lunes, 24 de octubre de 2022

José Ruperto de las Tempestades




                                    I


Después de tres años de espera la pandemia, la paciencia, los ahorros—, los cuatro aviones, varios países, un bus y un taxi, por fin llegué a mi casa  en La Capea, en las adyacencias de Tabay. La misma que vio a nuestros hijos crecer. Estoy en Los Andes venezolanos, ¡mi tierra!, de madrugada,  escribiendo.

 ¡Qué privilegio!, con el sonido del Río Chama y la lluvia como cortina musical, siento al mismo tiempo la alegría de volver y la pena por los desastres que estas mismas lluvias inspiradoras de estas líneas,  han causado entre mis vecinos de La Poderosa y San Gerónimo, quienes han perdido sus hogares. 

A esas entrañables vecindades y sus pobladores, dedico este cuento. Qué gran regalo su gentileza al acompañarme ahora; qué honor. Espero que el escrito valga la pena, sirva para algo, conecte nuestra historia, y sobre todo, reivindique a quien tenga que ser reivindicado,  por el tiempo que me dieron, y por el mío. Gracias.

Aunque comienzo en primera persona y por ello pido disculpas relataré  a mi manera y  con la venia de quienes no pudieron, no supieron o no les dejaron hablar. Sus historias y demandas, miles, forman parte del silencio de estas montañas, confundidas entre el canto de los ríos, los vientos y los truenos, presagios de lluvias eternas, que siempre los acompañaron. 

A tanta gente admirable que la vida y la naturaleza me han presentado en esta bendita región,  mi agradecimiento  por servirme de inspiración y aventurarme a contar estos relatos, nacidos del tiempo que me regalaron y las enseñanzas que me brindaron. Por respeto a las personas  que protagonizan esta historiy con el permiso de ustedes, he decidido utilizar nombres ficticios y omitir o modificar alguno que otro detalle que pueda identificarlos, en los hechos que describiré, todos ciertos.  

Celebro en la oscuridad de esta noche lluviosa,  la oportunidad que me dan de visibilizar una realidad que pudiera desarrollarse en cualquier parte del territorio nacional y más allá,  dentro de un mundo que borra o acomoda historias sin escrúpulos, en detrimento de quienes, en verdad, deberían ser reconocidos y mencionados. 

No perecerán mientras estemos atentos y comuniquemos la verdad; mientras la Tierra sea Tierra y la memoria prevalezca sobre lo fatuo. 

 

                                     II

Dicho esto, comienzo el relato, sumergiéndome en las imágenes de tiempos que ya se me hacen remotos.

 Personajes grandes, como los árboles frondosos que los cobijaron. Valientes hombres y mujeres que revelaron realidades ocultas para el que quiera entender. Personas que, a pesar de la adversidad y un destino condenado a la pobreza y la exclusión, siempre sonrieron y nunca se quejaron; siempre amaron, nunca culparon.

La historia que nos ocupa y que de inmediato voy a desarrollar, tiene lugar en un pueblo de Los Andes venezolanos donde quien escribe tuvo la fortuna de habitar. 

En ese entonces, los hombres de la vecindad  originarios de aquellas tierras legendarias eran, ante todo, colaboradores. Veían llegar el progreso de las ciudades, traducido en la construcción de urbanizaciones y carreteras, que los fue apartando de sus  campos duros de labrar. Agradecidos se empleaban de peones, en búsqueda de un sustento mejor.

Se pasaban la vida: ¡Cavando tierra! ¡Golpeando piedras! ¡Haciendo muros! ¡Limpiando cunetas! ¡Desyerbando cerros! Asumían casi que cualquier tarea, felices; celebrando la escueta paga de los viernes, que muchas veces solo alcanzaba para comprar una botella  de aguardiente el famoso miche con las consabidas consecuencias.

