martes, 4 de noviembre de 2025

Mi experiencia en Exodus (2014) De los sueños a la gran pantalla. Versión completa 2025




                       

                                                                                           Nota del autor

Han pasado más de diez años desde aquella inolvidable aventura, y he querido reunir en una sola publicación la versión completa de “Mi experiencia en Exodus (2014)”.

En su momento, publiqué los capítulos de forma dispersa, a medida que transcurría el largo año de espera hasta el estreno de la película. Cada entrega apareció en un blog distinto, lo que hacía difícil seguir la historia en su conjunto.
Hoy, con esta nueva versión revisada y actualizada, el relato completo está al alcance de un clic, reunido en un solo espacio para quien desee acompañarme en este viaje.

Pero hay una razón más profunda que me impulsa a hacerlo.
Contar cómo un simple extra llegó a compartir una escena con Christian Bale, bajo la dirección del maestro Ridley Scott, es —más allá de la anécdota— una historia de oportunidad, esfuerzo y amor por el arte.
Creo sinceramente que puede inspirar a quienes sueñan con el cine: estudiantes, técnicos, actores, amantes del séptimo arte o simplemente curiosos que quieran conocer cómo se vive desde dentro una superproducción de Hollywood y el papel silencioso pero esencial de los extras.

Este relato no es solo una memoria personal; es también un testimonio del poder de la experiencia, del azar y de la pasión que nos mueve a perseguir lo que amamos.
Ha sido un trabajo que ha madurado con los años, y que cumple, tal vez, con esa necesidad que todos tenemos de dejar constancia de lo vivido… y, con suerte, serle útil a alguien.

Los invito, pues, a acompañarme en este recorrido:
una travesía por desiertos y mares, por los rincones del cine y de la emoción humana, donde la realidad y la ficción se entrelazan.

 Y durante este viaje, reunámonos una vez más alrededor de aquella mesa de nuestra juventud, de madrugada, en cualquier casa, con frío…
cuando asombrados escuchábamos las historias de los demás.

Gracias por estar aquí.

Pedro Galindo


I. El Casting:  El comienzo del viaje
  

 

 
Mi preparación para Exodus comenzó en mi muy temprana niñez allá, en Caracas. En lo más profundo del mundo de los sueños, me entrené para volar.
 
 Aún antes de haber leído nada sobre el cordón de plata y los viajes astrales tan en boga en los años sesenta, ya de pequeño soñaba que aprendía a volar en  las calles de la vecindad.
 
 De día, mientras mis compañeritos se dedicaban a faenas tales como: halar con un mecate a un gran perro bulldog, buscar tesoros escondidos debajo de las piedras o  —los más tremendos— prender fuego a algún pajonal de las cercanías, quien esto escribe pasaba las tardes, después de la escuela, midiendo la calle, explorado los alrededores, pateando el cemento, calibrando los baches, sacudiendo los brazos, estudiando las casas y, en definitiva, sopesando la manera de saltar por encima del gran muro que se erguía retador al final de la calle, aquel que escondía detrás  un árbol  de granadas cuyas ramas superiores se veían desde la distancia.


     Durante las noches, cuando dormía agitado en la cama, me empeñaba en dar brincos y más brincos dentro de los sueños. Corría de un extremo al otro de la calle y saltaba cuanto podía. Y caía y caía... y seguía. Corría, caía y volvía a empezar.
 
  Mamá, muchas veces, entraba apresurada a mi habitación y me preguntaba si tenía alguna pesadilla. Le decía que no pasaba nada, solo para dormirme cuanto antes y continuar el sueño donde lo había dejado.
 
Gradualmente, mis saltos nocturnos fueron creciendo hasta alcanzar varios metros de altura. Me sentía feliz. Una noche —o gran día dentro del sueño— logré, por fin,  vencer el muro de una vez por todas: corrí lo más que pude, me impulsé con fuerza y me elevé sobre el nivel del suelo, lo suficiente para pasar por encima del árbol de frutas rojas, que parecían saludarme desde sus ramas.

     Aleteando como un pájaro y erguido como un Cristo, mis incursiones nocturnas se hicieron más frecuentes. Ya no me bastaba con mirar desde arriba la casa donde vivíamos: quería ir más allá. La brisa de aquella Caracas plácida y tranquila de mis primeros años era deliciosa al contacto con la piel. Suspendido  a cientos de metros sobre los tejados de la capital, contemplaba la ciudad dormida. El gozo y la plenitud de mi alma infantil contrarrestaban cualquier posibilidad de pánico, no por lo que veía abajo, sino por las presencias que, desde arriba, me observaban. 

     Superado el miedo, el ascenso y la estabilidad, muchos años después  —ya mayorcito—  me volví más temerario. Mis órbitas se expandieron: me aventuraba a visitar los países donde había vivido y de los cuales había partido varias veces. Desde mi cama veía las inmensas azoteas de los viejos edificios de las ciudades de Norte América, donde  habitaba gente que tanto amé. 
 
Descubrí, entonces,  que cuando se quiere con intensidad, ninguna frontera terrestre,— por muy blindada que se esté—, puede impedir que el alma vuele.


     Una vez, sobrevolando los campos que se extendían interminables —en una llanura propicia a los tornados—, estuve a punto de caer sobre una manada de vacas encerradas entre alambres de púas. Por más que batía los brazos no lograba ascender; caía, lenta e irremediablemente, hacia ellas.
 Podía sentir la proximidad tibia de sus cuerpos, el vaho, la humedad que emanaban,  y percibir muy cerca el filo de los alambres que casi rozaban mis pies. Pero, retomado el control, volvía a elevarme me convertía nuevamente en el dueño de la libertad en las alturas.

      Dominado el vuelo vertical, pasé al vuelo horizontal. Me divertía recorriendo a toda velocidad los pasillos internos de las construcciones, siempre con una gran sonrisa.
 Hasta que un día alcancé tal velocidad en el espacio abierto, que no tuve tiempo de frenar y me estrellé de frente contra unos cables de alta tensión. Los atravesé en segundos.
 
 Para mi sorpresa, salí ileso, sin sufrir ni un rasguño. Entonces supe que estaba listo.

     Nunca más se repitieron esos sueños.
 Sin embargo, desde ese entonces, cuando camino por las calles, sucede algo curioso: bajo los faroles, las bombillas del alumbrado público se apagan.
Aveces provoco cortocircuitos que oscurecen la urbanización entera, —y más allá—. En una oportunidad, manipulando con un destornillador  el cuadro eléctrico de la casa, dejé sin luz a toda la población.


Y así llegó —¡como una explosión!— a nuestros oídos la noticia sobre el rodaje de Exodus en España, mi familia comenzó una campaña motivacional para que me presentara como aspirante a figurante. Decían que el papel estaba hecho para mí. 
Yo rehuí aquella nominación cuanto pude, argumentando que eso era cosa de jóvenes; que miles de personas, provenientes de toda Europa —y quién sabe de dónde más—,se movilizaban con la misma intención; y,  lo más importante, que mi tiempo había caducado.
 
 Para ser sincero, también me preocupaba la escasez de recursos en nuestras arcas. Sin embargo, con el paso de los días,  la idea de trabajar en Exodus empezó a revolotearme en  la cabeza. 
Recordaba Los Diez Mandamientos de Charlton Heston y lo mucho que me había impresionado. Empecé entonces a comprender la verdadera magnitud de aquel proyecto, y el hecho de que mis hijos —Pedro y Martha— también deseaban participar.


      Así que el día del casting arribó. 
Acompañado por mi hijo Pedro Simón, —Martha se había ido antes a trabajar en el departamento de transporte—, tomamos un avión y nos fuimos a ver qué nos deparaba la vida en Fuerteventura, lugar del rodaje. Desde las alturas —como en aquellos sueños de mi niñez— contemplé la extraordinaria visión de una roca inmensa, solitaria,  en medio del océano; a medida que nos acercábamos, aquella visión insular se transformo en un enorme paisaje desértico de montañas agrietadas,  de un hermoso color ocre y de puntas redondeadas, como la piel arrugada de los elefantes. 
 
Surgió ante mi un paraíso terrenal desconocido: paisajes nunca vistos, una conexión súbita con el espíritu escondido de esas tierras afortunadas que me llamaban, me esperaban y me daban la bienvenida.
 
 
                                              Fuerteventura desde el aire
 
 Aún no recuperado de esta primera impresión, el avión aterrizó suavemente. Y mientras se deslizaba sobre la pista, recordé la brisa caraqueña de mí infancia, cuando contemplaba mi casa desde lo alto.  Volaba otra vez, pero esta vez junto a  mi hijo, que sostenía el GPS en su mano.
 
El viaje apenas comenzaba, y lo que me esperaba en aquella isla superaría cualquier sueño que hubiese tenido en mi niñez. 

     Gracias a ese entrenamiento —y las altas tecnologías de Pedro Simón— logré sincronizar el tiempo y el espacio, y aparecer, después de mucho caminar, en el momento preciso, la hora exacta, el lugar adecuado: justo en el centro de un grupo de personas que tomaban café en un bar de la localidad, en una parada obligada  antes de dirigirse a su lugar de trabajo. 
 
 Eran, ni más ni menos,  el equipo de casting en pleno. 
Al verme llegar, sorprendidos por mi pelo largo, mi barba y mis rasgos árabes,  me eligieron de inmediato —como si me hubiesen estado esperando—; estaba "dentro" antes incluso de haber entendido cómo había sucedido. Nos transportaron con ellos.
 
Llegamos al lugar: las cámaras, los formularios, los saludos en varios idiomas. Yo observaba en silencio, tratando de no pensar demasiado, y en mi mundo de fantasías, calmar la emoción. Pero algo había en el ambiente, como una energía flotante, que me decía que algo más que una película estuviera a punto de ocurrir.  

     Ese mismo día, mi hijo se decantó por otro destino y se fue a trabajar en la producción de Moby Dick (The Heart of the Sea ), que se rodaba paralelamente  en la isla canaria de La Gomera.
 Por su lado, mi hija Martha Helena, como señalé, ya había sido contratada y trabajaba en la incansable Dirección de Transporte de Exodus: un departamento que se encargaba de la ubicación y movilización  —por tierra, mar y aire— de cientos de personas que venían a trabajar en la película, además de coordinar vuelos privados, charters, barcos y maquinaria proveniente del continente.
 
Sólo para dar una idea de la magnitud de aquella empresa: la productora reservó unas treinta mil pernoctaciones para el equipo técnico,  en los hoteles de las ciudades. Según la prensa, se distribuyeron más de nueve millones de euros en pagos de servicios solo en la isla,  y más de cuarenta y cinco millones en toda España. El costo del filme se estimó en ciento cincuenta millones de dólares. Escuché.

     Por mi parte, compartiendo apartamento con Martha y con amistades de la producción, me puse a la disposición de Exodus: Gods and Kings.
 Muy lejos estaba de imaginar  que tenía una cita inaplazable con Ridley Scott y Christian Bale, concertada —sin yo saberlo— muchos años antes.
 
 La cámara invisible del destino ya rodaba. 
 
 
 
II. El Búnker: preludio de una revelación 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
     
     Lo primero que conocí de Exodus fue su cuartel general en el parador de Playa Blanca, mejor conocido entre quienes trabajábamos en la película como "El búnker"
Una hermosa estructura que semeja una fortaleza, un tanto retirada de la ciudad de Puerto del Rosario y tocada, por uno de sus flancos, por la franja atlántica de mar. 
 
Una vez atravesados sus muros, comenzaba la aventura: un hervidero de gente que, desde esas oficinas, tenían una única misión: sacar adelante Exodus, fuera lo que fuera y costara lo que costara.
 
  Poco a poco fui entendiendo que la gente del cine nunca duerme y apenas come.
 Como un pulpo de mil tentáculos, se arma una gran familia donde todos son importantes; aunque exista una jefatura, se trabaja de manera horizontal. 
 
En ese centro neurálgico —el verdadero corazón administrativo de la película—  calculo que trabajaban más de un centenar de personas las veinticuatro horas del día. Desde allí se movía todo lo relativo a la logística, las contrataciones, los servicios y, sobre todo,  la colosal oficina de transporte; encarga de diseñar la estrategia para movilizar y ubicar un ejército de personas, vehículos, aviones y barcos que llegaban desde varios continentes.

      Por esas vueltas misteriosas de la vida coincidí con mi hija Martha Helena trabajando en la película.
Ambos hacíamos lo mejor que podíamos en nuestros modestos pero significativos roles; porque algo aprendí de esa mística de trabajo: todos y todas son piezas fundamentales de un gran todo.
 
 Mi dulce niña se desempeñaba, junto con sus compañeros y compañeras, en uno de los trabajos más intensos que uno pueda imaginar: la coordinación del transporte de una superproducción.
 No tenía descanso ni horario fijo. De pie, junto a la entrada principal del búnker, trabajaba durante horas infinitas. Quienes visitaban la edificación necesariamente se topaban con ella y su sonrisa, su figura rodeada de teléfonos y cables, su atención siempre impecable. 
 
Frente a una gran pizarra, hacía las anotaciones pertinentes sobre las órdenes recibidas para la movilización precisa de cientos de choferes y transportistas, entre muchas otras tareas.
 Entendí que, con el teléfono en mano y audífonos en los oídos, debía saber en todo momento dónde se encontraba cada unidad  —de las cientos que coordinaba—. 
 
 Estaba orgullosa de su flota de camiones, a los que llamaba cariñosamente: "mis camioncitos".


 ¡Qué guerrera! ¡Qué dulce muchacha!
 ¡Qué manera tan educada y amable de atender a las personas!
 ¡Cuánto cariño y qué don de gentes! 
 
Y qué orgulloso padre contemplaba aquella, nuestra obra, obra comunitaria, obra venezolana —país que  hoy transita entre tempestades y rayos de sol—.
Allí estaba ella ejerciendo magistralmente la enseñanza fundamental de su padre, de su madre, y nuestras bellas amistades de la siempre amada Tabay, cuya fórmula  se resume en una sencilla pero poderosa premisa:
 
 considerar al otro tu  igual, base necesaria para cualquier desarrollo social. 
 
Tratar a las personas con la mayor de las dulzuras, pero, a la hora de las luchas, tomar decisiones con aplomo, sin jamás humillar a nadie, buscando siempre el bien común. Hacer, sencillamente, el  trabajo con amor.

     Sentí que los quince años de adiestramiento exclusivo y paciente a nuestros hijos —allá en  los Andes, junto a todos los hijos e hijas con quienes tuvimos el privilegio de colaborar— se revelaban ante mis ojos como una mágica retribución a los tiempos vividos en la sencillez y el retiro, en esas preciosas montañas surcadas por ríos bravíos e impetuosos.
 
