o casi nada, tengo que aportar. Atado estoy
a este cuerpo y a esta mente desde hace tanto tiempo, que soy incapaz
de atarme al cuerpo y a la mente de alguien más.
Vivo en una repetición constante de lo que soy, y esa repetición, lejos de menguar, se intensifica.
A medida que gano espacios en este mundo; aligero mi equipaje material, pero abulto el intangible.
Y cuanto más avanzo más me alejo de la libertad.
¡Libre es aquel que no tiene pensamientos y comparte la vida ajena!
¡Libre aquel que no escribe y sabe vivir!
El que no habla pero convence.
El que logra escapar y saltar al mar.
¡Libre es aquel que llaman loco y, aun así, deambula.
Vicioso soy de un mundo en el que sólo yo habito.
Y agrego: Exiliado de las estrellas, antítesis de El principito,
vago en esta especie de laberinto que llaman vida.
Ajeno al origen de mi nacimiento.
ignorante de mi destino.
¿Libre?
¡No! No soy libre.
Libre es quien ya no existe y vive en los demás.
Libre, quien muere en soledad, abandonado de todo dios
¡Libre aquella humilde mujer que, observando los pájaros azulejos del bosque,
les llama pompas de jabón!
Libre aquel sin nombre, sin pareja, sin prole, sin hogar, sin nación.
¡Libre el sol y los astros que lo circundan!
Libres las mariposas.
Libre las aves.
Libre los recuerdos que no ocupan espacio.
¡Libre hasta el polvo del camino!
¿Pero libre yo?...
¡Jamás!
Y voy más lejos: Encadenado a mis necesidades, encadeno mis neveras y cocinas, atándome más y más.
Si
no rompo la secuencia de tormentos e informaciones dantescas que a
diario recibo, jamás conoceré la envergadura de mis alas. Si coloco
alambres en mi huerta, no alejo a los rufianes; espanto a los seres del
bosque que me protegen.
"Si me armo para resguardarme de mis enemigos, le quito potestad a quien le rezo, para que me custodie."
No es que Dios nos haya abandonado; es que no lo necesitamos
¿Para qué, si tenemos armas y barrotes?
Pero
—¡cuidado!— si nos decidimos a quitar las rejas de nuestros hogares,
facultamos a los enviados celestiales, que serán inclementes con quien
pretenda hacernos daño.
Roguemos, pues, a diario, para que nuestros guardianes no sean
despiadados con quienes nos atacan:

«¡Oh Ángel mío, guardián de mi hogar, Compadécete de quienes me han hecho daño; espanta a los intrusos, pero no los ejecutes.
Sé
justo, pero no desproporcionado. Unas cuantas pertenencias, no valen
más que la vida misma. Sé misericordioso en tu lealtad hacia mí y
muestra piedad, con los maleantes: son también, como nosotros, hijos de
Dios.
¡No
los aniquiles! ¡No les arrebates la existencia! Amansa tu furia; sólo
espántalos. Cuando se lleven mis bártulos, asústalos. Tórnate, si
quieres, en el monstruo de sus pesadillas; pero controla tus desmanes:
cierra tus fauces. Permite que vean sus errores, dales otra
oportunidad; por favor, no te cebes con sus carnes.
No
bebas su sangre cual vampiro, bebe por el contrario, el agua de la
quebrada que corre cristalina por los linderos de mi hogar y aplaca tu
sed de venganza. He alojado en mi casa a gente del mal vivir —¡me han
robado!— y, lejos de apresarlos, los he perdonado. Perdona tú también,
aunque pierda mis enseres.
Oh
Ángel mío sombrío y tenebroso, magnífico, el más grande de todos que
cuidas mis espaldas ¿Qué he hecho para merecer tus desvelos? Guarda tu
daga como yo he enfundado la mía. Sólo sopla, como se soplan las velas:
eso bastará».
—¿Pasa
algo? —preguntó repentinamente Antolín sacándome de mis pensamientos en
un recodo del camino, mientras hacíamos un alto en la filmación.
—No,
amigo... —respondí—. Es este ambiente del desierto que me pone
meditativo. Pensaba en el hogar lejano. Quizás es este tema bíblico que
nos hace reflexionar: la ausencia, la lejanía, la soledad... o lo
fastuoso de esta producción. El dramatismo de estos parajes, estas
ropas... qué se yo.