  Hacían lo necesario para satisfacer las necesidades de una sociedad insaciable que despuntaba, pujante y bien dotada. Llevaban, con su ardua labor, prosperidad a la nación, con amor, con sudor y, hay que decirlo, con poca plata.

Eran hombres de piedra: típicos, bonachones, desaliñados, folclóricos, desordenados.  Con la fuerza de la naturaleza y  amparados en el Ser Supremo, con su  sonrisa permanente y la caballerosidad, iban con sus picos y palas, al hombro, como soldaditos, labrando los caminos del desarrollo de los pueblos ¡Trabajando! ¡Dando palos! ¡Contentos, más que contentos! ¡Festejando! ¡Qué bonito!

 José Ruperto quien familiarmente me llamaba Mano Pedro desde el día que me descubrió perdido entre la maleza buscando el velorio de la princesita, era uno de ellos. 

Digo era porque, "se acabó", como bien mencionó Virginia Dolores de Vientre hace algunos días.

 De mirada melancólica, a los cuarenta y tantos años ya lucía prematuramente envejecido, encanecido y descuidado. Eso si: años atrás, cuando llegué a esta región con mi familia, era guapo el Ruperto. ¡Fuerte!, ¡Galante! Y educado, como buen caballero andino. Reventaba las piedras ardientes de cauchos quemados, a fuerza de mandarriazos.

¡Traigan a José Ruperto pá cá!, gritaba el jefe de la cuadrilla.  ¡Pá que reviente esta piedra !

 Y José Ruperto corría, llegaba, partía, despedazaba orgulloso... y había que salir corriendo para que una esquirla no te diera en la cabeza, como le pasó a  El Tuerto, que se voló un ojo machacando.

Luego, con los años,  ocultando su desconsuelo en el alcohol de dudosa destilación y casi su único amigo,  ante lo esmirriado de la paga y el esfuerzo descomunal, su cuerpo se resintió.

A tan corta edad ya no marchaba tan contento. Se la pasaba jodido, arrastrando una pierna, con cara de niño asustado y la espalda deforme de tanto peso  acarrear. 

Después de repartir trancazos y beber a zampazos su mente se le embotó, ya no daba para más. 

" Nunca aprendió a leer, ni a escribir. Ni sus padres, ni sus tíos ni sus hermanos ni nadie: por eso anda así, pobretón porque quiere, ¡porque le da la gana!", comentaban sin misericordia muchos, al verlo pasar.

Sin embargo se coincidía en que José Ruperto era simpático, eso sí. Y servicial. Respetuoso y siempre salido hacia adelante, para lo que fuera. Cuando el trabajo llamaba, nunca se negaba. Nunca se quejaba. 

"Pero José Ruperto, por favor, no se esfuerce tanto con ese muro de piedras, se va a romper la espalda" le señalé en una oportunidad.

" A no, mano Pedro. Que las cosas hay que hacerlas bien. Que mi nombre se queda allí", respondió.

De manos grandes y rústicas, de uñas negras como el carbón, cuando daba un apretón, se sentían ligeras, como si temiera aplastarte.

En una oportunidad, conversando distendido en la montaña con la abuela de José Ruperto,  doña Encarnación, "en su trono de hojarasca y su castillo de latón", donde vivió la matronaza por tantos años, me dijo: 

" Allá en el páramo se prestaba el tiempo muy frío, señor Pedro... ufffff. Cuando estos eran unos güinos, los mandábamos a ayudar a los hombres a descollar, hacia la orilla de la siembra. Usted sabe por allí. Ellos eran agricultores. A cosechar las papas, o lo que fuera"  rememoraba.

"¿ Escuela ? ¡No, que va! Había que buscar la papa. Usted sabe, pá comé. Los sacábamos pá fuera a ayudar por allí, a rastrojear, en lo que fuera. En lo que haga falta.

  Y uno los mandaba pá fuera, pá que se entretengan y ayuden... y esos chinos ensopaditos. Usted sabe siempre gotereando. 