 El resultado de  renunciar a la ciudad, a sus sueldos y comodidades, a finales de los ochenta, y de haber escogido  vivir la vida que realmente queríamos, en el interior del país, se revelaba ahora generoso, tangible, pleno.


       Martha niña apenas contó,  en su primera escuela —de dos salones y techo de latón— con un puñado de niños del caserío como compañeritos de clases.
Algunos de ellos, ya mayorcitos, aún no sabían leer ni escribir, pero  comenzaban a recibir las primeras enseñanzas escolares de mano de excepcionales madres voluntarias, que hacían las veces de maestras y alimentaban a los pequeños en los solares y patios de las humildes casas de la vecindad.

     Aquella mágica y maravillosa escuela —donde su madre Mari Báez, oriunda de estas islas, fue su primera maestra, junto con otras madres maestras—  abrió el camino para quienes venían detrás, entre ellos su hermano menor.
 Aquella universidad de la vida, en el caserío de La Mano Poderosa, en el estado Mérida, Venezuela, me formó y llenó el vacío que había en mí respecto a la responsabilidad social, —para quienes habíamos cursado las academias—, permitiéndome ejercer el servicio a los demás.
 
 En esa escuela diminuta, esas criaturas aprendían  a  compartir la carga.
 Doy testimonio de niños protectores de los más desvalidos, de amigos solidarios; pequeñines trabajando en grupo, siguiendo instrucciones en el más hermoso de los silencios.
 El respeto emanado del amor y agradecimiento que brota de los niños hacia sus maestras y maestros.

      Aquella escuela venezolana, que despertaba inspiración, había unido a las autoridades y a la población.
 
Allí, los niños —hoy adultos—  cargaron saquitos de arena para ayudar a sus padres a levantar sus simientes.
 Aquel paraíso terrenal, donde aprendimos lo que era un país, y la dulzura y bondad de su gente.
 Aquella escuela donde en lo personal, aprendí a leer y escribir de verdad verdad.

           Escuela rural de La Mano Poderosa. Mérida. Venezuela.

       Habíamos logrado transmitir a nuestros hijos la importante del amor: a las personas, los animales y las cosas. 
El respeto fundamental y la comprensión de que primero están los otros, y luego seguimos nosotros. 
 
 El pecho se me inundaba de gozo al contemplar a la Martha:
 embajadora, soñadora, amable, emprendedora, representante auténtica de la mujer venezolana en el exterior.
 Caraqueña, andina y ahora isleña, mujer universal, desempeñando un trabajo agotador sin rendirse nunca y sin atropellar a los demás, a nadie, durante días, semanas y meses. 
 
En las noches, cuando se permitía dormir, lo hacía apenas un par de horas;
 horas que yo cuidaba con adoración de padre, sabiendo que su descanso sería interrumpido por constantes llamadas telefónicas de la producción, siempre atendidas con la dulzura y elegancia que la caracterizan. 
 
      ¡Perdónenme si me he extendido!  
Este amor de padre desbordado me sobrepasa, y hoy, simplemente,  lo comparto  con ustedes. 

Y sé  —con la certeza de quien ha velado un sueño—
que, en otros rincones del mundo, esta historia se repite una y otra vez: 
otros padres y otras madres velando el sueño de sus hijos e hijas, a sabiendas de que no duermen: solo reposan. 
 
     Mientras tanto, el movimiento en el bunker no cesaba.
 Aún faltaban semanas para que el rodaje comenzara; por lo tanto,  me sobraba tiempo para trazar una estrategia de entrenamiento físico, psíquico y espiritual que me ayudara a resistir los duros días que me esperaban como extra en el desierto de esta isla tan cercana a África.
 
Las condiciones extremas de los parajes —las interminables marchas bajo el ardiente sol de Fuerteventura, que se avecinaban, las carreras intempestivas, las comidas de pie, el polvo, la sed— exigían la mejor condición física posible.  La productora había sido clara: solo resistirían quienes estuvieran preparados. 

   Durante semanas, antes del inicio del rodaje, creé mi propia rutina. Comenzaba con ejercicios de tensión dinámica frente al mar; seguía con largas caminatas y terminaba trotando a lo largo de la costa, acelerando el paso hasta correr varios kilómetros, rumbo al búnker, donde mi hija continuaba en su puesto de mando. Corría por la arena y entre las piedras, saltando y esquivándolas. Corría por el espíritu humano que aún habita en mi, por ese aventurero que, a pesar de mis años se niega a rendirse. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
   Corría con el sol en la cara, por los años pasados y las múltiples renuncias que la vida nos impone.
Corría por mis padres queridos y enterrados, por mis hermanos, por la gente amada, por la música y la poesía, por mi añorada Mérida. Corría por mis amigos, para que corrieran a mi lado. Corría por la justicia, para alguna vez llegue este mundo. Corría por Venezuela, mi patria, para que cierre de una vez la herida. 
 Corría también por estas maravillosas islas que tanto amor me han brindado. Por este país.
 
Y en cuanto al amor... ¡corría porque sí, porque no tenía otra cosa más que correr! 
 ¡Paz, venezolanos, paz!

     Y así fueron pasando los días amables lectores y lectoras que tienen la infinita paciencia de seguir estas líneas. 
 Llegaba al búnker en mis entrenamientos diarios, sin entrar para no interrumpir el torbellino de trabajo, salvo una vez en que el cansancio me obligó a cruzar la puerta.
 Me senté junto a  mi hija, recuperando el aliento y tomando un sorbo de agua, cuando de pronto apareció James Grant —Production Manager— que entraba con una comitiva.
Al verme exclamó sorprendido: 
 
— My god, we have Moses sitting here! 
 
 Aquellas palabras, que corrieron de boca en boca por todo el edificio, resultaron  premonitorias. 
 
El destino ya había comenzado a escribir una historia que, sin saberlo, impactaría mi vida significativamente. 


 III. Los extras: la metamorfosis del ser común
 

      Narro estos hechos desde el microcosmos al que pertenezco, con la convicción de no transgredir los acuerdos de confidencialidad que, como figuración, asumimos  en su momento (2014,  antes del estreno de la película)
En cada capítulo me adentro un poco más  en  mi experiencia, desde el punto de vista humano; evitando caer en descripciones argumentales del filme que, por otra parte,  ni siquiera conozco.  Salvo una. 
Por respeto a ustedes, jamás revelaría lo que no debo antes de tiempo, ni ocultaría aquello que legítimamente puedo compartir. Mi única intención es dejar testimonio de estas vivencias que, quizás, puedan resultar útiles para quien lea.
 Presumo además salvando las galácticas distancias que me separan  del personaje  que el propio director, Ridley Scott sería el primero en protegerme en el improbable caso de una controversia.
 
  Atrás quedaban aquellas publicaciones de la prensa que anunciaban:
 
 "Los seleccionados, además de mantenerse esbeltos para formar parte del pueblo elegido de Moisés, deberán dejarse crecer la barba. Entonces sabrán si participan como extras en Exodus, la película de Ridley Scott... los aspirantes a codearse con las estrellas de Hollywood, aunque sea de lejos, deberán cumplir con los requisitos ..."

      Y así fue: una vez elegidos decenas de personajes de fisonomías antiguas, de largos cabellos y barbas, junto con mujeres de aspecto bíblico, comenzaron a aparecer gradualmente por las calles de la ciudad canaria de Puerto del Rosario, en Fuerteventura. Proveníamos de muchos rincones del mundo: artistas, aventureros, soñadores o simplemente buscadores de un trabajo temporal. Nos unía una certeza: participábamos en uno de los filmes más espectaculares de nuestra época.
 La gente que al principio nos observaba con recelo, comenzó a llamarnos con curiosidad y afecto: los actores de la película.

    Todo lo transformo Exodus. Sus bases se extendían por toda la isla. Las calles se blindaban, los perímetros de los set eran custodiados celosamente. Nadie entraba sin la acreditación correspondiente.
 
Una tarde llegó el mensaje esperado: 

  “Mañana trabajas con nosotros, te recogemos en el terminal de guaguas a las 3: 45 horas… EXODUS.”
 
Así, con esa precisión militar y aire de misterio, nos convocaban. Como cada día de rodaje, los SMS surcaban el espacio aéreo de Fuerteventura  como bandadas de gaviotas que irrumpían comidas, tertulias, sueños, pensamientos, compras o incluso algún escarceo amoroso.  

     Aquel primer mensaje me atravesó el pecho. Me asía a esas pocas palabras, como un niño a su columpio: era la  prueba fehaciente de que, sin dudas, estaba adentro. Habíamos sido cuatro mil los seleccionados en toda España, de entre miles que soportaron  largas colas para presentarse al casting.  Recibida la notificación  e investigada la ubicación exacta, me puse en marcha a la hora indicada.

     Durante la madrugada, decenas de personas de muchas nacionalidades y lenguas distintas, fuimos llegando al terminal, que poco a poco comenzaba a abarrotarse. Convocados por esa voz invisible de las nuevas tecnologías, cientos de hombres y mujeres de todas las edades respondían al llamado de Exodus.
 A mi alrededor, la gente vestía con su ropas habituales: pantalones vaqueros, chaquetas, gorros, bufandas, suéteres y camisas de todos los colores. Rostros alegres, serios, expectantes, curiosos. Al principio reinaba el silencio y la timidez; pero con el paso de la espera, las miradas se encontraban, las conversaciones surgían, las risas se abrían paso. En menos de una hora ya no eramos desconocidos, sino una turba alegre,  dicharachera, cargada de mochilas, como niños el primer día de escuela,  dispuestas a  formar parte de la gran aventura. Eramos un solo cuerpo, una sola marcha.
 
De pronto, las órdenes llegaron:
 
"¡A los buses"! 

    Y coordinadamente fuimos abordando las unidades de dos pisos que nos trasladarían a un mundo insospechado, irreal y fantástico. Tal vez familiar para algunos veteranos, pero absolutamente nuevo para mi.
 Quienes nos organizaban —el equipo de casting— eran personas amables, atentas de admirable educación.  Se esmeraban por hacernos sentir cómodos. Ellos fueron los primeros rostros de la superproducción que vimos, quienes a partir de ese entonces, se ocuparían de todo lo que en cuanto a figuración se refiere. Los encargados de acogernos, cuidarnos y coordinar la extensa columna humana que, intempestivamente, como una lanza, irrumpiría en los espacios blindados de la producción para dar vida al verdadero protagonista de la película: el pueblo de Moisés.
 
 
  
   
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  Tras un largo viaje de dos horas, los autobuses llegaban finalmente a la base central —crowd base—. Descendíamos medio dormidos y hambrientos,  pasando las identificaciones de rigor y recibiendo el primer alimento del día. Luego venía la verdadera transformación: El paso al departamento de "costome", los vestidores y camerinos.
Allí, nos despojábamos de nuestras pieles nuevas para cubrirnos con las pieles viejas.
 Una vez desnudos, los trajes antiguos, confeccionados por manos expertas, se deslizaban sobre nuestros cuerpos; las telas gastadas y deshilachadas iban borrando, poco a poco,  cualquier vestigio de la persona que una vez fuimos.
Atrás quedaban la nación, la familia, los amigos, incluso las preocupaciones cotidianas.
 Con la humildad de  nuestros ropajes, nos convertíamos en lo que una vez fuimos en el origen bíblico de los tiempos: el pueblo de Dios. 
 
 Una extraña mezcla de tristeza y alegría embargaba el espíritu:  euforia y melancolía, júbilo y despojo.
 Dejaba atrás mi piel moderna para entregarme a los padecimientos y las crueldades de la humanidad antigua; sería esclavo, mendigo, perseguido: golpeado y masacrado por espadas filosas que arrebatarían la vida y los sueños. Una y otra vez, el mundo acabaría y renacería.
Volvíamos —todos—a la esencia.

—¿Te ayudo?— me sorprendió la voz de una amable dama, sacándome de mis cavilaciones.

     Cada extra contaba con un asistente para vestirse. Los ropajes eran revisados con esmero: talla, medida y proporción según la persona. Aquellos ayudantes eran especialistas en esos menesteres y, con paciencia infinita, fueron enseñándonos a vestirnos durante los sucesivos días. Nuestro atuendo era muy simple: harapos, túnicas y turbantes, cintas para la cintura y sandalias atadas a los tobillos con trenzas de cuero. Todos los detalles se cuidaban bajo la mirada profesional del personal. Si veían un hilo suelto, lo cosían; si el turbante no era el apropiado, lo cambiaban; si las trenzas del calzado estaban sueltas, las ataban.
 Nada podía faltar, nada podía sobrar.   
 
           
         Mi nueva piel
 
     Una vez vestidos, y habiendo dejado nuestras pertenencias en bolsas identificadas con un número y una fotografía del personaje que representábamos, entrábamos a los camerinos de maquillaje.


     ¡Ah el maquillaje¡ ¡Mi momento preferido del día! Éramos conducidos a grandes naves que contenían filas de verdaderos profesionales del maquillaje y la peluquería de caracterización. Con extensos currículos en el campo de la cinematografía internacional, se encontraban perfectamente dispuestos en sus mesas de trabajo, esperándonos   desde la salida del sol. Con gentileza y eficacia atendían  al pelotón de extras que, sobre la marcha, debía salir corriendo hacia los diferentes sets de rodajes, donde se nos esperaba con rigurosa puntualidad. 
 
Cada extra era atendido, y a medida que se desocupaba un asiento, otro lo ocupaba: cientos de nosotros pasábamos por esas manos expertas. Algunos necesitaban pelucas y postizos, otros el ocultamiento de tatuajes;  los más afortunados, como un servidor,  apenas requeríamos  un leve peinado. Todo era luces y colores, alegría y arte, cosméticos y prisas.
 De fondo, la música  de Van Morrison,  acompañaba el murmullo de voces en inglés, castellano, francés, italiano… idiomas que se silenciaban poco a poco  mientras aquellos artistas ejecutaban sus obras, teniendo de lienzo nuestros rostros, nuestros cabellos, nuestros cuerpos.
 ¡Qué magia! ¡Qué talento! ¡Qué fantástica experiencia! sentirse valorado por estas manos. Éramos su fuente de trabajo, sí,  pero también su inspiración y realización. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Sentado en la silla, contemplaba en los espejos trípticos  como disponían de sus cajas de colores: pinturas, pinceles, tintes, mopas y cuanto artilugio podían procurarse según su creatividad. Tras observar nuestros rostros, procedían a intensificar, dramatizar y resaltar las facciones; lacerar los cuerpos, ensuciar las uñas y deteriorar el aspecto de la dentadura.