—Estamos aquí por algo. ¿Crees tú que es casualidad?, acotó Antolín.
—No
lo sé. Pero llevamos tres mil años en esto de los éxodos y "Exodus"
tendremos para rato, ¡cómo está el mundo! Lleno de desplazados y
refugiados en guerras interminables. ¡Ni el ángel exterminador ha podido
con tanto! Seguimos siendo los mismos seres, incapaces de mirar más
allá de nuestras paredes. Hemos perdido la piedad. No sé qué somos...,
sólo sé que nos damos palos unos a otros — respondí.
—Pero tú me
diste resguardo en tu casa, cuando nadie más lo hizo... y eso que
éramos cientos. Cuando se preguntó a la figuración si alguien podía
alojarme, muchos quisieron levantar la mano, pero sólo tú lo hiciste.
¿Crees que eso es casual? ¿Acaso eso no es una esperanza? —replicó
Antolín.
—Fue un acto reflejo..., ni siquiera estaba pensando —contesté.
—Fue
un acto de humanidad. —dijo Antolín con firmeza—. Ahora tengo casa y
comida; ayer no tenía nada. ¿No te das cuenta que Dios me puso en tu
camino para decirte que continúes lo que has emprendido? No es
casualidad. Si no fuera así, ¿por qué crees que ocurre lo que pasa
contigo en la producción? ¿Crees que es casual que te hayan elegido?
Estás aquí para cumplir una misión que nos involucra a todos; aunque no
sepamos cuál, se nos revelará.
—Si hubiese una misión, como tú
dices —respondí—, sería la de demostrar al mundo que la fuerza del
espíritu es superior a la del dinero, las relaciones, los privilegios y
hasta la formación. Que aún el más humilde y desconocido personaje puede
estar en el centro de la acción. Que la comunicación de corazón a
corazón existe. Que el amor rompe las formalidades, por más extremas que
parezcan. Está claro: sólo en paz podemos transitar por este mundo sin
que nada nos pase. Tú eres un ejemplo de eso, que viajas solo por estos
sitios y no te falta casa. No son las rejas que nos protegen; es el
corazón.
Antolín, hombre sabio, de mediana estatura y ojos bondadosos, de
sus sesenta y tres años, llevaba sesenta vividos en Cuba. Fotógrafo de
profesión, incursionaba en el mundo del cine —como yo—, más por reto
que por convicción; siguiendo las pautas que dicta la intuición cuando
parece que ya no quedaba nada. Hombre religioso, pero sin imponer su fe:
no agobia con su prédica; más bien, enseñaba con su ejemplo, respetando
la manera de ser de los demás.
En casa, donde compartíamos los espacios que mi hija nos había
brindado, —junto a otras personas relacionadas con la película—, Antolín
dormía en un pequeño colchón que le acomodé a los pies de mi cama. Sin
pertenencia alguna, se entregaba con serenidad a su destino. Cuando
comíamos, bendecía sus alimentos y pedía permiso para bendecir los de
los demás; cosa que, hasta el más pagano, agradecía. Y hasta la comida
sabía mejor.
Durante
las noches, al regresar de las arduas tareas que el rodaje nos imponía,
solíamos madrugar disertando pasajes de su Biblia, que leía
discretamente para no perturbarme, hasta que algún vecino del
apartamento continuo, nos mandaba a callar. Era, ante todo, un hombre
prudente —hasta del pensamiento—.
Debatíamos
sobre el bien y el mal. Parecíamos dos teólogos trasnochados.
Buscando en las Escrituras los pasajes de la historia que estábamos
rodando, interpretándolos a nuestra manera. Él insistía en que su
presencia no era casual, que Dios lo había puesto a mi servicio para
acompañarme en esta especie de revelación espiritual en lo que se me
había convertido el filme.
A
partir de entonces y, durante todo el rodaje, tuve mi "gurú": un mentor
que sabía el punto exacto en que debía aconsejarme y el punto en que
debía retirarse. No sé si era un enviado de Dios, como él afirmaba. Lo
que sí sé, es que— sin saberlo—, lo escogí cuando levante mi mano y
dije:
"En mi casa te puedes quedar".
Ciertamente, los eventos que a diario acontecían me hacían pensar que
experimentaba un fenómeno inexplicable: más que una revelación, era una
sensación de
entendimiento profundo, una certeza interior que me
otorgaba una serenidad desconocida para mis intervenciones
—intervenciones que, por cierto, siempre parecían encontrar eco en los
demás—.