Y bueno, pá calentarles la barriguita. Ahí mismo, en la puerta embojotados con los trapos, les daba un pocillito de leche tibia, de la vaca misma. Con un chorrito de miche pá calentarles la pancita.

 Sí señor, todos los días".

¡Oh Dios!  pensé horrorizado ¡Miche!... ¡Todos los días!

(Silencio)

 Reflexionando: No fue la mano amorosa quien les dio alcohol desde sus primeros años, sino las circunstancias extremas de haber nacido un poco más allá, en la geografía nacional; en pleno páramo agreste, en un país que ni se enteraba. 

Sigo...

Doña Encarnación era una buena mujer, entregada a su familia desde su juventud. La abuela protectora, tronco principal de su descendencia, pasaba las horas en su rancho cerro arriba, en el zanjón, sentada en una vieja tabla mirando a sus nietos descalzos pasar y vigilando la creciente del río bajar: " No fuera a llevárselos de noche".

Años después, cuando doña Encarnación agonizaba casi centenaria,  regresé de mis viajes itinerante desde las Islas Canarias a mi país.

 La encontré tirada sobre  unas mantas, en aquel cuartucho oscuro y húmedo, sobre el suelo frío. 

Al acercarme las mujeres que la rodeaban, me dijeron: 

" Ya no habla señor Pedro. No se mueve,  no despierta, no dice nada; tiene días así,  solo le damos agüita con papelón."

Encarnación, soy yo, Pedro le dije, acercando mi rostro al suyo lo más posible. "He venido a visitarte", le susurré al oído.

Súbitamente, como si un rayo la hubiese alcanzado, se incorporó, abrió los ojos desmesuradamente y, apretando mi brazo con su mano,  con todas sus fuerzas, exclamó mirándome: 

¡Señor Pedro! ¡¿Por qué nos abandonó?!.

 Luego volvió a su letargo, del cual nunca más despertó.

Contemplé por última vez aquel rostro dormido, aquella piel curtida y arrugada de tanto esperar... aquella dulce mujer.

Cuando regresaba a mis asuntos, me vino a la mente aquella extraña oportunidad, lustros atrás,  cuando Encarnación apareció en la puerta de mi vivienda para que le pusiera una inyección:

 "Pero, Encarnación... yo no soy doctor, no puedo hacer eso". 

"Claro que puede, señor Pedro señaló, sin un dejo de duda, con la bolsita del medicamento en la mano,  plantándose firme en la puerta de la casa.

Ante mi fundamentado temor y la seguridad de que Encarnación no se retiraría hasta aplicada la inyección—, Mari, madre de mis hijos y compañera, quien fue a parar junto con mis huesos a éste bendito lugar,  tomó la iniciativa. 

Agarró la ampolla con seguridad y apuntando al  brazo, susurró:

No entra.

¿Que no entra qué? repliqué.

¡La aguja! señaló angustiada.

Y así fue. Por más que puyaba, la aguja no entraba. Puyó y empujó...  y no fue posible.

 La aguja no entró. 

Desde mi perspectiva allí estaban las dos: una encaramada sobre el brazo robusto, cobrizo  e impenetrable de la otra.

 La otra, inmutable.

Ante lo inaudito de la situación, lo inútil de los esfuerzos y la urgencia de aplicar la medicación, decidí buscar a un vecino veterinario. 

Regresamos a la casa poco después, donde esperaban las damas. 

El doctor se hizo cargo. Con una actitud pausada y profesional, y una sonrisilla burlona en la cara, tomó el brazo de doña Encarnación, lo levantó, apuntó como para hacernos una demostración y...

No entra dijo, sin perder la compostura.

¿Qué? ¡No puede ser! exclamé.

¡Que no entra! replicó el veterinario, ya un poco asustado.

Y allí se fajó el "facultativo", intento tras intento...  hasta que finalmente la aguja entró.

