lunes, 25 de julio de 2022

Mi país.



   Descenderé en mi país como quien se posa en las paginas de un libro antiguo: de tapas gruesas y desteñidas, sostén de termitas,  pero también de pétalos secos y  fantasías, una vez más, todavía.

 Lugar de encuentros y desencuentros, de ánimos y desánimos, de amores y desamores. Pero voy aprendiendo a transitarlo, a sondearlo, a escucharlo, a sentirlo, a vivirlo y... a llorarlo.

 Lloverá fuerte, y el aguacero repicará sobre el techo de latón de mi casa  detenida en algún punto de la inmensidad. Redoble de gotas  que orquestarán los cielos: el trueno, los rayos, los charcos de carretera  abandonada, salpicados desde las alturas y perturbados por un solitario camión que pasa veloz e indiferente por la trasandina.
 Soy lo que tú quieres que sea, nada y todo a la vez. País.

 Mi país no tiene tiempo ni historia: sencillamente es, y se reinventa continuamente en el corazón. A veces arrogante, insípido o cruel; otras, amable, profundo, amoroso y misterioso.
 Sus límites son los que mis ojos y mi imaginación  brindan.
 Y sus pobladores, dibujados con creyones de barro pintado, caminan las calles.
 El sol quema de día, el alma se alienta de noche.
Permaneces allí, país: obstinado, esperando el reflejo de la luz en la montaña. La lluvia perenne, la neblina  como cortina de arroz.
 Las noches de velo cerrado resguardarán mi llegada, noche reposada para perderse entre la grama. 
Estate quieto, país, no me llenes de tus encantos, que aún llevo en mis vestimentas las arenas del desierto.

 "Dame un momento de sosiego", —le dije un día—, antes de mirar en el féretro el rostro quieto de la más buena y dulce dama andina, quien murió esperándome... y aún más: me esperó para su entierro.
 Noche aquella de rosarios cantados, de velones de iglesia y de pobreza necesaria; de billeticos de a dos. Noche profunda, como profundas son las noches de mi pueblo amado.

  Rabipelado...  ¿podría escoltarme alguien mejor que tú?
 Caminas a mi lado en la penumbra,  amantísimo y revelador.
 Noche prehistórica, con tu corazón latiendo a mis pasos. 
¿Puede alguien tener mejor saludo que tu compañía? 
Eres el  saludo de un dios en cuerpo diminuto. 
 ¿Quién eres y por qué conmigo? ¿Qué quieres de mi? 
Silencio.

 Entonces caeré sobre la yerba aún húmeda de lluvias y escucharé los sonidos de la Tierra, comprendiendo una vez más que he llegado a mi país:
 el país de Elicia, la yerbatera.

 Solo, en la quietud nocturna y en el abandono, comenzaré a navegar por los confines del universo.
 Y al escuchar el temblor bajo la tierra , se apagarán las luces de los hombres...
 y se encenderá la luz de las estrellas.
 
 Mi país.
 
 

                                                        Pedro Alberto Galindo Chagín 
                                            Registro propiedad intelectual
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