Debo
confesar que la capacidad de mimetizarme con los elementos, con los
tiempos y los espacio, creció hasta niveles que nunca imaginé. Hice del
paisaje mi hábitat, y de quienes me acompañaban, mi pueblo. La capacidad
del sobrevuelo sobre las escenas se desató.
Aún
caminando, sentía que las sandalias tenían alas, que me transportaban a
épocas remotas. Era como si hubiese vivido ya lo que estaba ocurriendo.
Conocía el terreno mejor que los guionistas. Si decían: " por aquí" yo
instintivamente iba por allá. No me perdía con el grupo de figurantes
que guiaba. Si decían "hacia arriba", yo miraba hacia abajo. Todo me
resultaba familiar, inevitable, predestinado.
Luego
volvía a la realidad, y meditaba sobre los hechos ocurridos el primer
día. Cuando las circunstancias misteriosas de la vida me habían llevado a
desempeñar un papel inconcebible en el rodaje. Algo pasaba, lo intuía.
Sabía que, en cierta forma, representaba —como extra— al soldado desconocido,
al hombre y a la mujer sencillos; al ciudadano de a pie. Es decir, que
ocurriera lo que ocurriera en ese filme: quedaría demostrado que si yo
llegaba... cualquiera podría llegar.
El
director buscaba gente que luciera natural, sin poses de actuación ni
máscaras aprendidas. Pero ¿Llegar a dónde? ¿A qué alturas puede aspirar
un figurante? ¿Es que acaso un extra llega a algún lugar?
Un
extra no es más que un obrero, un peón, un desconocido, un número
escrito con marcador en un tablón. Somos gente común sin nombre; ni
siquiera aparecemos en los créditos. Se nos prohíbe hablar con los
actores —a menos que ellos primero se dirijan a nosotros—".
Muchos
extras son actores de profesión, que aún esperan una oportunidad. Otros
ni siquiera saben cómo llegaron allí. Y en los momentos de rodaje, las
grandes estrellas apenas nos perciben: La gran mayoría, no nos miran,
no nos saludan. Somos parte del decorado humano —cuerpos— parte del
ambiente, parte de la masa.
Y
aún así, salvando todas las distancias entre estos profesionales y la
figuración, convivíamos en las mismas escenas. Aunque no hubiese palabra
ni gestos, y el contacto visual fuera nulo, nos necesitábamos los unos a
los otros.
Y
tenía lógica: se trata de establecer disciplina profesional en el
trabajo. Allí no estábamos ni para saludar ni para hacerle gracias a
nadie. Estábamos para sostener la escena, para hacerla auténtica.
El figurante es como la arena de ese desierto, que envuelve al héroe en el medio de la acción.
Su función es permanecer invisible, para que otros brillen.
Pero —y aquí lo extraño— yo no me sentía invisible.
Y, por lo que veía, tan poco lo era.
No era vanidad,
no era protagonismo,
era presencia.
En cuanto a la figuración, Ridley Scott permitía, en el set, que cada
quien hiciera su propia interpretación, siempre dentro del marco de
referencia que el proponía. Daba la libertad. Libertad verdadera. Y eso
significaba que cada quien protagonizaba su pequeña gran historia dentro
de la película: algunos en soledad, otros en grupo, todos vivos, todos
narrando algo. Nunca supimos realmente que quedaba registrado. Las
cámaras nunca dormían.
Muchas
veces me encontré con grandes ejecutantes entre los figurantes. Gente
que lucía muy enferma, tirada en la arena largo a largo con un cuadro
febril, contorsionándose: Recuerdo uno que parecía enfermo,
convulsionaba.
—¿Te ocurre algo? —pregunté alarmado.
La
persona, en pleno delirio expresivo, apenas me escuchaba. Pero cuando
veía mi intención de llamar a los paramédicos, acercaba su rostro a mi
oído y murmuraba, con una sonrisa burlona:
—tranquilo... ¿no ves que estoy gozando?
¡Grandes actrices y grandes actores por todas partes!
Bailando, llorando, riendo, saltando... ¡ como la vida misma!
Qué de maestros. Qué de maestras.
Qué aprendizaje.
Qué experiencia.
Qué bella gente.
¡El cine y sus juglares!