    —¡Pedro aquí!— decía la maquilladora de turno, con la mano alzada y su experta mirada que, aún de lejos, ya me escudriñaba.

     Obediente y sonriente, me entregaba a sus caricias, a su dedicación,  a su interpretación de lo que el personaje sugería en mí.
 Minutos intensos.
 — look up— ordenaba, mientras con pintura negra oscurecía las órbitas de los ojos y los párpados; tiñendo el rostro con colores de barro.
 Imitaba con sus pinceles quemaduras de sol aquí y allá, haciéndome lucir como un ser abandonado en el desierto, en  medio de la nada. Peinaban el cabello con esmero: cada día, manos distintas, estilos diferentes. A veces lo dejaban suelto y encrespado,  espolvoreado con tierra para que luciera sucio pero, a la vez, "glamoroso". Hacían lo que querían con mi gran melena, que —a pesar de haber sido blanco de tijeras prejuiciosas desde mi adolescencia— aún conservo. 
 
Asombrado, miraba en el espejo el ser que iba creando: unas veces diablo, otras veces santo.
 Y, de nuevo, la alegría y la tristeza me embargaban.
 La sensibilidad afloraba; los ojos se me rayaban.
 Estas personas eran tan delicadas, tan sensibles, tan amables: ¡Qué admiración sentía por ellas !

     La directora de maquillaje, siempre que podía, me atendía personalmente. Me llamaba su: special one,  término cariñoso que empezó a usar conmigo a partir de aquel segundo día cuando, inesperadamente y contra todo pronóstico, este humilde servidor que les relata, se hizo "famoso" en  el gran mundo de Exodus. 
Un episodio  que, si las circunstancias me son propicias, describiré más adelante.
 Triunfo humilde, despojado de vanidades, pero triunfo al fin... de un ser común.

      Cuando mi nueva amiga trabajaba  mis ojos, los alababa:
 —no es el color —decía, es lo que veo en ellos.
 Y  me hacía  ruborizar  la idea de que algún día escribiera líneas tan personales que pudieran sonar arrogantes, hasta soberbias.
 ¡Qué vergüenza¡ 
Pero una vez superado estos supuestos, y en el entendido de que quien me lee, me quiere, entonces afirmo:  sí, me sentí orgulloso de aquellos  momentos de fascinación.
 
 ¿Por qué sentir bochorno de nuestros ojos? 
Sean verdes, marrones, negros, bizcos, tuertos; por bonitos o feos que sean, ojos bellos son.
 Ojos que han contemplado los comienzos de nuestra historia.
 Ojos benditos que percibieron, al nacer, el rostro expectante de nuestra madre. 
Ojos que recopilan millones de imágenes entre soles nacientes y ocasos. 
Ojos de melancolía, ojos de enamorados, ojos prófugos, piadosos, tristes, obedientes, ardientes, cansados. Ojos viejos, ojos nuevos, ojos ausentes...
 Ojos preciados de neonatos que semejan universos.
 ¡Ojos amorosos que aún tenían vida cuando el cuerpo amado se extinguía!
 Ojos que registran  desdichas y alborozos.
 Ojos generosos que otean el polvo del sendero y, en las alturas,  el polvo de las estrellas.
 Ojos que se embelesan con otros ojos que se embelesan y se aparejan: mis ojos, tus ojos, los ojos tiernos de la Madre Tierra.

    Y así, en este ambiente inverosímil para quien narra, cada mañana teníamos aquella cita privada, artística, humana, con diferentes personas: cada persona una vida. Cada vida una lágrima... una esperanza.
                 
 Todo era intenso, en ese mundo de intensidades.
 Una vez comidos, vestidos y maquillados, estábamos listos para los requerimientos de la producción. Todavía muy de mañana, nos dirigíamos en filas hacia las unidades militares que nos trasladarían a los escenarios escogidos por el director.
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
Cuando la caravana de camiones militares  atravesaba los poblados, la gente salía a saludarnos; desde los balcones agitaban ropas de colores, los turistas se apilaban, los niños nos hacían el símbolo de la paz, y los teleobjetivos asomaban por las ventanillas de los coches de la prensa que nos perseguía, con la esperanza de obtener una buena imagen para la edición del día.

En las noches, de regreso de las agotadoras jornadas de rodaje, observaba desde mi asiento posterior la hilera interminable de vehículos de la producción que nos seguía cautelosa, como una criatura fantasmal. Bordeaban los acantilados zigzagueando, y  sus haces de luz se perdían entre las montañas.
 
     Ya en la ciudad —descuidados, desaliñados, doloridos y exhaustos—  los extras descendíamos de las unidades militares, habiendo perdido todo el glamour que exhibimos en las escenas del día.
 Despojados de nuestras vestimentas antiguas, extinguida la magia y el maquillaje mañanero, vestidos ahora con nuestras ropas cotidianas, más parecíamos una partida de bandoleros y malvivientes recién capturados por las fueras de seguridad españolas, que los actores consentidos de Ridley Scott.
 
 
 
 Ya liberados de los compromisos del rodaje por ese día, los héroes del desierto regresábamos al mundo real...
 siempre había tiempo para un café.
 
 
IV.El Marshal y la Niña 
 

 "Con el brazo extendido, señalando al horizonte, sobre las rocas;  inspirados en las escenas románticas del Viejo Testamento y vestidos  como hace tres mil años, los "marshals" nos convertimos en pastores de la gente"

   En menos de veinticuatro horas de mi aparición en Exodus, las tres líneas de acción que desempeñaría  en la superproducción, estaban ya decididas , unas por funciones, otras por fortuna.
 La primera, como ustedes saben, era la esperada: actuar como extra, el papel para el que había sido contratado.
 La segunda, menos premeditada, surgió a la observación in situ que el departamento de casting realizó sobre un grupo de ocho personas de la figuración, a quienes nos adjudicaron el  peculiar mote de “Marshals”, apelativo que nos confirió cierta autoridad organizativa sobre los cientos de hombres y mujeres que comprendían la figuración.
 
 La tercera línea de acción, en cambio,  resulta más difícil de explicar. Se debió a la confluencia de necesidades de la alta dirección de la película que —por razones que aún prefiero no revelar— recayó en mí. De las dos primeras, puedo hablar, con cierta libertad. De la tercera, no.  O al menos, no todavía.
 
 Este desempeño, además de tocar pasajes esenciales del argumento,  está revestido de un "halo" que  pertenece, según mi parecer, más al mundo de los enigmas que al mero requerimiento técnico de una producción cinematográfica. 
 
Nota: para la fecha que escribí los siete primeros capítulos (2014), no se había estrenado la película.
 
 Sentados alrededor de una mesa, los ocho extras seleccionados —siete hombres y una mujer— escuchábamos atentamente las indicaciones de nuestros interlocutores.
Nuestras funciones, resumidas, consistían en servir  de enlace entre los centenares de extras y los mandos superiores. 
No sólo debíamos asistir a las tareas de recogida, traslado, auxilio y logística del pueblo figurante, sino también —y sobre todo—: transmitir, a través de walkie-talkies escondidos entre las ropas, las instrucciones que descendían del director hasta los asistentes de dirección y, de allí a nosotros. 
 
 La comunicación debía fluir de arriba hacia abajo, y se nos advertía  no hablar por los aparatos salvo en caso de emergencia: esguinces, desmayos, cuadros epilépticos, heridas, pérdida de niños y cualquier otro imprevisto que pudiera catalogarse de emergencia.
 El máximo cuidado de las personas era nuestra primera y más importante misión.
Y así lo asumimos: con respeto, con entrega.
Nuestra mayor preocupación, en  medio de los inmensos espacios desérticos y los escarpados riscos, fue procurarle al pueblo protagonista del Exodus, la mejor atención posible.

     Nos aprendimos los nombres y  los rostros de quienes lucían más vulnerables, custodiándolos y  protegiéndolos de las escenas más duras, de las marchas forzadas y de la inclemencia del clima.
 —¡Detrás de mi! ¡Los que se sientan enfermos, no se arriesguen! ¡Las personas que no puedan correr, resguárdense en las rocas! ¡Si alguien se siente mal, dígannoslo!", gritábamos a los cuatro vientos. 
Aún así, y tomando todas las precauciones posibles, se presentaban bajas entre nuestras filas.

     —¡Agua!—, clamaba la figuración desesperada. 
 El sol inclemente. Acarreábamos pesadas cajas de botellas de agua, entre escena y escena, para calmar la sed y el agotamiento de los participantes. Muchas veces la comida se hacía de pie, marchando, escondiendo los bocadillos entre las ropas.
 La figuración cargaba además, el "atrezo" —los objetos indispensables para la ambientación cinematográfica—: recipientes de cuero, bolsos artesanales, palos, armas, herramientas. Íbamos cargados.
Algunos compañeros figurantes empujaban grandes carromatos, siendo ellos mismos la fuerza de tracción. ¡Agotador! 
Las escenas se repetían una y otra vez, hasta estar exhaustos. Era un éxodo, y tenía que parecerlo.
 Cuando empezaba el rodaje, tras los ensayos, el cansancio era tan real que parecíamos el pueblo de Moisés de verdad.
 
                  Era la autenticidad que buscaba el director. (Foto web)

    ¡Alto figuración! ¡Preparados para rodar! !Diez filas de a cuatro! ¡Cuidado con los caballos! ¡Lejos de los camellos! ¡Motor! ¡Motor! —y el corazón se aceleraba—.
¡Acción! 
 Debíamos simular terror y huida, extendernos  por las planicies, centenas de extras, correr cien metros a más no poder.
—¡Cuiden a quien tienen a su lado!repetíamos.
En nuestro papel de marshals trasmitíamos las órdenes con precisión.  Debíamos llevar las indicaciones a una multitud, fatigada y polvorienta que repetía la acción indefinidamente. Había que cuidar cada indicación: una instrucción errónea podía provocar una caída, una estampida, un accidente. Los aupábamos a correr sobre terreno árido y pedregoso.
 
    Como en aquellas películas épicas donde el actor principal desciende del caballo y se mezcla con sus soldados antes de la gran batalla; quienes hacíamos de marshals nos fundíamos con nuestra gente para prepararnos a pelear.
 Repetíamos las órdenes,  nos visualizábamos a lo lejos para no perder contacto. Ningún marshal podía estar cerca del otro: debíamos rendir por  trescientos. 

    Este grupo nació de la urgencia: guiar al pueblo de Moisés de forma más humana y eficaz.
 Además, nuestra figura resultó útil para la producción, sobre todo cuando era necesario hacer cumplir órdenes impopulares. Mediábamos con la figuración en los problemas diarios: los largos traslados en incómodos camiones militares, las colas interminables del catering, las incursiones en el mar,  los chorros de agua fría. 
Cubríamos con mantas a quienes temblaban. El viento dolía. El sol abrazaba. Las comidas interrumpidas irritaban. Las crisis nerviosas surgían. Los descansos cortados por la urgencia del rodaje agobiaban. Había tanto por hacer, y éramos sólo un puñado para tantas almas. 
Aun así, contábamos siempre con el apoyo y la orientación del estupendo departamento de casting y sus asistentes en el campo.

 Vivíamos cada vez más a la intemperie, y eso originaba situaciones extremas que requerían de mucho tacto.
Confortábamos a las personas en sus penurias cuando las escenas debían repetirse, y compartíamos sus alegrías cuando eran aceptadas. Éramos su apoyo más cercano... y también el de la dirección.
 Con los días, nos ganábamos la confianza plena de la figuración. Nos llamaban por nuestros nombres y nos agradecían las atenciones.
 
 A lo lejos, o entre nosotros, los actores principales interpretaban sus papeles; y cuando se gritaba: "¡Action!", todos empezaban a actuar.
 
  —¡Preparada figuración!— escuchábamos.
 Un helicóptero sobrevolaba nuestras cabezas.
 Las grandes torres con cámaras, semejantes a jirafas, comenzaban a moverse. 
Los equipos de técnicos se movilizaban veloces. 
Las camionetas cargadas de artefactos derrapaban.
 Los servicios de emergencia, permanecían atentos. 
El nerviosismo se sentía.

  Pensaba entonces: Ridley, como buen maestro, está en todas partes y en ninguna. Observa, dirige desequilibrando la acción, humanizando a los personajes y... goza.

  En el medio de esa bastedad, no podía evitar sentir una inmensa gratitud por la oportunidad que me  brindaba la vida al participar en semejante locura; una película que presagiaba records y, quién sabe,   nominaciones  al Oscar, a la mejor película o dirección.

    ¡Qué fuerza y que poder inunda al espíritu humano cuando menos se lo espera!
 ¡Qué paisaje tan asombroso a mi alrededor! ¡Cofete!

                                              Panorama de la playa de Cofete                                           
    Durante semanas las escenas se sucedían unas sobre otras, con tal premura que muchas veces no sabíamos si la acción estaba detenida o si aún rodábamos.
 Esa confusión nos regaló una naturalidad ante las cámaras que, sospecho, contribuyó a infundir realismo a la filmación —el sueño anhelado de cualquier director.
Sin darnos cuenta, habíamos adquirido la capacidad de convertirnos casi en cualquier cosa, en el momento que la dirección lo quisiera.

    En una oportunidad, y ante la inminencia de un gran peligro, el tsunami —justo cuando quien les cuenta y relata se incorporaba y, transmutado en estampa bíblica, infundía seguridad y norte a quienes debía guiar en la acción—, cuando preparaba a mi pueblo  para la estampida ponderando la montaña que teníamos que batir, en plena consternación... cuando diseñaba la estrategia que, como predestinado, intuía... justo en ese momento..., a un asistente de dirección  se le ocurrió la mala idea de entregarme: una niña.

   ¡Tamaña responsabilidad!
 Una criatura conmigo entre aquella multitud. 
¡Pavor!
En el momento más crítico, cuando debíamos ganar altura producto de la desesperación y huida. Cuando necesitaba mis brazos y piernas en total libertad: la niña
¡Por Dios! 
Mientras un mar alborotado, picado y siniestro se transformaba en grotesca ola que, como la muerte misma, se dirigía a engullirnos; además de las hordas desalmadas de Ramsés: ¡Una niña!
 

     —¡Tú eres uno de ellos!— gritó una figurante de repente, en pleno arrebato místico, señalándome con el dedo y alejando de mi mente la  incomodidad que arrastraba, ocupando mi mano izquierda.
 
—¡De los de verdad! —volvió a gritar.
 
— ¡De los antiguos!, —reiteró.
 