Encarnación se despidió y se fue tan tranquila y sonriente como si no hubiese ocurrido nada.

 Los que quedamos, pasmados del trance, coincidimos en que el fenómeno "paranormal" que habíamos presenciado se debía a que la abuela era, en verdad, la materialización viviente de un personaje mitológico, cuya historia había convertido su piel, en piedra: 

¡Duro!, Duro golpea la piedra el peón.

 ¡Duro!, Duro golpea la tierra.

 ¡Duro!, Duro golpea la piedra ¡Cabrón! 

Sucia la tierra.

Sucia la espera, la angustia, la piel.

¡Duro!, Duro el pocillo: 

herrumbrado, ahumado, descascarado, 

donde bebieron tus hijos chiquitos alcohol.

Dura, dura tu vida, Encarnación,

 matando de amor. 


                                    III

Si algo tiene de hermoso el cielo andino son los cambios bruscos: de días soleados, brillantes y coloridos, a la más completa oscuridad, generalmente acompañada por lluvias intermitentes de diferente intensidad.

Una de esas noches cerradas José Ruperto embriagado no solo de miche, sino de olvidos; sin casa, sin mujer, sin hijos, sin patria y sin esperanzas; tampoco tuvo lugar para mear. Sí, para hacer pipí, como se oye, en estas tierras que otrora fueron tan suyas como ahora nuestras.

No se le pudo ocurrir peor idea que ponerse a orinar  entre la maleza y las sombras, a orillas de la quebrada, justo frente a la casa de la abogada recién llegada de la ciudad. 

¡Fuera de aquí borracho Indecente! gritó la mujer, colérica, desde la ventana.

 Los que dormíamos empezábamos a despertarnos: la algarabía, los gritos y los perros ladrando llenaron la noche.

Bastó un telefonazo de la vecina a la comandancia de policía para denunciar: "la grave afrenta a la moral y las buenas costumbres ", en el legítimo derecho ciudadano a la tranquilidad.

 Y así con la firmeza propia de quien acaba de llegar de la capital, la licenciada quiso poner orden ante las meadas de José Ruperto, que, absorto en su necesidad corporal y en sus pensamientos, ni se enteraba de lo que estaba por pasar. 

¡¿Por qué tengo que estar viendo el pipííííííí de los hombres desde mi ventana?!vociferaba  la ofuscada mujer.

Y se armó la grande. Mientras ella esperaba la llegada de la autoridad, los ánimos se fueron caldeando. Algunos vecinos nos acercamos, alertados por el alboroto.

 Sorteando escollos en la penumbra, corríamos para auxiliar a quién fuera, presumiendo que algo grave acontecía. Nos encontramos a José Ruperto, alucinado, con medio pantalón a rastras, en la oscurana.

José Ruperto ¿qué está pasando?  pregunté.

No sé, mano Pedro  respondió él.

 Y entonces salió el marido de la mujer, con una escopeta encajada en el hombro, echando plomo:

 —¡Buuum! ¡Buuum!

 "¡Sí  lo agarro lo quemooo!", gritaba. 

¡Coño, cuidado! advertimos. ¡Que somos nosotros! ¡Estás loco! — y nos refugiábamos detrás de los árboles.

Y el hombre, enardecido por el agravio a su mujer siguió disparando, al aire. Aquellos estampidos desgarraban la noche.

¡Buuum!

¡Que si lo cojo lo matooooo! amenazaba.

Y en medio de la plomazón y el alboroto llegó la policía. 

Para abreviar: le pusieron las esposas a José Ruperto. Lo montaron a empujones en el vehículo y, a pesar de nuestras quejas, se lo llevaron detenido a la comandancia de policía,  por mal viviente, maleducado y meón. 

Al día siguiente se habían formado dos bandos en la vecindad. El hecho de la meada adquiría matices según quien comentara: desde una inocentada hasta un suceso de suma gravedad. 