Yo era consciente de que la euforia que me atravesaba provenía de
la profunda satisfacción de amar lo que hacía. Era como si me
hubiera preparado toda la vida para ese momento.
A
pesar de no tener formación en las artes escénicas, me sentía en mi
lugar. Capaz. Presente. Natural. Como
si algo en mi recordara.
Dominaba mi rol sin esfuerzo situándome a la par de todo lo que me rodeaba.
Nada me intimidaba.
Ni
siquiera la grandiosidad de la producción. Y, sobre la soledad y
distancia de mi tierra, mientras más me adentraba en estas tierras
milenarias, más cerca estaba de quienes amo.
De mi país
De mis recuerdos.
De mis orígenes.
Dolor e iniciación. Caminar en el desierto se volvió pasión y revelación.
Mientras más me alejaba, más cerca estaba de la esencia común que compartimos.
Agradecido.
Profundamente agradecido con la vida por brindarme esta experiencia.
Podría haber desempeñado ese trabajo, toda la vida, sin cansarme jamás.
Pero como sé —porque lo sé— que todo es inexorable y pasa...
me decidí a vivirlo como si fuera la última vez.
A beber el vino hasta la última gota.
Aprendí, pues, a amar las montañas ocres enmarcadas en aquel cielo azul, que impactaban la vista como una revelación;
a amar la grandeza del mar, tan enigmático que daba miedo nombrarlo.
Amé
incluso las rocas del suelo, ásperas y silenciosas y esa arena que se
colaba en mis sandalias como queriendo quedarse conmigo.
Adoré mis ropas de pastor, que parecían parte de mi piel.
Adoré las madrugadas en que nos levantábamos en silencio,
caminando hacia el rodaje bajo un cielo que nos miraba.
¡Ah, la magia la del cine!
Y
al regresar... saboreaba el color terroso del agua rodando por mi
cuerpo bajo la ducha—mezcla de polvo, maquillaje y sudor— deslizándose hacia el desagüe como un remolino pequeño que arrastraba los recuerdos del día, hasta perderse en el silencio de la ensoñación.
Me llenaba de orgullo contemplar las rodillas laceradas y curarlas antes de dormir.
Me alegraban mis dolores, pues me hacían sentir vivo.
Soñé,
entonces, con un mundo despojado de ideologías, sin prejuicios, sin
religiones enfrentadas, sin bandos, sin facciones. Sin los unos contra
los otros.
Soñé, aunque solo fuera por un instante, con el espíritu creador de la humanidad.
Quise combatir el abatimiento natural de nuestra especie.
Y creer —sí, creer— que un mundo mejor es posible.
Sin diferencias, sin colores, sin fronteras, sin pasaportes.
Abracé en mi corazón a todo aquel que estaba a mi lado.
Y también a los que no veía.
Qué maravilla de gente.
Qué espectáculo de producción.
La facilidad del rol de marshal me permitía fluir, moverme,
deslizarme por las locaciones.
Corría en pos de la aventura.
No corría, volaba.
Sentía la fuerza del renacimiento encendida en mi pecho.
Y la explotaba.
Los ángeles querían divertirse conmigo y yo los dejé.
Querían actuación.
y estaba listo para dar lo mejor.
Viviría si vivir fuera la señal del director.
Moriría, si morir fuera la encomienda.
Pero —como fuera—
¡viviría y moriría bien!
Fue algo que ocurrió desde el mismo instante que pisé Fuerteventura.
Algo se desató.
Una energía, antigua, primitiva, lúcida.
Se apoderó de mi.
No se necesita en este mundo más recurso que, el de querer hacer.
Nada, ni la mayor de las riquezas, está por encima de las fuerzas de la voluntad.
Cuando esa fuerza se libera —como tormentas— y conspiran a nuestro favor, no hay obstáculo posible.
Entonces, aparece la sincronía:
los hechos encajan, lo improbable se vuelve cercano, lo imposible se concreta.
Somos —y lo digo sin un ápice de duda— dueños de nuestro destino,
Tenemos el poder de alterar el curso, de mover los hilos solo con nuestro silencio,
de cambiar la historia si así lo decidiéramos.
Podríamos señalarle a Moisés el camino correcto.
Sí.
Podríamos.
Basta
afinar la voluntad, como quien ajusta un instrumento exacto, como en
aquellas máquinas del tiempo, revertir los acontecimientos pasados y
hacer que se desarrollen en términos más favorables para la humanidad.