 Y como hechizado, el espíritu dominó mi cuerpo.
 La alabanza insufló poder en mi alma y, erguido con el brazo derecho, apunté hacia la montaña, luciendo como un gran profeta ante la miserable multitud.
 
 Mi pecho brotó, los cabellos colgaron largos sobre la espalda. La túnica resaltó mi figura, infundiendo respeto. El rostro hermético e impenetrable, adquirió fisonomía épica. La mirada visionaria atisbó el horizonte. El olfato calibró el peligro y el escape.
 Un trueno completó el magno acontecimiento.                 
Un momento espectacular. 
  Un extraordinario papel, un dèjá vu en plena ejecución. 
 
Pero..., con una mano ocupada: ella.

   Una fuerza celestial fortalecía mis pasos. Mis músculos se potenciaban, la inspiración llegaba. Estrechaba con fuerza la mano de la cría que me decía:
 —¡Pedro me duele! 
Mirándola de arriba hacia abajo, le respondía, no sin cierta arrogancia: 
—Tranquila, tú estás conmigo. 
Y ella me regalaba una tímida sonrisa, de abajo hacia arriba, como la de los inocentes que, sin saber, sonríen a sus verdugos.

   —¡Oh Jehová! ¡Dame fuerzas para guiar a mi pueblo ante la adversidad!, —clamaba.
 
 El cambio obraba milagros en mí. No actuaba: vivía y sufría.
 La multitud expectante aguardaba. 
Los equipos técnicos en sus puestos, agazapados, atentos. 
Un asistente gritaba: 
—¡Cuerpos! ¡Quiero cuerpos aquí, para rellenar huecos!
 Y tres marshals cercanos azarosos reunían cinco, diez o veinte extras, para tapar. 
Pero yo... yo tenía una misión más importante que cumplir, 
¡Qué corrieran ellos, los mortales! 
Me encontraba en pleno éxtasis, salvando almas. 
 
Desde las alturas, las cámaras observaban —como extraterrestres— la disposición para las escenas. Ridley Scott dirigía. Los camellos y los caballos se intranquilizaban. El viento y la arena mordían. Una mujer sollozaba. Otra reía, histérica.

    —¡Preparación, figuración!, repetían los encargados.
 ¡Motor!
 Y...
¡ACTION! ¡ACTION! ¡ACTION!
 
 Se oyó la orden  desgarradora que, como un eco, reiteraban las montañas.
 
 
 
 
 
 
 

 
Y arrancamos a correr —en masa—, entre espantosos gritos, hacia las cumbres. 
El gran tsunami avanzaba tenebroso, implacable, lento, inmenso, hambriento y sombrío, causando aquel pánico que paraliza las piernas. ¡Nos lo creíamos!
 Un helicóptero trazaba la ruta del mal: por donde venía la máquina, venía la ola. Allí debíamos mirar. 
A mi alrededor, caras de sufrimiento, esfuerzos, gritos.
 La gente caía enredada entre sus ropas.
 Desesperación y hastío en los rostros.
 —¡Corran! ¡Corran! —gritábamos. ¡Hacia las rocas altas! —señalábamos.
 
 Y trescientas personas —hombres, mujeres, ancianos y jóvenes, niños, niñas y animales— emprendían la escalada caótica hacia la salvación; repitiéndose la misma escena que una y otra vez agobia a la humanidad, desde el comienzo de los tiempos hasta hoy. 
 
Atrás venía, además del mar, el ejército aniquilador del faraón:
 destructor de su propia especie. 
Amasijo de huesos y carnes para matar. 
Puñaladas insaciables que nos avergüenzan como especie.
 Odio entre hermanos: burlas, ironías, humillación. 
Armas nucleares, armas biológicas, armas químicas. 
El gran tsunami nos arrastra a todos. 
La destrucción indiscriminada de las especies, en el antes...y en el ahora. 

   Enredado por mi túnica, me desplomo por primera vez. hemos subido muchos metros, y los caídos en el campo ya se cuentan por docenas. 
Los que vienen detrás ayudan a levantarlos, dándole un realismo  inverosímil a las escenas.
 Estrecho la mano de la niña aún más. 
Ella me mira, asustada y juguetona a la vez.

    Entre las rocas las cámaras ocultas registran las escenas, rodeadas de cabezas cuyos ojos nos miran desorbitados, como queriendo atrapar con la retina lo que a las lentes  pudiera escapárseles.

     Caigo por segunda vez, estrellando mi cara contra un suelo áspero y cortante.
 Siento un golpe en la frente.
 A mi alrededor, gritos estremecedores.
 De rodillas, en la mayor desesperación, abro los brazos y a todo pulmón grito:
 —¡Jehová, ayúdame! ¡Ayúdame! —desolado.
 
 Alguien me levanta por las axilas. 
Lloro.
 Faltan pocos metros para lograr la cima. No quiero morir: otros lo han logrado, otros se han salvado.
¿Por qué yo no?
 Son mis años, es mi peso, es mi dolor.
 
 ¡Oh, humanidad cruel¡ ¡Miseria de miserias!
 
 Como infundido por un gran poder, logro ponerme de pie de nuevo. Doy zancadas torpes, desorientadas, unos metros más, hasta que un empujón me derriba por tercera vez.
 Sentí que varios cuerpos colisionamos violentamente.
 Y, como un fardo de carnes, rodamos montaña abajo.
 
 Era inevitable: fallecería en este fatuo intento.
 Contemplé el cielo por última vez...


    ¡CORTEN! ¡CORTEN! gritó la voz.
 —¡CORTEN y regreso a la primera posición!, —agregó. 
 
Lamentos y más lamentos de la estropeada figuración.
—¿Otra vez? — se quejaban, incrédulos al saber que debíamos repetir la toma una vez más.
 
 Ya no sabía dónde tenía mis aparejos de comunicación; los buscaba, mareado, entre mis deshilachadas ropas. Cuando, con gran esfuerzo, logré tenerme en pie y arreglándome las vestimentas para guardar algo de compostura, súbitamente sentí como un susto:
 
 ¿Y la niña...? 
 
¿Dónde está la niña que estaba conmigo? —pensé.
 
 Miré a mi alrededor con disimulo.
— ¿Han visto a la niña ?— pregunté.
 
 Se hacía evidente mi temor de haber extraviado a quien tenía bajo mi extrema responsabilidad. Sin respuesta, y ya muy preocupado, empecé a escudriñar en vano entre personas doloridas que, una vez más, debían realizar la escena.
 ¡Hasta que Ridley estuviera satisfecho!
 
 De mi prestancia poco quedaba. Descontrolado y desgarbado, comencé a buscarla por todos lados, desordenadamente. Hurgué entre los intersticios del terreno y los filosos riscos.
 
 —¡La niña! ¡¡La niña!! ¡¡¡Dónde está la niña que estaba conmigo!!! —gritaba desesperado.
 Nadie respondía.
 ¡Horror!

    Fue entonces cuando vi a aquel asistente de dirección que venía hacía mí a todo tropel. Se abría paso entre los extras a manotazos. Su alta figura lo llenaba todo.
 
 Pensé: "Viene a reclamarme que perdí la niña". 
 
Yo, que no perdí un sólo niño allá en mi pueblo andino, cuando abarrotaba el vehículo para transportarlos a las escuelas. En aquellas luchas épicas de hace veinte años, cuando nadie sabía lo que eran leyes; cuando pugnábamos para restituir dignidad a la niñez; cuando recurrimos a los magistrados en defensa de cientos de... 

     ¿Y Ahora?  ¿Cómo podía explicar que había perdido una niña?
 ¡Oh Dios¡ ¿Estará herida? —me preguntaba.
 ¡Santo cielo! 
 
Los más custodiados y protegidos de la producción era la chiquillería. ¿Se habría cortado un pie? ¿Estaría siendo atendida por los servicios médicos? ¿Yacería su cuerpo magullado en una ambulancia, diciendo entre sollozos: "Pedro me soltó...?
 
   Me preparaba a dar mi versión sobre los hechos. Debía encontrar las palabras precisas para excusarme: "...me derribaron señor, sentí un golpe... caímos...", —diría. 
 
El asistente se acercaba más. Sus ojos fieros, me ubicaban. Sus cabello despeinados y su rostro alucinado infundían pavor.  Batía sus brazos como remando en mar picado. Sus piernas, macizas bajo los pantalones cortos, mostraban venas inflamadas. La cólera lo poseía.
 
 Sus grandes botas  pateaban el árido suelo, levantando nubes de polvo.  Su chaleco de producción parecía una coraza. Nada lo detenía: venía hacía mí indetenible, inculpándome. 
 
 Su figura resaltaba como la de un monstruo exterminador que, al alcanzarme, me arrojaría contra las piedras, dando tumbos entre las rocas. Su brazo espeluznante, verde, baboso,—como el de aquel diablo de mis pesadillas de mi niñez—, me apuntaba con un dedo acusador como diciendo:
 
— ¡Has perdido a la niña! 

   Miré hacia él otra vez como un crío  avergonzado que se sincera con sus maestros. Me sentí tan pequeño, tan diminuto... nada. 
 
Mientras quienes me increpaban se multiplicaban, sentía que una turba enardecida se reunía para lincharme. El extra encargado de los niños bramaba:
" Irresponsable". 
 
Desconocedores todos de mis antiguas hazañas, fríos y calculadores, herían mí susceptibilidad. Me zarandeaban. Estaba reducido al bochorno y la vergüenza. Derrotado aceptaba la falta. 
 
Había perdido la encomienda; había extraviado la esperanza. Lo más preciado de la figuración.
 Estaba claro para todos: había preferido mi salvación antes que la de la niña.
 Egoísta, desalmado, viejo malvado, cobarde...
 ¡Impresentable! —me lamentaba.

     Entregado a mis desdichas y con el corazón acongojado encaré, turbado y con lo que me quedaba de dignidad, al asistente de Ridley Scott.
 
 Su arrolladora presencia apagaba la luz del sol; como  tsunami caía sobre mi humanidad, despedazándome. Me miró con ojos encarnados y, con palabras entrecortadas por el esfuerzo que había realizado para alcanzarme, espetó:
 
—¡Pedrooooo! ¡Les gustó mucho lo que hiciste! Quieren que lo repitas... pero esta vez más cerca de las cámaras ¡Por favor!

    A la distancia, sobre un risco superior, una bella chiquita de siete años— como un sol—  me saludaba con la mano, regalándome una espléndida sonrisa.
 
 A su lado un  marshal guardián, la custodiaba...,
 
mi niña. 

 
V. El ángel exterminador 
 

 
     Ah... si pudiera liberarme de esta cerrazón perenne que padezco. Si atinara, aunque sea por una vez, a colocarme en el verdadero lugar de los otros. 
Si, lejos de cargar el peso de mis tribulaciones, cargara —aunque fuera por una vez en la vida— con la de los demás.
  Entonces sí tendría algo importante que contar. 
 
Pero hablar de mí mismo... poco, o casi nada, tengo que aportar. Atado estoy a este cuerpo y a esta mente desde hace tanto tiempo, que soy incapaz de atarme al cuerpo y a la mente de alguien más.
 Vivo en una repetición constante de lo que soy, y esa repetición, lejos de menguar, se intensifica. 
 
A medida que gano espacios en este mundo; aligero mi equipaje material, pero abulto el intangible.
Y cuanto más avanzo más me alejo de la libertad.
 
 ¡Libre es aquel que no tiene pensamientos y comparte la vida ajena!
  ¡Libre aquel que no escribe y sabe vivir!
 El que no habla pero convence.
El que logra escapar y saltar al mar.
 ¡Libre es aquel que llaman loco y, aun así, deambula.
 
 Vicioso soy de un mundo en el que sólo yo habito.
 
Y agrego: Exiliado de las estrellas, antítesis de El principito
vago en esta especie de laberinto que llaman vida. 
Ajeno al origen de mi nacimiento.
 ignorante de mi destino.
 
 ¿Libre?
 ¡No! No soy libre.
 
 Libre es quien ya no existe y vive en los demás.
 Libre, quien muere en soledad, abandonado de todo dios
 ¡Libre aquella humilde mujer que, observando los pájaros azulejos del bosque,
 les llama pompas de jabón!
 
 Libre aquel sin nombre, sin pareja, sin prole, sin hogar, sin  nación.
 
 ¡Libre el sol y los astros que lo circundan!
 Libres las mariposas.
 Libre las aves. 
Libre los recuerdos que no ocupan espacio.
 ¡Libre hasta el polvo del camino!
 
 ¿Pero libre yo?... 
 ¡Jamás!

    Y voy más lejos: Encadenado a mis necesidades, encadeno mis neveras y cocinas, atándome más y más.
Si no rompo la secuencia de tormentos e informaciones dantescas que a diario recibo, jamás conoceré la envergadura de mis alas. Si coloco alambres en mi huerta, no alejo a los rufianes; espanto a los seres del bosque que me protegen.
 
"Si me armo para resguardarme de mis enemigos, le quito potestad a quien le rezo, para que me custodie."

 No es que Dios nos haya abandonado; es que no lo necesitamos
 ¿Para qué, si tenemos  armas y barrotes?
 Pero —¡cuidado!— si nos decidimos a quitar las rejas de nuestros hogares, facultamos a los enviados celestiales, que serán inclementes con quien pretenda hacernos daño.
 Roguemos, pues, a diario,  para que nuestros guardianes no sean 
despiadados con quienes nos atacan:

   
«¡Oh Ángel mío, guardián de mi hogar, Compadécete de  quienes me han hecho daño; espanta a los intrusos, pero no los ejecutes.
 Sé justo, pero no desproporcionado. Unas cuantas pertenencias, no valen más que la vida misma. Sé misericordioso en tu lealtad hacia mí y muestra piedad, con los maleantes: son también, como nosotros, hijos de Dios.
 
 ¡No los aniquiles! ¡No les arrebates la existencia! Amansa tu furia; sólo espántalos. Cuando se lleven mis bártulos, asústalos. Tórnate, si quieres,  en el monstruo de  sus pesadillas; pero controla tus desmanes: cierra tus fauces. Permite que vean sus errores, dales otra oportunidad; por favor, no te cebes con sus carnes. 
 
No bebas su sangre cual vampiro, bebe por el contrario, el agua de la quebrada que corre cristalina por los linderos de mi hogar y aplaca tu sed de venganza. He alojado en mi casa a gente del mal vivir —¡me han robado!— y, lejos de apresarlos, los he perdonado. Perdona tú también, aunque pierda mis enseres.
 