 ¡Es que no aprende! ¡No se instruye! —argumentaban algunos— ¡Que pudiera aprovechar el contacto con la gente de bien, para formarse, que razón no le falta a la doctora".

Mientras que otros gritaban: ¡Dejen tranquilo a ese hombre!

Nos organizamos para exigir su liberación. Después de una noche en el calabozo, lo pusieron en libertad «condicional».

"¡Como lo vuelva a ver por aquí...!" , farfulló el oficial al despedirnos. 

 

                                 IV

Y como el agua de los ríos pasa, también este incidente se olvidó. Todo regresó a la tranquilidad y a las buenas costumbres.

 La vida de los pobladores continuó; en lo que concierne a su mayor tarea: buscar trabajo.

A pesar de la mala fama, del episodio pasado y de las pobres recomendaciones, a José Ruperto lo contrataron para una cuadrilla que hacía obras en la carretera.  Porque de que rompía piedras, rompía.

—Siempre hay algo por allí para el que quiere trabajar, —alardeaba el encargado, bravucón. 

—¡No me vengan con que el sueldo no alcanza pá nada!— , mentaba a los cuatro vientos. 

—¡Pura quejadera y aguardiente, pá eso sí son buenos! —remataba, mientras el acicalado contratista lo observaba con esa mirada de  quien nunca ha empuñado una pala, revisando los papeles con gesto de superioridad.

 Y allí estaba José Ruperto, sudando a chorros entre sus compañeros  desaliñados, quienes a lo lejos más parecían una partida de presidiarios en trabajos forzados que unos obreros contratados. 

Todo el día bajo el sol, golpe y golpe, peso y peso. Acarreando piedras de aquí para allá. Horas y horas cavando huecos, mal vestidos, sin uniforme, mientras que el tiempo de culminación de los trabajos apremiaba.

Y como en toda obra, siempre hay mirones, ocurrió lo que tenía que ocurrir:

—Que José Ruperto está bebiendo otra vez —chismeó el tío de las barbas al patrón. Típico vecino  ocioso, que se la pasaba vigilando a los demás, para  evitar: "la malversación de fondos públicos".

Ante su insistencia, todos se dirigieron al lugar donde José Ruperto trabajaba, es decir: el vecino devenido en supervisor, el empleador de la obra, el contratista, y un grupo de desocupados que esperaba que alguno  cayera en desgracia para ocupar su lugar.

—¡Traiga pá cá esa botellita que tiene escondida en el bolsillo del pantalón, José Ruperto ! ¡Ahora!, —exigió el encargado.

Y el José, otra vez sorprendido, la entregó. Sin entender de qué lo acusaban, porque golpes estaba dando. —y vaya que los estaba dando, reventando pavimentos. 

—Eso es un mal ejemplo para los demás,  —dijo uno de los mandamases.

—¡Es que con borracho no se puede! — gritó un asomado.

En el fondo, todos querían que José Ruperto se comportara como sus tres sobrinos, quienes habían ganado fama de flamantes trabajadores en la gran ciudad ¡La nueva generación! 

 Sin un ápice de escuela, pero resueltos y fundamentosos para trabajar. No bebían en las obras, llegaban tempranito y trabajaban como burros. Obreros espléndidos: no perdían un día, ni por enfermedad ni por muerte  ni por nacimiento. 

Agradecidos, nunca pedían aumento y hasta le prestaban dinero al capataz.

 Uno de estos muchachos, mal calzado y harapiento, tuvo  la mala suerte de enterrarse un clavo oxidado en el pie durante sus rudos trabajos.  ¿Y qué hizo? Pues lo que había que hacer: seguir toda la jornada, tratando de no cojear, corriendo y cargando bloques, batiendo cemento, nervioso y asustado, temeroso de que por su torpeza lo botaran "por pendejo".