Enmendemos los entuertos, apuntalemos lo descuidado: modifiquemos el
rumbo incierto; reescribamos la historia.
He ahí la grandeza del espíritu humano, cuando obra de la mano de las estrellas.
Uno de esos días, subíamos una cuesta asfaltada
Éramos cientos de figurantes trasladándonos a otra locación.
Y, por esos misterios que no se buscan, pero llegan, coincidimos —por varios minutos— en una misma fila.
A mi izquierda, silencioso, mirando al frente:
Ben Kingsley, el actor de Ghandi .
A mí derecha, concentrado, hermético:
Christian Bale, protagonista de "El Imperio del Sol" cuando éste, no era más que un niño. Y Primer Actor en Exodus.
Y junto a él, caminando con ligereza, casi despreocupado:
Paul Aaron "
Jesse", actor principal de la serie de TV "Breaking bad".
Los cuatro caminábamos.
Sin palabras.
Solo pasos, respiración y viento.
Fue entonces cuando lo comprendí:
La sincronía no era una metáfora.
Estaba ocurriendo.
Yo estaba dentro de ella.
Con ellos.
Recordé entonces las palabras de Antolín:
"nada es casual".
Y por primera vez...
le creí.
VI. La ensoñación.
Hoy correspondo con estas letras a quien me lee; de la única forma que conozco de retribuir la gentileza:
dando.
Pero, ¿qué puedo ofrecer a ustedes, que lo merecen todo?
A quien se despierta con el corazón desbordado por un nuevo amanecer, o a quien se acuesta afligido por una gran pena.
Ah, si pudiera darles un ramo de rosas rojas se las daría.
Pero no puedo... al menos no de las de verdad.
¿Y si comparto con ustedes mis incógnitas en cuanto a la película y el paralelismo que me tocó vivir?
Sería ya un comienzo.
Una forma de entrega.
Una compensación a su dedicada atención a quien escribe.
Quizás pudiera aportar alguna clave para despejar —aunque sea un poco— el panorama que hoy les atañe..
En estos capítulos he tratado de abordar el tema apegado a la sinceridad y autenticidad de los hechos.
No podría ser de otra forma.
Sin embargo, mi alegría mayor no es, sin duda, la de figurar en esta cinta memorable y épica sino, el constatar —por la oportunidad que me brindan— de que el filme sin su presencia sería una ficción.
Ha nacido Exodus porque han nacido ustedes en mí; porque me han permitido entrar en sus casas.
De no ser por esta puerta abierta —cobijo del caminante— no quedaría huella de esta vivencia.
Sería como aquel árbol que cayó con estruendo en el medio de un inmenso bosque, entre millones de ellos:
¿sucedió?
Pero, si lográramos conectar con ese hecho, aún en medio de los sueños...
Entonces ese árbol cobraría vida:
le brotarían largas y leñosas piernas,
sus brazos llegarían al suelo
y su envejecido rostro sonreiría como "un espíritu del bosque", tallado en la madera.
Fíjense en el cosmos: todo ocurre y poco, o casi nada, sabemos.
He allí la distancia que nos separa de las estrellas.
La humanidad pasa por el período del árbol caído, pero hay indicios que vamos despertando.
Si no fuese así, no habría caos.
Por más máquinas que se envíen al espacio, ninguna llegará antes que el pensamiento.
Lo que me apena en cierta forma —y debo decirlo— es utilizar estos
valiosos recursos de las nuevas tecnologías para contar mi historia. Esa
facultad, si es que puede llamarse así, debería emplearse para contar
la historia de los árboles caídos del bosque, que no tienen dolientes.
A ellos pido disculpas por la imperdonable omisión.
Y a ustedes, por desviar su tiempo de casos, con toda seguridad, más importantes que el que nos ocupa.
Dicho esto, entremos en materia...
Cuando estamos en la calle, o en nuestras casas, y observamos los
seres vivientes y los objetos en un momento dado, generalmente no
cambian y son, sin lugar a dudas, lo que parecen ser.
Los
percibimos muy acertadamente con nuestros sentidos, en cuanto a
dimensiones, volumen, peso y movilidad —por no entrar en mayores
detalles.
Por ejemplo:
Un hombre es un hombre.
Un perro es un perro.
Un semáforo en el tráfico es, y valgan las redundancias, un semáforo.