 Oh Ángel mío sombrío y tenebroso, magnífico, el más grande de todos que cuidas mis espaldas ¿Qué he hecho para merecer tus desvelos? Guarda tu daga como yo he enfundado la mía. Sólo sopla, como se soplan las velas: eso bastará».

—¿Pasa algo? —preguntó repentinamente Antolín sacándome de mis pensamientos en un recodo del camino, mientras hacíamos un alto en la filmación.

—No, amigo... —respondí—. Es este ambiente del desierto que me pone meditativo. Pensaba en el hogar lejano. Quizás es este tema bíblico que nos hace  reflexionar: la ausencia, la lejanía, la soledad... o lo fastuoso de esta producción. El dramatismo de estos parajes, estas ropas... qué se yo. 

—Estamos aquí por algo. ¿Crees tú que es casualidad?, acotó Antolín.

—No lo sé. Pero llevamos tres mil años en esto de los éxodos y "Exodus" tendremos para rato, ¡cómo está el mundo! Lleno de desplazados y refugiados en guerras interminables. ¡Ni el ángel exterminador ha podido con tanto! Seguimos siendo los mismos seres,  incapaces de mirar más allá de nuestras paredes. Hemos perdido la piedad. No sé qué somos..., sólo sé  que nos damos palos unos a otros — respondí.

—Pero tú me diste resguardo en tu casa, cuando nadie más lo hizo... y eso que éramos cientos. Cuando se preguntó a la figuración si alguien podía alojarme, muchos quisieron levantar la mano, pero sólo tú lo hiciste. ¿Crees que eso es casual? ¿Acaso eso no es una esperanza? —replicó Antolín.

—Fue un acto reflejo..., ni siquiera estaba pensando —contesté.

—Fue un acto de humanidad. —dijo Antolín con firmeza—. Ahora tengo casa y comida; ayer no tenía nada. ¿No te das cuenta que Dios me puso en tu camino para decirte que continúes lo que has emprendido? No es casualidad. Si no fuera así, ¿por qué crees que ocurre lo que pasa contigo en la producción? ¿Crees que es casual que te hayan elegido? Estás aquí para cumplir una misión que nos involucra a todos; aunque no sepamos cuál, se nos revelará.

—Si hubiese una misión, como tú dices  —respondí—, sería la de demostrar al mundo que la fuerza del espíritu es superior a la del dinero, las relaciones, los privilegios y hasta la formación. Que aún el más humilde y desconocido personaje puede estar en el centro de la acción. Que la comunicación de corazón a corazón existe. Que el amor rompe las formalidades, por más extremas que parezcan. Está claro: sólo  en paz podemos transitar por este mundo sin que nada nos pase. Tú eres un ejemplo de eso, que viajas solo por estos sitios y no te falta casa. No son las rejas que nos protegen; es el corazón.

    Antolín, hombre sabio, de mediana estatura y ojos bondadosos, de sus sesenta y tres años, llevaba sesenta  vividos en Cuba. Fotógrafo de profesión, incursionaba en el mundo del cine —como yo—, más por reto que por convicción; siguiendo las pautas que dicta la intuición cuando parece que ya no quedaba nada. Hombre religioso, pero sin imponer su fe: no agobia con su prédica; más bien, enseñaba con su ejemplo, respetando la manera de ser de los demás.
 
                                                                                                                                                         Antolín

   En casa, donde compartíamos los espacios que mi hija nos había brindado, —junto a otras personas relacionadas con la película—, Antolín dormía en un pequeño colchón que le acomodé a los pies de mi cama. Sin pertenencia alguna, se entregaba con serenidad a su destino. Cuando comíamos, bendecía sus alimentos y pedía permiso para bendecir los de los demás; cosa que, hasta el más pagano, agradecía. Y hasta la comida sabía mejor. 
 
Durante las noches, al regresar de las arduas tareas que el rodaje nos imponía, solíamos madrugar disertando pasajes de su Biblia, que leía discretamente para no perturbarme, hasta que algún vecino del apartamento continuo, nos mandaba a callar. Era, ante todo, un hombre prudente —hasta del pensamiento—. 
 
Debatíamos sobre el bien y el mal.  Parecíamos dos teólogos trasnochados.  Buscando en las Escrituras los pasajes de la historia que estábamos rodando, interpretándolos a nuestra manera. Él insistía en que su presencia no era casual, que Dios lo había puesto a mi servicio para acompañarme en esta especie de revelación espiritual en lo que se me había convertido el filme. 
 
 A partir de entonces y, durante todo el rodaje, tuve mi "gurú": un mentor que sabía el punto exacto en que debía aconsejarme y el punto en que debía retirarse. No sé si era un enviado de Dios, como él afirmaba. Lo que sí sé, es que— sin saberlo—, lo escogí cuando levante mi mano y dije:
 "En mi casa te puedes quedar".

 
Ciertamente, los eventos que a diario acontecían me hacían pensar que experimentaba un fenómeno inexplicable: más que una revelación, era una sensación de entendimiento profundo, una certeza interior que me otorgaba una serenidad desconocida para mis intervenciones —intervenciones que, por cierto,  siempre parecían encontrar eco en los demás—. 
 
Debo confesar que la capacidad de mimetizarme con los elementos, con los tiempos y los espacio, creció hasta niveles que nunca imaginé. Hice del paisaje mi hábitat, y de quienes me acompañaban, mi pueblo. La capacidad del sobrevuelo sobre las escenas se desató.
 
 Aún caminando, sentía que las sandalias tenían alas, que me transportaban a épocas remotas. Era como si hubiese vivido ya lo que estaba ocurriendo. Conocía el terreno mejor que los guionistas. Si decían: " por aquí" yo instintivamente iba por allá. No me perdía con el grupo de figurantes que guiaba. Si decían "hacia arriba", yo miraba hacia abajo. Todo me resultaba familiar, inevitable, predestinado. 
 
Luego volvía a la realidad, y meditaba sobre los hechos ocurridos el primer día. Cuando las circunstancias misteriosas de la vida me habían llevado a desempeñar un papel inconcebible en el rodaje. Algo pasaba, lo intuía.
 
 Sabía que, en cierta forma,  representaba —como extra—  al soldado desconocido, al hombre y a la mujer sencillos; al ciudadano de a pie. Es decir, que ocurriera lo que ocurriera en ese filme: quedaría demostrado que si yo llegaba... cualquiera podría llegar.
 
 El director buscaba gente que luciera natural, sin poses de actuación ni máscaras aprendidas. Pero ¿Llegar a dónde? ¿A qué alturas puede aspirar un figurante? ¿Es que acaso un extra llega a algún lugar? 
 
Un extra no es más que un obrero, un peón, un desconocido, un número escrito con marcador en un tablón. Somos gente común sin nombre; ni siquiera aparecemos en los créditos. Se nos prohíbe hablar con los actores —a menos que ellos primero se dirijan a nosotros—".
 
 Muchos extras son actores de profesión, que aún esperan una oportunidad. Otros ni siquiera saben  cómo llegaron allí. Y en los momentos de rodaje, las grandes estrellas apenas nos perciben:  La gran mayoría, no nos miran, no nos saludan. Somos parte del decorado humano —cuerpos— parte del ambiente, parte de la masa.
 
 Y aún así, salvando todas las distancias entre estos profesionales y la figuración, convivíamos en las mismas escenas. Aunque no hubiese palabra ni gestos, y el contacto visual fuera nulo, nos necesitábamos los unos a los otros. 
 
Y tenía lógica: se trata de establecer disciplina profesional en el trabajo. Allí no estábamos ni para saludar ni para hacerle gracias a nadie. Estábamos para sostener la escena, para hacerla auténtica. 
 
El figurante es como la arena de ese desierto, que envuelve al héroe en el medio de la acción.
Su función es permanecer invisible, para que otros brillen.
Pero —y aquí lo extraño— yo no me sentía invisible.
Y, por lo que veía, tan poco lo era.
 No era vanidad,
 no era protagonismo,
 era presencia.

   En cuanto a la figuración, Ridley Scott permitía, en el set,  que cada quien hiciera su propia interpretación, siempre dentro del marco de referencia que el proponía. Daba la libertad. Libertad verdadera. Y eso significaba que cada quien protagonizaba su pequeña gran historia dentro de la película: algunos en soledad, otros en grupo, todos vivos, todos narrando algo. Nunca supimos realmente que quedaba registrado. Las cámaras nunca dormían. 
 
Muchas veces me encontré con grandes ejecutantes entre los figurantes. Gente que lucía muy enferma, tirada en la arena largo a largo con un cuadro febril, contorsionándose: Recuerdo uno que parecía enfermo, convulsionaba. 
 
—¿Te ocurre algo? —pregunté alarmado. 
 
 La persona, en pleno delirio expresivo, apenas me escuchaba.  Pero cuando veía mi  intención de llamar a los paramédicos, acercaba su rostro a mi oído y murmuraba, con una sonrisa burlona:
 
 —tranquilo... ¿no ves que estoy gozando?

   ¡Grandes actrices y grandes actores por todas partes!  
Bailando, llorando, riendo, saltando... ¡ como la vida misma!
 
Qué de maestros. Qué de maestras.
Qué aprendizaje.
Qué experiencia.
Qué bella gente. 
 
¡El cine y sus juglares! 
 
Yo era consciente de que la euforia que me atravesaba provenía de la profunda satisfacción de amar lo que hacía. Era como si me hubiera preparado toda la vida para ese momento.
 
 A pesar de no tener formación en las artes escénicas, me sentía en mi lugar. Capaz. Presente. Natural. Como si algo en mi recordara. 
 
 Dominaba mi rol sin esfuerzo situándome a la par de todo lo que me rodeaba. 
Nada me intimidaba. 
 Ni siquiera la grandiosidad de la producción. Y, sobre la soledad y distancia de mi tierra, mientras más me adentraba en estas tierras milenarias, más cerca estaba de quienes amo.
De mi país
De mis recuerdos.
De mis orígenes.
 
Dolor e iniciación. Caminar en el desierto se volvió pasión y revelación.
Mientras más me alejaba, más cerca estaba de la esencia común que compartimos.
 
Agradecido.
Profundamente agradecido con la vida por brindarme esta experiencia.
 
Podría haber desempeñado ese trabajo, toda la vida, sin cansarme jamás.
 
Pero como sé —porque lo sé—  que todo es inexorable y pasa...
me decidí a vivirlo como si fuera la última vez.
 
A beber el vino hasta la última gota.
 
  Aprendí, pues, a amar las montañas ocres enmarcadas en aquel cielo azul, que impactaban la vista como una revelación; 
a amar la grandeza del mar, tan enigmático que daba miedo nombrarlo. 
 
                                                                                                                       Tindaya
 
Amé incluso las rocas del suelo, ásperas y silenciosas y esa arena que se colaba en mis sandalias como queriendo quedarse conmigo.
 
 Adoré mis ropas de pastor, que parecían parte de mi piel.
Adoré las madrugadas en que nos levantábamos en silencio, 
caminando hacia el rodaje bajo un cielo que nos miraba.
 
 ¡Ah, la magia la del cine!  
 
Y al regresar... saboreaba el color terroso del agua rodando por mi cuerpo bajo la ducha—mezcla de polvo, maquillaje y sudor— deslizándose hacia el desagüe como un remolino pequeño que arrastraba los recuerdos del día, hasta perderse en el silencio de la ensoñación.
 
 Me llenaba de  orgullo contemplar las rodillas laceradas y curarlas antes de dormir. 
 Me alegraban mis dolores, pues me hacían sentir vivo. 
 
Soñé, entonces, con un mundo  despojado de ideologías, sin prejuicios, sin religiones enfrentadas, sin bandos, sin facciones. Sin los unos contra los otros. 
Soñé, aunque solo fuera por un instante, con el espíritu creador de la humanidad.

   Quise combatir el abatimiento natural de nuestra especie.
 Y creer —sí, creer— que un mundo mejor es posible.
 Sin diferencias, sin colores, sin fronteras, sin pasaportes. 
 
Abracé en mi corazón a todo aquel que estaba a mi lado.
Y también a los que no veía. 
 
Qué maravilla de gente.
 Qué espectáculo de producción.
 
 La facilidad del rol de marshal me permitía fluir, moverme,
deslizarme por las locaciones.
Corría en pos de la aventura. 
 
No corría, volaba.
 
Sentía la fuerza del renacimiento encendida en mi pecho.
Y la explotaba.
 
 Los ángeles querían divertirse conmigo y yo los dejé. 
 
Querían actuación. 
y estaba listo para dar lo mejor. 
 
Viviría si vivir fuera la señal del director.
Moriría, si morir fuera la encomienda.
 
 Pero —como fuera—
¡viviría y moriría bien!

   Fue algo que ocurrió desde el mismo instante que pisé Fuerteventura.
Algo se desató.
Una energía, antigua, primitiva, lúcida.
Se apoderó de mi.
 
 No se necesita en este mundo más recurso que, el de querer hacer. 
Nada, ni la mayor de las riquezas, está por encima de las fuerzas de la voluntad. 
Cuando esa fuerza se libera —como tormentas— y conspiran a nuestro favor, no hay obstáculo posible. 
 
Entonces, aparece la sincronía: 
los hechos encajan, lo improbable se vuelve cercano, lo imposible se concreta.
 
 Somos —y lo digo sin un ápice de duda— dueños de nuestro destino,
Tenemos el poder de alterar el curso, de mover los hilos solo con nuestro silencio,
de cambiar la historia si así lo decidiéramos. 
Podríamos señalarle a Moisés el camino correcto.
Sí.
Podríamos. 
 
Basta afinar la voluntad, como quien ajusta un instrumento exacto, como en aquellas máquinas del tiempo, revertir los acontecimientos pasados y hacer que se desarrollen en términos más favorables para la humanidad. Enmendemos los entuertos, apuntalemos lo descuidado: modifiquemos el rumbo incierto; reescribamos la historia.
 
 He ahí la grandeza del espíritu humano, cuando obra de la mano de las estrellas.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  
Uno de esos días, subíamos una cuesta asfaltada
Éramos cientos de figurantes trasladándonos a otra locación.
Y, por esos misterios que no se buscan, pero llegan, coincidimos  —por varios minutos— en una misma fila.
 
 A mi izquierda, silencioso, mirando al frente: 
 Ben Kingsley, el actor de Ghandi .
 
 A mí derecha, concentrado, hermético:
 Christian Bale, protagonista de "El Imperio del Sol" cuando éste,  no era más que un niño. Y Primer Actor en Exodus.

   
    Y junto a él, caminando con ligereza, casi despreocupado: Paul Aaron "Jesse", actor principal de la serie de TV "Breaking bad".