 —¡Con tantísimos sitios donde pisar, venir a pisar justo allí, arriba de un clavo! ¡Por Dios!

Ya en su rancho, con los críos y su esposa veinteañera, con el pie embojotado en trapos, acostado en un colchón, me trasmitía su angustia de cómo hacer para cobrar unos reales que el encargado le sustraía del sueldo —emprestados— cada vez que le pagaba.

No se vaya a molestá ni me quite el trabajo señor Pedro  —decía, señalando con el mentón una olla ennegrecida sobre las brasas.  Ahí tengo el clavo en agua hirviendo, pá mata la ifesión.

Para salir de mi aturdimiento por lo escuchado, pregunté:

—¿Y porqué no mandas a tu mujer para cobrar la plata?

¡No que va!, ¿cómo cree usted señor Pedro? Si es que el hombre le tiene el ojo puesto... 

Me despedí con el corazón compungido y una suprema indignación por dentro.

Total, para abreviar y volviendo a nuestro protagonista: a José Ruperto lo echaron por borracho.

—¡Fuera de aquí! —sentenció el encargado. ¡No quiero verte ni en pintura! ¡Y ni se te ocurra volver a pedir trabajo, mal agradecido!

 Se había concretado la acción social, se había restituido el orden, se había sancionado al transgresor. Y todo el mundo feliz.

Por allá, al fondo, se veía a José Ruperto alejándose cabizbajo, caminando sin rumbo, despedido; más triste que nunca.


                                     V

Los trabajos continuaron a su ritmo habitual durante varios días: cavando tierra, golpeando piedras, limpiando cunetas, desyerbando cerros. Hasta que, repentinamente, la obra se paralizó. 

Dentro de una enorme cañería que debían reparar, se había muerto un perro. Con los días que llevaba allí y el solazo que pegaba, el olor era nauseabundo. El que más sufría, por falta de costumbre y horas en el campo,  era el contratista, que no soportaba la hedentina.

—¡Saquen esa cochinada de ahí! —ordenaba. 

Pero nadie se movía. Los empleados se hacían los locos, se agachaban, se escabullían o se escondían detrás de las máquinas. Se agrió el humor, y comenzaron los insultos, las amenazas de despidos y las descalificaciones.

Agotadas todas las instancias de represión, y ante la desobediencia generalizada, que amenazaba con tornarse en motín,  surgió la gran idea. Se regó como pólvora y cuajó entre los presentes:

—¡José Ruperto!

Y el nombre de José Ruperto empezó a sonar desde la autopista hasta el caserío. Lo repetían los jefes, lo gritaban los hombres, lo coreaban los niños.

¡José Rupertooooo! —se escuchaba a lo lejos. 

¡Que te buscan en la obraaa, correee!

¿A quiéééééé? ¡A José Rupertooooo! ¡Que lo llama el encargadooooo!, —retumbaba el eco por toda la montaña.

¡José Ruperto!, corra rápido que lo llaman en la obra —gritaba Juana María Centinela,  desde su casita de palomar; apuntando con su muleta de palo la dirección exacta que debía seguir el solicitado.

Y gritaron los hombres, y silbaron los niños, y se alborotaban los perros, hasta que finalmente José Ruperto apareció. Subía azorado, arrastrando esa pierna como podía. Con la ilusión renovada de un niño que de pronto invitan a la fiesta. 

—¡Que romper y pegar piedras era su arte! —decían, mientras corría zanqueando.

¡Apúrese muchacho suba pá rriba que lo solicitan! —le indicó su tío Nerio, agitando su sombrero, desde lo alto de la cuesta. 

Y José Ruperto, con la lengua afuera, que no podía más.

 Su nombre, su nombre lo coreaban las montañas. 

Hasta que llegó.

—He decidido darle otra oportunidad. Póngase a trabajar —dijo el encargado solemnemente. E inmediatamente, entregándole un palo agregó—: Saque ese bicho de ahí.