Un automóvil es tan real, que de hecho nos detenemos para no ser arrollados.
Una silla en la casa, es un mueble que tiene determinadas funciones que sin duda conocemos.
Es decir, vivimos inmersos en un mundo material, con un catálogo de imágenes comprensibles y abarcables para nuestra mente.
Pero en el rodaje de una película —y más aún, de una superproducción— todo esto cambia y afecta la manera de ver los elementos que nos rodean.
Sobre
todo se hace más evidente cuando, como en nuestro caso, pasamos a vivir
en el descampado; por infinidad de horas, casi de sol a sol.
Exodus
nos exigía una movilización constante. Poco tiempo para el reposo, y
una sucesión de escenas con cierta orientación, pero poca información.
Muchas veces no sabíamos en que parte de la historia nos hallábamos.
Entre
una escena y otra, conformábamos una muchedumbre nómada en el medio de
las grandes extensiones de la isla canaria de Fuerteventura, un pueblo
que desconocía su rumbo.
Todo era real, pero al mismo tiempo una invención.
El mundo de las tres dimensiones —con la característica de los
objetos que antes describimos—- desaparecía cuando se ponía un pie en
la locación.
Si
sumamos lo espectacular de los paisajes escogidos, el misticismo que
rodea cualquier tema bíblico o religioso, y el rol que nos correspondía
como figuración, podrán comprender que la mente comenzara a divagar
entre el mundo real y el fantástico.
La línea que nos separaba de la ilusión y el realismo era sutil.
Entrábamos sin darnos cuenta, en el mundo de la ensoñación.
—¡Se va a matar! —gritó alguien.
—¡Está a punto de precipitarse al abismo!
Efectivamente, en una curva del camino, azotados por el viento,
cuando subíamos un centenar de extras que a duras penas tratábamos de alcanzar la cima, la vimos.
Era
una chiquilla de la figuración, que por razones desconocidas había
burlado el protocolo de seguridad —que estrictamente seguimos— y se
había trepado a una roca que asomaba, peligrosa y limpia, hacia el vacío.
Una caída, un tras pie, sería mortal.
El corazón se me aceleró. La adrenalina me estalló en el pecho. Yo era el marshal más próximo. Todos esperaban que hiciera algo.
No tenía escapatoria.
Estaba frente a una situación de emergencia, que tenía que solucionar.
Aún con el trauma reciente de la niña que perdí; avancé hacia la menor que estaba en riesgo, haciéndole señas inútiles con las manos.
Estudié varias formas de aproximarme y sujetarla por la cintura: todas las deseché.
Era una estatua —seca, terrosa, inmóvil— sobre el risco.
Sus brazos colgaban.
El cabello sucio y enmarañado. El rostro cubierto de polvo..., unos ojos de azul profundo.
La ropa: lana deshilachada, ceñida con una banda a la cintura.
Las piernas: firmes.
Las zapatillas: amarradas con trenzas de cuero hasta las rodillas.
Toda ella conformaba un aspecto fantasmal.
Retadora.
Arrogante.
Despreciativa e,
Irreverente.
Suspendida entre el vendaval y el abismo.
Detrás de ella, el cielo abierto; y más allá montañas y mar, componían un cuadro imposible. Irreal.
Nadie entendía como llegó hasta allí.
Lo
que más me sorprendía, además de su silencio, era su figura
impenetrable, segura, sin un dejo de preocupación o miedo. Nos miraba de
arriba hacia abajo. Como si cualquier cosa. Como si fuéramos nadie.
Me
acerqué con sigilo, ganando altura poco a poco, fingiendo indiferencia
para no espantarla. Mis compañeros me observaban. Me aproximé con tanto
cuidado como quien pretende atrapar un pájaro. Sentí temor. El viento me
cegaba con la arena.
Pero continué.
Ya cerca, me atreví a hablar:
—Hola ¿Qué haces allí?
No respondió.
Ni un gesto.
Solo esa mirada clavada en mí.
Pensé
en el equipo que custodia los menores, alarmados, buscándola. Miré la
roca sobre la que estaba y calibré el peligro. Abajo, un precipicio. ¿Cómo es que no tiene
miedo? Fue entonces cuando me decidí. Le hablé con autoridad y en tono
fuerte:
—¡Baja de allí y ven conmigo! —extendiéndole la mano.
