Evocando mi viejo tallercito en Mérida, donde tallé tantas obras, tantos años, tanta vida, reflexiono:
Produzco porque amo lo que hago. Realizo porque me formé en el difícil arte de la talla de la madera. Ahora entiendo la importancia de los oficios.
El sistema puede tener problemas; los subsidios agotarse; los derechos estar en riesgo; el trabajo ser precario, el miedo regalarse; la emigración desafiarte... Pero aquí, en Venezuela o en cualquier parte del mundo, tengo mis manos para avanzar.
Nuestras manos son el producto de millones de años de evolución; no en vano se desempeñan tan bien. Son la maquinaria perfecta para sobrevivir en éste planeta. Sirven para rascarse la picada de un zancudo, crear un Van Gogh o poner la humanidad en la luna. No son artefactos, pero los inventores tratan de igualarlas. O al menos, lo intentan.
En las manos buscan los científicos la perfección robótica y la pinza para agarrar, facultad que no poseen los primates, pero sí los humanos. Se han dado cuenta que hay manos para todo. Describirlo sería el cuento de nunca acabar.
Mi viejo taller en Mérida.
Cuando aprendemos a usar nuestras manos para la creación, nos remontamos a la prehistoria: la piedra de afilar, los huesos, los fósiles, los orígenes, derrotando los miedos y la sumisión. Entonces recordamos de dónde venimos; nos hacemos más humildes, más valientes, y creemos en quienes somos. Y por ende, nos fortalecemos, o mejor dicho: fortalecemos el espíritu.
Y cuando esas manos cobran vida en el trabajo cotidiano de taller, o sobre una hoja de papel escribiendo o dibujando; o, sencillamente, en la cocina, amasando el pan, volcados alegremente sobre la materia prima que elaboramos, si por alguna circunstancia desaparecieran nuestros cuerpos y solo quedaran nuestras manos vivas, parecerían arañas traviesas, caminando sobre los dedos: forjando, modelando, obrando. Todo en un mar de movimientos extraordinarios y coordinados. Inimitables.
Bellas manos aquellas de nuestras madres y abuelas.
¡Cuánto transitaron para formarnos y educarnos!
Ejércitos de arañitas cambiando pañales,
alimentándonos... curando heridas, y dándonos vida.
Cumpliendo con su labor día y noche, sin descanso.
Y solo con sus manos... sus bellas manos.
¡Benditas las manos que curan, las dolencias de la humanidad!
Ahora, en la tarde lluviosa, abrazado por la naturaleza esplendorosa que me rodea, contemplo agradecido mis manos, que me han permitido viajar con dignidad, como un par de ángeles guardianes a mi lado, con la seguridad que no me fallarán.
No me someto a los hombres, y los perversos pasan de lado ante la seguridad que el oficio me da. Mi espada y armadura las llevo colgadas a cada lado, reivindicando la humanidad cuando comenzó en las cavernas. Son instrumentos para la paz. Me enseñan a enseñar, y cada día, a " saber estar, saber ser y saber hacer"
Ante las incertidumbres presentes y futuras hago mía aquella frase liberadora del tallista de Tabay, el amigo Luis Cucú, —como cariñosamente le llamábamos por los maravillosos relojes cucú que producía— , quien, al vender una excelente obra a bajo precio, ante la urgencia de recibir recursos y la negativa del comprador a pagar lo justo, le espetó al cliente:
—¡Lléveselo! —y agregó—
—¿Y para qué tengo mis manos?
Registro propiedad intelectual
00765-01397050. España
Abrazo
ResponderEliminarPedrito que Dios bendiga tus manos u tú sabiduría 🙏🙏🙏❤️❤️
ResponderEliminarExcelente... Lo q se lleva en la sangre hace florecer maravillas.. Un gran saludo y por supuesto éxito en todo
ResponderEliminar"Sirven para rascarse la picada de un zancudo, crear un Van Gogh o poner la humanidad en la luna" siempre aprendiendo del tejido de palabras, el tallado de sentidos en las frases de uno de mis más grandes y el más humilde de mis maestros. Hermosa perspectiva
ResponderEliminarGracias querido Juan.
EliminarTu sobrino Juan, mi comentario aparece como anónimo
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