 Lo dijo suavemente como si fuera cualquier cosa.

José Ruperto, de pie, ensimismado, dolorido, encorvado contempló la tubería con el palo entre las manos y la camisa abierta hasta el ombligo.

 Olfateó la pestilencia. 

Volteó desconfiado hacia los demás trabajadores, que se hacían los desentendidos.

 Miro al contratista que estudiaba, disimulando, un plano. 

Todo se convirtió en un gran silencio, sospechoso.

—¡Haga el favor y saque ese animal de ahí!, —repitió el hombre, ahora con tono desafiante. Ordenando.

José Ruperto permaneció inmutable, imperturbable, impenetrable como la efigie andina de La Cara del Indio, arriba en el Páramo de los Conejos. Que lo observa todo, por encima de todo y de todos.

 Algo en él había cambiado. Ya no lucía manso ni humilde.

—¡Saque esa porquería de ahí! ¡No se lo vuelvo a repetir! —rugió el mandón otra vez, mientras regresaban las amenazas.

Entonces se convocó a una reunión de emergencia, y sobre el terreno,  entre el contratista de la obra, quien hacía malabares para no ensuciarse los zapatos,  el encargado que no sabía qué hacer, algún técnico recién llegado,  empleados  e interesados varios, para discernir sobre la cuestión. 

Se estudiaron todas las propuestas del caso: desde despedir al despedido, amenazarlo por subvertir el orden, llamar a la policía... Hasta que se acepto la más  práctica, efectiva y decorosa —aunque poco ética—: devolverle la botellita, que seguía incautada entre las herramientas de un camión.  

—Pá que se alegre— dijo el chofer que la buscó.

Y el mismísimo encargado se lo ofreció: 

—Échese un palo ahí, José Ruperto.

José Ruperto, más por reflejo que por complacencia, la agarró. La sostuvo entre sus manos. La miró. Sintió. Olió.

 Observó los rostros de los presentes. Escuchó los susurros, las risas.

 Y antes que nadie dijera nada más, levantó la botella con su mano derecha, apuntando hacia los cielos, como un aborigen arquero cazando el sustento entre la arboleda. 

Llevó el pico cristalino hacia su boca sedienta de carreras, empujones y miserias. Mojó sus labios, los conectó, los preparó.

 Luego succionó y tragó, muy largo.

 De la boca al vientre, hasta las profundidades de su estómago; como aprendió a hacer desde niño, allá en el páramo helado, "para calentarles su barriguita"

Bebió como debe ser: con sed y con pasión!, sin respirar, como si fuese el último trago de su vida.

 Sorbió su momento, su protagonismo, su historia. 

Tragó más líquido que todos los mares de la Tierra. Se engulló al río Chama, las lagunas parameras, las lágrimas y las alegrías.

 Bebió por ti y por mí. Por la impunidad, por la falta de corazón, pero también por agradecimiento a quienes alguna vez lo trataron con amor, absolviendo la condena.

Saboreo el néctar  por María Juana Centinela, por Encarnación Centenaria, por Nerio Caballero, por Francisca Pompas de Jabón, por Virginia Dolores de Vientre, por las mujeres de San Gerónimo, La Poderosa y sus adyacencias. Por estas tierras que desde niño recorrió. Por el frío del páramo, las cosechas, los hombres de piedra, por los que se fueron, los que están y los que vendrán.

Acto seguido, sin voltear la cabeza, sin mirar a nadie, lanzó la botella vacía contra los pies de los presentes.

 Estalló en mil pedazos.

 ¡Tronaron los cielos! 

Se secó los labios con el dorso de la mano y, aferrándose al palo como una lanza en plena selva, se enfiló José Ruperto de las Tempestades, erguido hacia la batalla.

Como un Dios. 

Gigante.

                                                               

 

                                                                                                       

 

  

                                                                                   RPI  00765-01397050. España