Ella, me miro impávida, desde la altura en que se encontraba, con
una seriedad que asustaba. Nunca olvidaré aquella imagen que, desde su pedestal, contrastaba con aquel conmovedor escenario, como nunca olvidaré
sus palabras:
— "I am a specialist" (Soy una especialista), acotó secamente.
Sentí que el alma se me caía al suelo
Junté mis manos, como en oración silenciosa.
Pedí disculpas.
—I am sorry —dije.
Incliné la cabeza.
Retrocedí.
Volví a mi lugar.
Se
trataba de una persona adulta, de aspecto circense, de unos treinta y
tantos años, con fisonomía, porte y estatura infantil, que en el cine se
utilizan para las escenas de alto riesgo, donde intervienen menores. Se
les llama en inglés Stuntwomen. Tienen un entrenamiento físico riguroso; atlético y realizan acciones asombrosas en la filmación.
A partir de ese día, la vi —a ella y otros especialistas— realizar proezas increibles.
Se
lanzaban desde riscos, nadaban en oleajes brutales, corrían huyendo del fuego, arrastraban cuerpos de fantasía en el mar, se precipitaban, se elevaban,
volaban.
Fueron mis primeros vislumbres del cine como ritual. La realidad se había convertido en ficción.
El último recuerdo que tengo de ella es sobre el lomo de un toro enorme hecho con troncos y ramas secas, de varios metros de altura.
La luz de enormes hogueras ardía contrastando con la oscuridad, recortando su alucinante figura contra el humo y las chispas.
Ella chillaba.
Reía a carcajadas.
Blandía, amenazante, una daga.
Sus piernas firmes, hermosas, desnudas en movimiento sobre la bestia.
Y yo abajo, danzando embriagado entre decenas de extras,
la tierra en mi boca.
El fuego brotando del suelo volcánico.
Un pueblo entero delirando al ritmo de los tambores.
representando la escena bíblica del "Becerro de oro"
y su destrucción a manos de Moisés.
La noche rugía.
El mundo ardía.
Y yo me dejé arder, en una orgía de mentira,
que parecía de verdad
Y así, entre una escena y otra. Entre un día y el siguiente; aprendí,
—en el campo y sobre la marcha— a sopesar si las situaciones de peligro
eran ficticias o reales.
La vida misma se convertía en un acertijo.
Con
el brazo en alto, encaramado sobre un peñasco —y con la autoridad que
me había sido conferida— indicaba el camino a decenas de personas que,
en masa, caminaban tras de mí.
Ante
las bifurcaciones del escarpado, y las interrogantes de la
subsistencia, debía elegir la ruta correcta, so pena de
desbarrancarnos.
Después de semanas de rodaje, en ese eterno desértico,
mareados,
sin saber si íbamos o veníamos de las diferentes locaciones,
borracho de sol, arena y salitre,
guiaba a mi pueblo con pasión, como Moisés al suyo.
Cansado y muchas veces sin comprender las asombrosas circunstancias
que sucedían a mi alrededor, me recostaba sobre alguna gran roca... que
súbitamente cedía ante mi peso y se volteaba. Presuroso la colocaba en
su lugar para no evidenciar mi torpeza.
Era una roca de utilería o atrezo.
—¡Mira! —le dije a una compañera en pleno rodaje —cuando, perseguidos,
hambrientos y agotados, arribamos a una inhóspita playa para ponernos a
resguardo de la persecución.
—¡Mira lo que encontré!
Sostenía entre mis manos un pez escamoso, de grandes ojos y aletas, que supuse habría arrojado el mar a la orilla.
Ella
me indicó que lo llevara al grupo de mujeres que, tendidas en la arena
bajo una improvisada choza, simulaban cocinar, mientras a mi alrededor decenas de personas fingían recoger ramas, palos, raíces o cualquier rastrojo para encender fogatas.
Y fue solo cuando entregué mi encomienda que notamos que el pez, no olía: era de utilería.
Una confección humana.
Una evidencia más del mundo de ensoñación donde nos hallábamos.
Más allá, apilados como cuerpos en la guerras, un montón de cadáveres humanos se "descomponían" a pleno sol.
Era frecuente que nos preguntáramos
¿Estarán filmando?
Ya no sabíamos distinguir del mundo real del irreal.
Ridley nos está embelesando, pensaba.
¿Estamos rodando Pedro? —me preguntó un compañero.
—Estamos rodando desde que nacimos —respondí.
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