 
Los cuatro caminábamos.
Sin palabras. 
Solo pasos, respiración y viento.
 
Fue entonces cuando lo comprendí:
 
La sincronía no era una metáfora.
Estaba ocurriendo.
Yo estaba dentro de ella.
Con ellos. 
 
 Recordé entonces las palabras de Antolín:
 
 "nada es casual".

Y por primera vez...
le creí.



VI. La ensoñación.
 

 Hoy correspondo con estas letras a quien me lee; de la única forma que conozco de retribuir la gentileza: dando.
 Pero, ¿qué puedo ofrecer a ustedes, que lo merecen todo? 
 
 A quien se despierta con el corazón desbordado por un nuevo amanecer, o a quien se acuesta afligido por una gran pena. 
 
Ah, si pudiera darles un ramo de rosas rojas se las daría.
 Pero no puedo... al menos no de las de verdad.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  ¿Y si comparto con ustedes mis incógnitas en cuanto a la película y el paralelismo que me tocó vivir?
 
Sería ya un comienzo.
 Una forma de entrega. 
Una compensación a su dedicada atención a quien escribe.
 
 Quizás pudiera aportar alguna clave para despejar  —aunque sea un poco— el panorama que hoy les atañe..
 
En estos capítulos he tratado de abordar el tema apegado a la sinceridad y autenticidad de los hechos.
 No podría ser de otra forma.
 
 Sin embargo, mi alegría mayor no es, sin duda,  la de figurar en esta cinta memorable y épica sino, el constatar —por la oportunidad que me brindan— de que el filme sin su presencia sería una ficción. 
 
Ha nacido Exodus porque han nacido ustedes en mí; porque me han permitido entrar en sus casas. 
 
De no ser por esta puerta abierta —cobijo del caminante— no quedaría huella de esta vivencia. 
Sería como aquel árbol que cayó con estruendo en el medio de un inmenso bosque, entre millones de ellos:
 ¿sucedió? 
 
Pero,  si lográramos conectar con ese hecho, aún en medio de los sueños...
 Entonces ese árbol cobraría vida:
 le brotarían largas y leñosas piernas,
 sus brazos llegarían al suelo
 y su envejecido rostro sonreiría como "un espíritu del bosque", tallado en la madera. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Fíjense en el cosmos: todo ocurre y poco, o casi nada, sabemos.
 He allí la distancia que nos separa de las estrellas.
 
 La humanidad pasa por el período del árbol caído, pero hay indicios que vamos despertando.
 Si no fuese así, no habría caos.
 
 Por más máquinas que se envíen al espacio, ninguna llegará antes que el pensamiento.

    Lo que me apena en cierta forma —y debo decirlo— es utilizar estos valiosos recursos de las nuevas tecnologías para contar mi historia. Esa facultad, si es que puede llamarse así, debería emplearse para contar la historia de los árboles caídos del bosque, que no tienen dolientes.
 
 A ellos pido disculpas por la imperdonable omisión. 
Y a ustedes, por desviar su tiempo de casos, con toda seguridad, más importantes que el que nos ocupa.

    Dicho esto, entremos en materia...
 

    Cuando estamos en la calle, o en nuestras casas, y observamos los seres vivientes y los objetos en un momento dado,  generalmente no cambian y son, sin lugar a dudas, lo que parecen ser.
 Los percibimos muy acertadamente con nuestros sentidos, en cuanto a dimensiones, volumen, peso y movilidad —por no entrar en mayores detalles.
 Por ejemplo:
 Un hombre es un hombre.
 Un perro es un perro.
 Un semáforo en el tráfico es, y valgan las redundancias, un semáforo. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Un automóvil es tan real, que de hecho nos detenemos para no ser arrollados. 
Una silla en la casa, es un mueble que tiene determinadas funciones que sin duda conocemos.
 
 Es decir, vivimos inmersos en un mundo material, con un catálogo de imágenes comprensibles y abarcables para nuestra mente.

   Pero en el rodaje de una película —y más aún, de una superproducción— todo esto cambia y afecta la manera de ver los elementos que nos rodean.
 Sobre todo se hace más evidente cuando, como en nuestro caso, pasamos a vivir en el descampado; por infinidad de horas, casi de sol a sol.
 
 Exodus nos exigía una movilización constante. Poco tiempo para el reposo, y una sucesión de escenas con cierta orientación, pero poca información.
Muchas veces no sabíamos en que parte de la historia nos hallábamos.
 
 Entre una escena y otra, conformábamos una muchedumbre nómada en el medio de las grandes extensiones de la isla canaria de Fuerteventura, un pueblo que desconocía su rumbo. 
 
Todo era real, pero al mismo tiempo una invención. 
 
 El mundo de las tres dimensiones —con la característica de los objetos que antes describimos—- desaparecía cuando se ponía un pie en la locación.
 
 Si sumamos lo espectacular de los paisajes escogidos, el misticismo que rodea cualquier tema bíblico o religioso, y el rol que nos correspondía como figuración, podrán comprender que la mente comenzara a divagar entre el mundo real y el fantástico.
 
 La línea que nos separaba de la ilusión y el realismo era sutil. 
Entrábamos sin darnos cuenta, en el mundo de la ensoñación.

   —¡Se va a matar! —gritó alguien.
 —¡Está a punto de precipitarse al abismo!
 
 Efectivamente, en una curva del camino, azotados por el viento,
 cuando subíamos un centenar de extras que a duras penas tratábamos de alcanzar la cima, la vimos.
 Era una chiquilla de la figuración, que por razones desconocidas había burlado el protocolo de seguridad —que estrictamente seguimos— y se había trepado a una roca que asomaba, peligrosa y limpia,  hacia el vacío. 
 
Una caída, un tras pie, sería mortal. 
 
El corazón se me aceleró. La adrenalina me estalló en el pecho. Yo era el marshal más próximo. Todos esperaban que hiciera algo.
No tenía escapatoria. 
Estaba frente a una situación de emergencia, que tenía que solucionar.

 Aún con el trauma reciente de la niña que perdí; avancé hacia la menor que  estaba en riesgo,   haciéndole señas inútiles con las manos. 
Estudié varias formas de aproximarme y sujetarla por la cintura: todas las deseché.
 Era una estatua —seca, terrosa, inmóvil— sobre el risco. 
Sus brazos colgaban.
El cabello sucio y enmarañado. El rostro cubierto de polvo...,  unos ojos de azul profundo.

 La ropa: lana deshilachada, ceñida con una banda a la cintura.
Las piernas: firmes.
Las zapatillas: amarradas con trenzas de cuero hasta las rodillas.
 
 Toda ella conformaba un aspecto fantasmal.
 Retadora.
Arrogante.
Despreciativa e,
Irreverente.
Suspendida entre el vendaval y el abismo. 
 
Detrás de ella, el cielo abierto; y  más allá montañas y mar, componían un cuadro imposible. Irreal.
 Nadie entendía como llegó hasta allí. 
Lo que más me sorprendía, además de su silencio, era su figura impenetrable, segura, sin un dejo de preocupación o miedo. Nos miraba de arriba hacia abajo. Como si cualquier cosa. Como si fuéramos nadie.
 
Me acerqué con sigilo, ganando altura poco a poco, fingiendo indiferencia para no espantarla. Mis compañeros me observaban. Me aproximé con tanto cuidado como quien pretende atrapar un pájaro. Sentí temor. El viento me cegaba con la arena. 
Pero continué.
 
Ya cerca, me atreví a hablar:

—Hola ¿Qué haces allí?
 
No respondió. 
Ni un gesto.
Solo esa mirada clavada en mí.  
 
 Pensé en el equipo que custodia los menores, alarmados, buscándola. Miré la roca sobre la que estaba y calibré el peligro. Abajo, un precipicio. ¿Cómo es que no tiene miedo? Fue entonces cuando me decidí. Le hablé con autoridad y en tono fuerte:

—¡Baja de allí y ven conmigo! —extendiéndole la mano.

    Ella, me miro impávida, desde la altura en que se encontraba, con una seriedad que asustaba. Nunca olvidaré aquella imagen que, desde su pedestal, contrastaba con aquel conmovedor escenario,  como nunca olvidaré sus palabras:

— "I am a specialist"  (Soy una especialista), acotó secamente.
Sentí que el alma se me caía al suelo
 
 Junté mis manos, como en oración silenciosa.
Pedí disculpas.
  —I am sorry —dije. 
Incliné la cabeza.
Retrocedí.
Volví a mi lugar.
 
 Se trataba de una persona adulta, de aspecto circense, de unos treinta y tantos años, con fisonomía, porte y estatura infantil, que en el cine se utilizan para las escenas de alto riesgo, donde intervienen menores. Se les llama en inglés Stuntwomen. Tienen un entrenamiento físico riguroso; atlético y realizan acciones asombrosas en la filmación.
 
 A partir de ese día, la vi —a ella y otros especialistas— realizar proezas increibles.
Se lanzaban desde riscos, nadaban en oleajes brutales, corrían huyendo del fuego, arrastraban cuerpos de fantasía en el mar, se precipitaban, se elevaban, volaban. 
 
Fueron mis primeros vislumbres del cine como ritual. La realidad se había convertido en ficción.

   El último recuerdo que tengo de ella es sobre el lomo de un toro enorme hecho con troncos y ramas secas, de varios metros de altura.
La luz de enormes hogueras ardía contrastando con la oscuridad, recortando su alucinante figura  contra el humo y las chispas.
Ella chillaba.
Reía a carcajadas.
Blandía, amenazante, una daga.
 
Sus piernas firmes, hermosas, desnudas en movimiento sobre la bestia.
Y yo abajo, danzando embriagado entre decenas de extras,
la tierra en mi boca.
El fuego brotando del suelo volcánico.
Un pueblo entero delirando al ritmo de los tambores. 
representando la escena bíblica del "Becerro de oro"
 y su destrucción a manos de Moisés. 
 
La noche rugía.
El mundo ardía.
Y yo me dejé arder, en una orgía de mentira,
que parecía de verdad 
 
    Y así, entre una escena y otra. Entre un día y el siguiente; aprendí, —en el campo y sobre la marcha— a sopesar si las situaciones de peligro eran ficticias o reales. 
La vida misma se convertía en un acertijo.
 
 Con el brazo en alto, encaramado sobre un peñasco  —y con la autoridad que me había sido conferida— indicaba el camino a decenas de personas que, en masa, caminaban tras de mí.
 Ante las bifurcaciones del escarpado, y las interrogantes de la subsistencia, debía elegir la ruta correcta, so pena de desbarrancarnos. 
 
Después de semanas de rodaje, en ese eterno desértico,
mareados, 
sin saber si íbamos o veníamos de las diferentes locaciones,
borracho de sol, arena y salitre, 
guiaba a mi pueblo con pasión, como Moisés al suyo.

   Cansado y muchas veces sin comprender las asombrosas circunstancias que sucedían  a mi alrededor, me recostaba sobre alguna gran roca... que súbitamente cedía ante mi peso y se volteaba. Presuroso la colocaba en su lugar para no evidenciar mi torpeza.
 Era una roca de utilería o atrezo.


 
 
 
 
 
 
 
 —¡Mira! —le dije a una compañera en pleno rodaje —cuando, perseguidos, hambrientos y agotados, arribamos a una inhóspita playa para ponernos a resguardo de la persecución.
 
 —¡Mira lo que encontré!
 
Sostenía entre mis manos un pez escamoso, de grandes ojos y aletas, que supuse habría arrojado el mar a la orilla.
 Ella me indicó que lo llevara al grupo de mujeres que, tendidas en la arena bajo una improvisada choza, simulaban cocinar, mientras a mi alrededor decenas de personas fingían recoger ramas, palos, raíces o cualquier rastrojo para encender fogatas.
 
Y fue solo cuando entregué mi encomienda que notamos que el pez, no olía: era de utilería.
 Una confección humana.
 Una evidencia más del mundo de ensoñación donde nos hallábamos. 
 
Más allá, apilados como cuerpos en la guerras, un montón de cadáveres humanos se "descomponían" a pleno sol.

  
   Era frecuente que nos preguntáramos 
¿Estarán filmando? 
 Ya no sabíamos distinguir del mundo real del irreal.
 
 Ridley nos está embelesando, pensaba.
 
 ¿Estamos rodando Pedro? —me preguntó un compañero.
—Estamos rodando desde que nacimos —respondí.
 

VII. Mi mula y yo.
                                                    
 
   
   Hallándome sentado sobre una piedra, en el medio de la inmensidad de los parajes escenográficos de la isla de Fuerteventura, y en las altas montañas que circundan la majestuosa locación de la playa de Cofete —mejor conocidas como El Mirador de los Canarios— contemplaba, desde mi improvisado asiento, a pocos pasos de mi persona, al actor Aaron Paul (Jesse Pinkman en Breaking Bad) con su atuendo bíblico. 
Probablemente cansado de las rutinarias esperas entre los rodajes, mataba el tiempo alimentando con ramas a un camello.
Quién diría que, pocos meses antes, había entrado en sintonía —a través de la pantalla de mi televisor— con  la serie estadounidense Breaking bad,  aclamada por la crítica y considerada una de las mejores de todos los tiempos en ese país, y de la que disfrute particularmente de la actuación de Aaron Paul en su papel de Jesse Pinkman, el amigo del profesor.
 Era imposible imaginar, en aquel entonces, que poco después el destino me colocaría al lado de este actor, en una situación casi surrealista como la que describo: vestido de pastor, ¡en ese lugar!,  a seis mil kilómetros de mi ciudad natal, y frente a frente con unos camellos.

   Pero no fue la presencia del intérprete de  "Josué" en la película de Ridley Scott, lo que llamó mi atención, sino la grandeza de esos dromedarios que, ambientados en sus escenarios originales, lucían auténticos y dignos como hace tres mil años.
 Qué noble cabeza, qué magnífico animal. Y cuánta historia encerraban los grandes callos que se forman en  sus pechos y rodillas, producto del esfuerzo al levantarse o arrodillarse, para servir a la humanidad. Con su boca grande y de fuertes labios, tomaba la comida que le ofrecía el actor, mostrando unos dientes bien formados y una expresión en sus ojos de inmensa sabiduría, contenida en infinidad de relatos legendarios.
 Sacrificados animales, que han aprendido a contener la sed para que beban los demás, desde los anales de la historia.

   Pues sí. Exodus no sólo tuvo "bípedos y bípedas" en la actuación, sino que decoró sus escenarios con múltiples animales: camellos, cabras, mulas, caballos, perros, aves...
 
 Como anécdota puedo decirles que, al haberse contratado prácticamente la totalidad de los camellos de la isla para el rodaje de la superproducción, las fiestas del Día de Reyes se vieron comprometidas por la falta de estos animales en los desfiles de los Tres Reyes Magos, corriendo el riesgo que lo hicieran a pie. Hubo que hablar con Ridley, para que prestara tres de estos camellos, para el disfrute de la chiquillería, la tranquilidad de las autoridades y el mantenimiento de la tradiciones de la isla.
 

   Pero si el compartir escenarios con camellos era emocionante y sobrecogedor; la entrada de Zerpa con sus cabras nos dejaba boquiabiertos. Extendidos por los parajes donde nos hallábamos cientos de personas —como si de un destacamento de un ejército se tratara—, aparecía repentinamente por uno de sus flancos y al grito de:
 —¡Jaira!¡Jaira!¡Jaira!—
 Zerpa, el pastor, con sus docenas de cabras.
 
 Llegaban a poner orden y a modificar los tiempos del guion. Qué espectáculo indescriptible y qué gran emoción sentíamos los presentes con la aparición de estos animalitos, por demás hermosos. Al frente, y enarbolando una gran vara, entraba orgulloso su pastor, dirigiendo la manada.
 —¡Jaira!¡Jaira!¡Jaira!—, gritaba. 
 
Cuánta dignidad y cuánta historia resumida en una secuencia que quedará para la posteridad. Detrás de él, sus cabras líderes —alimentadas desde pequeñas con biberón, con sus manos— cumplían las funciones de guía y orden del resto. A los lados, los otros pastores y los perros correteaban a las cabras rezagadas.
 
Mi amigo Zerpa era, quizás entre la figuración y los protagonistas —al igual que quienes guiaban a camellos, burros y mulas— de los pocos personajes auténticos en su rol, ya que su condición de pastor es innegable. Como innegable será la impresión imperecedera de su figura y sus cabras  en el celuloide.

   De la procedencia de los caballos no estoy tan seguro. Embarcados de países lejanos, y con sus entrenadores y jinetes a cuestas, estos  animales son especialmente adiestrados para el rodaje de películas. Además de conservar la belleza de su estirpe, reciben un entrenamiento riguroso para el mejor desempeño de sus funciones, entre las cuales destaca evitar, a toda costa, atropellar a los humanos en las escenas de riesgo.
 
Como de hecho ocurrió frente a mí, cuando uno de ellos golpeó accidentalmente a un figurante, saltando por encima sin hacerle daño. Fue una escena en la que el pueblo errante debía permitir que la caballería, súbitamente alertada sobre la presencia del enemigo, girara y regresara veloz entre la gente para contraatacar —en la retaguardia— a quienes nos daban alcance.
 
Depositábamos entonces toda nuestra confianza, no sólo en quienes los montaban, sino también en la inteligencia de los animales: en su entrenamiento, su intuición y su instintivo sentido de cuidado hacia las personas. Pasaban a nuestro lado como criaturas gigantescas y fantásticas, venidas de otros mundos. Llevaban en sus lomos a sus jinetes rumbo a la guerra, sin tropezarnos, pese a nuestros temores. Eran seres de otras épocas, mientras nosotros, absortos, viajábamos en la máquina del tiempo.

    Ya podrán suponer que, dentro de toda la parafernalia que representó Exodus, sus locaciones y ciudadelas; también se levantaron grandes aposentos y carpas para guardar a los animales. Conformaban una tropa de decenas de ejemplares, con sus cuidadores originarios, veterinarios, entrenadores y toda la logística necesaria para atenderlos de la mejor manera.

   En aquel vasto espacio arenoso, y en una de las travesías que, como figuración, hacíamos por ese territorio inhóspito pero cautivador de la isla, los pastores me ofrecieron un trago de leche de las cabras que estaban ordeñando.
 ¡Ah..., benditos animales!

   En un pequeño pocillo vertieron el precioso líquido que ha alimentado a la humanidad desde sus confines. Se adentró en mis entrañas, en mi rol de pueblo, con la misma humildad que ha nutrido a los recién nacidos de todas las especias, de todas las épocas.
¡Ah..., milagrosa leche de cabra, leche de madre, tesoro de la humanidad!
 
Bebiendo aquel líquido, con las montañas de Cofete como marco, el cielo encapotado y misterioso arriba,  y el Mar Atlántico de fondo, sentí... que renacía.

 
Quizás fue el sabor de la leche, o el aire de estos parajes, lo cierto es que algo me llevó de vuelta a otro tiempo, a otros cielos, donde también luchaba contra la naturaleza y contra mí mismo.
Así, entre recuerdos y respiros, reapareció mi mula, terca compañera de caminos en los páramos andinos de los noventa.

—¡Arre, mula! ¡Arreeeeee! ¡Arreee, mula porfiada! ¡Arreeeee!— gritaba una y otra vez al testarudo animal que se obstinaba en desobedecerme. 
 
Justo a la entrada de una espléndida planicie, y a cuatro mil metros de altura sobre el nivel del mar, me hallaba sobre los lomos de una mula terca. Venía en procesión ascendente, muy distanciado de la expedición que habíamos conformado un grupo de personas  para llevar medicinas y otros enseres a la aislada población de El Páramo de los Conejos, en mi amada Venezuela.
 
 Los aires andinos habían hinchado mis pulmones y acrecentado mis energías. El deseo de llegar primero que el grupo de salida —incumpliendo una de las reglas de oro de los andinistas, la de no viajar solo— me impulsó a cometer la imprudencia. Cabalgaba a mi animal de forma mecánica y distanciada,  característica citadina muy propia de quienes nos consideramos, la especie superior.

  —¡Arre, mula, arreeee!— volvía a repetir, y la mula se empeñaba en no cruzar la verde llanura que se nos ofrecía generosa en el horizonte. Única superficie en todo el camino con la planitud de un aeropuerto. Descanso merecido a riñones, espalda y piernas después de subir una kilométrica cuesta por muchas horas, mayormente a pie. 
 
Mi mula, —que no era mía sino alquilada— sin embargo, prefería el camino de las rocas cortantes que resaltaban torturadoras a los lados de las montañas. Y por más que la azuzaba, se obcecaba en desobedecer, haciéndome perder un tiempo valioso.

—¿Pero por qué te empeñas en irte por las piedras?— , le reñía como si entendiera.
 
 Asustada por mis continuos requerimientos, regaños  e hincadas de talones en sus flancos, la mula terminó por tumbarme en el medio de aquel solitario paraje, alejado de todo dios.
—¡¿A dónde vas?!, grité.—¡Vuelve aquí!— 
 
Pero lejos de acatar mi orden, el torpe animal huyó de mí como quien huye del diablo. Se dirigió veloz hacia los extremos de aquel campo de minúsculas flores, evadiéndolo y encaramándose sobre las peligrosas rocas de los costados de la montaña. Allá se fue corriendo, con mis enseres y con la esperanza perdida de que volviera.
 —¡Oh tonto animal!—exclamé. —Como si no tuviera mis piernas para caminar ¡Ja!

    Superada la situación de haber perdido a la mula, decidí entrar feliz a disfrutar de aquel mágico paraje andino. Lleno de energía, caminaría a donde fuera y recorrería el trayecto que faltaba para arribar al poblado, en un santiamén.
 
 Me sentía dueño de todo y capaz de mucho más. Aquel suelo plano, ¡por fin!, aliviaba el cansancio acumulado de tantas horas de subida por camino agreste y pedregoso. Reposaban mis pies en la suavidad del terreno mohoso y retomaba la verticalidad de mi cuerpo: sinónimo de la inteligencia humana.

   Caminar por el páramo andino es como recorrer los altares de la tierra. Rodeado de gramíneas, frailejones, musgos y pequeñas plantas de hojas duras y peludas, se tiene la sensación de que ningún pie ha horadado aquellos campos impolutos. Con suerte, se ve algún inquieto conejo saltar... y hasta un pequeño venado.
 
 El clímax se presenta si, además, pasara por encima de nuestras cabezas el majestuoso cóndor andino. El espíritu se regocija de agradecimiento al contemplar la belleza de esos parajes. El cielo, de azul profundo,  se abre en toda su inmensidad. 
 
Caminar por esa especie de tundra me hizo adorar la vida aún más y abrir mis brazos en comunión universal. Reía y giraba sobre mi eje, como un niño en un campo de juegos.
 
 A lo lejos veía a la mula saltar desgarbada sobre incómodas rocas, dirigiéndose con prisa a su caserío. Pensé entonces lo que comentaría al dueño del animal, al llegar poblado:
 
 "Esa mula caprichosa se empeñó en tomar el peor de los caminos... ya aparecerá".

    Ensimismado en mis pensamientos, y aún con una sonrisa de alegría en mi rostro, habiendo entrado unos cien metros en aquel campo floreado y húmedo; súbitamente la tierra cedió bajo mis pies. Sentí como si  me deslizara sobre un tobogán. En cuestión de segundos, la sólida tierra debajo de mi había desaparecido, y me sumergí violentamente en una especie de laguna de barro que, en menos que nada,  comenzó a tragarme.
 
 Golpeé con mis brazos desesperado la  escasa solidez que a tientas alcanzaba, y por reflejo clavé los codos como palancas. Afortunadamente, y a pesar de haberme hundido hasta la cintura, mi espalda golpeó algo duro que sobresalía, quizás una roca semihundida. Así que, con terror a moverme, quedé —en medio de la nada— cubierto de lodo, boca arriba y sumergido hasta el ombligo en aquel charco. 
 
Entendí entonces que estaba sobre arena movediza y que había caído en un pozo baboso que, al más mínimo movimiento, me engulliría. Decidí no moverme y esperar a los demás, inútilmente, pues  venían muy distanciados detrás de mí y seguramente por otro camino. Temí al frío glacial  y a las nubes que me cubrirían al anochecer.

    A los pocos minutos en esa incómoda posición, el tiempo se me hizo eterno y mi horror fue mayor al comprobar que me hundía cada vez más. Mi rostro y cabellos estaban empapados de aquella sustancia viscosa y pegajosa. Había desaparecido mi cintura, y el barro ascendía hacía mi pecho. 
 
Todavía, desde esa absurda posición, con lo poco de mi cuerpo que aún quedaba visible, pude ver a la mula que corría serpenteante y lejana por los laterales de la  montaña. Me sentí ridículo. El corazón se me llenó de congoja y vergüenza: sentí ganas de llorar.

    Recuperado el ánimo, y con los brazos en posición de saltamonte, decidí salir. Si respiraba, me sumergía más. No respiré. Cerré los ojos y, lentamente con los codos palanqueando, empujé hacía arriba para salir de aquella horrible trampa. 
 
Era inútil gritar: nadie, excepto las criaturas de los páramos me escuchaba. Ya no pensé, y me arriesgué a salir a toda costa. Tiré y tiré,  empujé desesperado con mis codos y mi cuello sobre aquella masa informe y pastosa. Logré, con mucho esfuerzo, despegar las piernas de las profundidades de ese abismo y lentamente voltearme sobre mi estómago. 
 
Como reptil, repté. Enterré mis dedos profundamente en el borde, tratando de asir algo sólido. Algunas raíces me dieron algo de seguridad y así, en máxima concentración,  lenta y  desbaratadamente, logré salir, quedando acostado sobre mi vientre,  liberado de aquel pantano que casi me tragó.

   Una vez de pie un escalofrío recorrió mi cuerpo al pensar que, si me movía, la tierra podría tragarme otra vez. Era lo mismo que caminar sobre un campo minado. Decidí regresar sobre mis propias huellas, —que se borraban con la humedad—. Salté torpemente sobre mi rastro y terminé corriendo para alejarme de allí "como quien huye de un espanto". 
 
Una vez llegado al lugar donde me tumbó la mula, decidí seguir su rastro entre las piedras, verificando dolorosamente que había perdido una de mis botas. Mi cuerpo estaba cubierto de fango.

    En ese estado deplorable —sin equipo, sin calzado, muerto de frío y con aspecto de  zombie— arribé, casi al anochecer, al poblado. Mi mula, despojada de sus arreos, pastaba indiferente. Por un momento batió su melena, me miró y siguió comiendo...

  Años más tarde, aquella lección quedaría grabada sin yo saberlo.
 En Exodus, durante una  escenas del rodaje —donde, como figuración, empujábamos una destartalada carreta tirada por una mula que se atascaba entre las rocas—, uno de mis compañeros, en su desesperación,  se quejó amargamente y culpó al animal.
 
  Yo le repliqué contundentemente:

   —¡Calma hombre¡  Que la mula...,  la mula sabe lo que hace.

                          Páramo de Los Conejos

Y mientras el animal, paciente y silencioso, seguia cumpliendo su tarea bajo el sol, pensé en cuanta nobleza habita en esa criaturas que no piden nada y lo dan todo. Quizás por eso, tiempo atrás, cuando alguien me preguntó: 
 
—Pedro, ¿dónde está Dios?
 
—No lo sé —respondí.
 
—Pero debe estar en algún lugar, ¿no?

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Entonces, mirando a mi alrededor, le dije que a veces lo tengo claro y otras veces no; pero que, de estar en algún lugar, no será en las grandes edificaciones donde se encuentre, sino, por ejemplo,  dentro de los cuerpos de los perros abandonados.
 De esos animales que caminan famélicos en nuestros pueblos, buscando inútilmente algo que comer; y que, con sus pieles pestilentes y llagadas, nos ahuyentan. Si yo fuera Dios, habitaría allí, y miraría con ojos tristes a la humanidad.

  Si los animales gobernaran la Tierra; si no hubiese humanos, el equilibrio del planeta estaría asegurado. No habría hambrunas ni refugiados ni desplazados. No se conocería la guerra, y la contaminación del aire, las tierras y los océanos sería desconocida. No se fraccionaría el mundo en  países, no existirían los límites y las fronteras. No se hablaría de naciones ricas y pobres.

  Es posible que nuestra suprema inteligencia haya alcanzado  niveles de desarrollo nunca antes imaginados. Pero ni la sociedad más brillante y adelantada es capaz, ni por asomo, de mantener un planeta en perfecto y armonioso orden ecológico, como el que mantendrían los animales.

    Si existieran dos planetas como el nuestro —uno de humanos y otro de animales— la supervivencia de sólo uno de ellos estaría garantizada por miles de años.

   ¡Qué viva la figuración animal de Exodus: Gods and Kings¡
 ¡Que vivan los animales de este mundo y todos los mundos!

    Y..., que alguna vez..., sepan perdonarnos.


Nota: (03 de noviembre de 2025):  Ignoraba entonces que aquellos pasos dados entre desiertos, figurantes, vestimentas, animales y cámaras —narrados en los capítulos previos—  me conducirían más allá del anonimato de un simple extra.
Fue un año después, ya estrenada la película, cuando la incertidumbre sobre mi participación en el filme finalmente se desveló. Hasta ese entonces lo ignoraba.
 
Esa inesperada revelación será el hilo del próximo capítulo. 
 
 
 
 Capítulo VIII: Un minuto de gloria. 
 
 Nunca imaginé que en mi segundo día de rodaje, el destino me tenía reservado un momento irrepetible.
 
Aún recuerdo la voz firme de Ridley Scott, silenciando de plano el murmullo del set, y su mirada detenida en mi.  

—¿Cuál es tu nombre? —me preguntó.

—¡Pedro! —respondí.
 
"Pedro is a good name for a shepherd" (¡Pedro es un buen nombre para un pastor!) —sentenció en alta voz,  rotundamente.

 De súbito, un grupo de asistentes cayó sobre mí, para prepararme para la actuación con el actor principal, Christian Bale. Había sido elegido para un papel (The old shepherd), en el que, como hombre de montañas y desiertos, señalaba a Moisés el camino hacia la libertad.

Apenas 24 horas antes había llegado a Exodus como extra. Todo era nuevo para mí; no conocía a nadie. En el primer día de la filmación, reunidos en la base principal (crowd base), más de trescientas personas que haríamos la figuración comenzábamos a interactuar. Entre aquella parlanchina muchedumbre poco nos diferenciábamos, pues ya estábamos ataviados a la usanza de tiempos bíblicos y nuestras fisonomías retocadas por motivos del maquillaje.

  Mientras esperábamos para salir a nuestro primer rodaje, noté que, desde una esquina de la gran carpa, unas personas señalaban hacia el lugar donde me encontraba. Minutos después confirmé mi corazonada: una dama del Departamento de Casting, se me acercó y, muy confidencialmente, me preguntó si estaría dispuesto a cruzar unas palabras con el actor Christian Bale.
 
Would you dare to do some lines with the First Actor? —refiriéndose a una escena importante que necesitaba el director. 
 
 —Yes, I am ready. I won´t let you down  —respondí inmediatamente, diciéndole que sí, que me encontraba preparado y que no se preocupara, que no la dejaría mal parada
 
 Minutos después me llevaron ante los asistentes del director, quienes me tomaron fotografías. Por extraño que pueda parecer, el mismo día de mi llegada a Exodus, con solo unas horas en el mundo del cine, ya tenía concertada una cita con Ridley Scott.

   Esa noche regresé a mi hospedaje tranquilo y dormí profundamente. En la madrugada del día siguiente,  a bordo del autobús que nos trasladaba nuevamente al rodaje, se me acercó un asistente del equipo de casting, quien me entregó un papel o  separata del guion, que describía la escena que haría con el actor.

  Al llegar a la base, dos horas después del largo viaje, me condujeron a vestuario y maquillaje. Fui tratado con la mayor de las cortesías por el personal encargado. Todos decían que haría un papel con el protagonista. 
 
Me pusieron en las manos de la más experta maquilladora, quién se deleitó arreglándome para la actuación. Decía a viva voz, desbordando alegría:
—"He is the special one".
 
(En otra oportunidad me comentó:"Ridley es noble con sus actores, jamás los olvida").
 
 Realizó un maquillaje impecable y se sentía feliz de tenerme allí. Lo último que hizo fue pintarme los dientes de color marrón. Ya había acentuado y dramatizado las facciones. Cuando me vi en el espejo me gustó el resultado: era yo, pero revestido del "halo" que la artista quiso infundir en mí. Estaba listo.

   Trasladado al set de rodaje, y en el medio de semejante despliegue técnico, advertí que había otras personas —otros actores—, estudiando un guion igual al que se me había entregado. Me dio la impresión que éramos varios los preseleccionados o estaban allí en caso que yo fallara... cosa que nunca me planteé. 
 
Fue en ese momento cuando  mi observación fue interrumpida por la presencia repentina de Ridley Scott, quien,  dirigiéndose a mí, preguntó mi nombre. Nos encontramos. Todo se desencadenó.

  Había llegado al mero centro del plató, no caminando, sino volando en un aeroplano que me colocó,  en poco tiempo, en el corazón de Scott.


    Comenzó entonces una de las experiencias más intensas de mi vida. En aquel paraje mágico de Cofete, rodeado de decenas de técnicos y dirigido personalmente por  Ridley Scott; nos preparamos para rodar.
 
 Mi rol sería el de un  pastor que descendía la montaña, a su regreso del Mar Rojo, seguido de otros pastores y el rebaño de cabras.


 En el encuentro con Moisés que viene a caballo, el director me indicó: —no sentirás temor ante la presencia de un extraño, sino cautela ("Will not feel fear but caution")
 
 Mientras que a  Bale le dijo:
—Tú lo llamarás "Padre", como sinónimo de respeto, para que el pastor, acostumbrado a la soledad de esos parajes, no sienta desconfianza ante tu persona. 
 
Es así como se grabó originalmente, en inglés, y fue la palabra que pronunció Bale aquel día llamándome: "father."
 De igual forma se tradujo en otras versiones al castellano "Padre"; sin embargo, en la traducción de España se sustituyó por "anciano".
 
 

  A pesar de hablarme en inglés británico —de acento complicado—había comprendido perfectamente las instrucciones que me girara Scott, a quien respondí:
 —"I got it" (lo tengo).
 
 Ridley me miró, y con su mirada me transmitió su confianza. Percibí una persona cálida. ¡Y Claro que lo había entendido! ¡La escena estaba hecha para mí!

  Me sentí al unísono con la naturaleza espléndida de ese lugar y con el inusual momento que me tocaba vivir. Permití que el viento y los sonidos me condujeran, e internamente me preparé para infundirle a ese encuentro la fuerza, la humildad y la dignidad que me había pedido el director.
 
 ¡Qué hermoso paraje! ¡Qué luz! ¡Y qué tesoro de oportunidad me brindaba la vida! No la desperdiciaría: iría a por ella.
 
 
  
Entendí que tendría pocos segundos para transmitir un mensaje convincente al mundo, y me decidí por un mensaje de amor: esa fue mi fuerza y mi guion.

   Mi estado de ánimo no podía ser mejor. Observé, desde la colina en que me hallaba, al equipo de rodaje en pleno: todos y todas gentiles conmigo. Gente iba y venía continuamente. Se dirigían a mí en inglés y en español, con un afecto, respeto y educación que me conmovieron. 
 
Ridley había desaparecido detrás de las cámaras. En el medio de aquella situación, flanqueado por pastores y cabras, en ese escenario natural de sobrecogedora belleza, empecé a volar; como cuando era niño y me suspendía, en mis sueños,  sobre las nubes que cobijaban mi ciudad natal: Caracas.

   En la más completa compenetración con el momento que vivía, con el cayado en mis manos y la respiración sosegada escuché la palabra:
— ¡Action! 
 
Mi mente calló.
 

 En mi descenso de la colina, sentí que una tranquila, pero a la vez poderosa energía, me inundaba.  Esto me permitió realizar mi humilde, pero simbólico e importante papel, sin contratiempos.
 
 
 
 
  Christian Bale se acercó en su caballo e hicimos lo que teníamos que hacer: ser nosotros mismos y brindar lo mejor. Nos conectamos a través de la mirada.


 Fluyeron en ese encuentro más emociones que palabras, y aunque las hubo, predominó la fuerza espiritual. Se consiguió la profundidad de escena que el director tenía en mente. 
 
Todo transcurrió en una atmósfera de total naturalidad.


 Cuando Moisés se retiraba en la distancia, un asistente al director gritó: 
—¡Pedro, sostén la mirada, como si despidieras a un hijo que hubieses perdido!


¡Se grabó a la primera!
 No hubo repetición.
 
  
   Una vez finalizado el rodaje de esa escena, me dirigí a la carpa donde estaban los técnicos, para retirarme a mis labores de figuración.
 Grande fue mi sorpresa cuando, al volver la vista hacía el plató, presencié una imagen que nunca olvidaré: 
al fondo, Ridley Scott, sonriéndome con complicidad y amistad, levantaba su dedo pulgar en señal de aprobación.
 
 Llevé mi mano al pecho y respondí su gesto con una leve inclinación de cabeza.
 Entonces, escuché de boca de mucha gente aquel inolvidable coro que se repetía por todo el set:
 “Well done, Pedro!”— “¡Bien hecho, Pedro!”
 
Las felicitaciones no se hicieron esperar, especialmente de parte de los asistentes más próximos a la dirección. 
Fue en ese instante que tomé plena consciencia de que había realizado un buen trabajo.
Ridley se acercó, y con su característica sencillez me preguntó:
 
 —¿Has actuado alguna vez en cine?
 
 A lo que respondí:
 
—¡nunca!. 
 
Entonces, acercándose fraternalmente, me habló al oído, tocando con su mano derecha mi corazón:
 
—You have it natural. (Lo tienes natural)

     
   A partir de ese momento, y durante los dos meses que duro el rodaje, mantuve un perfil bajo, entre la figuración, concentrado en mi tarea de marshal y figurante a la vez (Capítulo IV). 
Ya mi pequeño y gran momento de "actor" lo había logrado,   me sentía orgulloso de representar, en esos breves segundos en la gran pantalla, a todos y todas a quienes conozco y quiero.

    El mensaje que transmito, a través de las imágenes en la cinta —sin menospreciar jamás el esfuerzo, la formación y la experiencia que todo arte requiere—, es que no son  indispensable los recursos, las relaciones sociales,  los títulos ni las  distinciones para alcanzar nuestros sueños.
Con la sencillez y la pasión que habitan en cada ser humano, somos capaces de llegar a lugares insospechados, a menudo  vetados para el ciudadano común.
 
 Esta historia demuestra que cualquiera puede llegar, provisto exclusivamente del sentimiento y el amor como único currículo.

   Con el tiempo se estudiará y ponderará la película, y la intención del director; así será. 
Pero en cuanto a lo que a mí respecta,  puedo testimoniar que Ridley Scott se guió por su intuición para la concreción de la secuencia  "del viejo pastor"
Dejó al margen  cualquier consideración de trayectoria; —que en mi caso es ninguna— en asuntos de teatro o cine, hasta ese momento. Él sabrá por qué.
 
 Comprobé, con este episodio, que el mundo de los sueños es posible; que basta con mirar hondo y tocar el alma de las personas. 
Ridley protegió esa breve pero hermosa escena a lo largo de cientos de horas de edición, lo cual considero un honor inmenso. 
 
Un año después —2014—  la presentó en la gran pantalla con su sello inconfundible.


   ¡Si se puede! 
El espíritu de solidaridad y conexión entre los seres humanos prevalece como un signo esperanzador. 
 Ese momento de la película,  no es más que un respetuoso saludo a la gente anónima.
Un saludo que se envía  a quienes conciben un sueño para un nuevo amanecer; 
un estímulo a los extras, a los desconocidos, a los estudiantes, a la gente de corazón. 
Un minuto de gloria, para quien no tiene nombre ni rango ni créditos.
 Un minuto de gloria para tantos artistas marginados que  merecen estar en medio del plató, mil veces más que yo.
 
 
 
 Capítulo IX: agradecimientos
 

  Agradezco la oportunidad que se me dio de ser un obrero más en esta superproducción. Ha sido, sin lugar a dudas, una de las experiencias más gratificantes de mi vida. Un privilegio. 
 
Conocí lugares y geografías increíbles, y alterné con gente maravillosa. ¿Cómo agradecer la gentileza, el cariño y fraternidad de quienes me brindaron una amistad desinteresada y generosa?
 
 El equipo de producción, casting, maquillaje y peluquería, vestuario, transporte, drivers, catering... 
A la  gente de "El bunker" corazón neurálgico de Exodus. 
Y, por supuesto, a mis compañeras y compañeros extras, a quienes serviría mil veces como su marshal.
 
 Y un máximo agradecimiento a la población de Fuerteventura y sus mágicos paisajes: ejemplo de ciudadanía y buena educación,
 tanto como a mi familia por impulsarme y apoyarme.
 
Si estas letras alguna vez llegarán más allá de los pequeños rincones en los que habito, le gritaría al mundo: 
¡Qué bello lugar es Fuerteventura! ¡Gracias! y gracias a ¡todo Exodus

  Pero, si a alguien debo distinción, es al señor director Ridley Scott y a su equipo, no sólo por la majestad del proyecto en el que participamos, sino por haber confiado en mí aquella mañana que pasamos juntos, en algún punto de la locación de Cofete.

  He basado estos relatos fundamentalmente en mis recuerdos. Poco investigue en los medios de comunicación.
 Casi nada sé de cine y actuación; menos aún de escritura. He narrado de corazón, sin más apoyo que el sentimiento.
 
 Temo, pues, que haya cometido imprecisiones o, peor aún, omisiones de personas y lugares. Pido perdón.
 
He extendido mis palabras más allá de lo que nunca hubiese imaginado; miro hacia atrás y me sorprendo de haber escrito tanto. Ni siquiera me lo propuse. 
 
Y gracias, por supuesto, a Christian Bale, quien, junto conmigo, se sumergió en la dulzura y dignidad de los personajes y el paisaje de Fuerteventura, como un tributo al arte y al mundo de la actuación.

    Pero si, con el permiso de quienes me leen, pudiera hablar en representación de toda la figuración, y aún más, de todo el personal que trabajó incansablemente durante meses para la consecución de la película, orgulloso diría —desde mi modesta posición de extra— que realizamos un trabajo
 ¡Bien hecho! ¡Well done!
 
Con intensidad, coordinación, mística, inspiración, sacrificio  y profundo amor.
 ¡Misión cumplida! 
 
 Seguro estoy de que quienes allí laboramos recordaremos esta experiencia el resto de nuestras vidas como un canto a la aventura, la amistad y a la persistencia del espíritu artístico de la humanidad, que subyace en lo más profundo de cada uno de quienes participamos . 
 
Soñaremos y sonreiremos más.
 
  Y gracias a ustedes, amigas y amigos,
por haberme seguido en estas líneas,
y dado la oportunidad de expresarme,
 refrendando este testimonio con tinta azul.
 
Hoy, habiendo visitado el mundo de la fantasía, 
puedo decir con propiedad: 

¡Vengo del mar!
 
 


Pedro Galindo.
 
Tenerife 19 de diciembre de 2014. Primera publicación por capítulos.
Tenerife 04 de noviembre de 2025 Versión Completa.
Copyright de texto:
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